33. Fell
Fell
— ¡ S oltadla!
Un escalofrío recorrió a los soldados al verme aparecer de forma tan repentina. Pensaban que había vuelto de entre los muertos. Que era un fantasma.
Tamsyn me observaba con los ojos muy abiertos, atrapada tras unos barrotes de hueso de dragón. Sus enormes esferas de fuego eran la única luz en su rostro, pálido como el de una muerta.
Ver a Tamsyn en una jaula me puso furioso, más de lo que jamás pensé que podría sentirme, y eso que yo conocía bien la ira. Llegados a ese punto, éramos ya viejas amigas. La señalé y ordené:
—Saca a mi mujer de esa jaula.
Magnus, que estaba detrás de mí, murmuró algo que debía de ser una advertencia, un consejo para que fuera más cauto, pero no tenía forma de enfrentarme a esa situación con cautela, no con la sangre bombeando por mis venas de ese modo, con una furia que me exigía que mi compañera quedase libre.
Stig avanzó sin molestarse en bajar del caballo, mirándome por encima del hombro.
—Dryhten —anunció—. Supongo que debería decir que me alegro de verte.
Lo cierto es que me alegro de que estés vivo, y de que esta endemoniada no te haya matado.
—Hizo una mueca de desdén que indicaba que no se alegraba en absoluto.
Miró a sus soldados con una sonrisa ladina—.
Aunque debo decir que no se ha notado mucho tu ausencia.
Las cosas han ido bastante bien sin ti. Resulta que no eras tan indispensable como creíamos…
Las Tierras Fronterizas están en un momento de gran prosperidad.
Es evidente que lo único que necesitaba tu pueblo era mano dura.
Me resistí a morder el anzuelo con la referencia a mi pueblo. Sabía que no gozaban de ninguna prosperidad, que estaban sufriendo. Por culpa de ese hombre.
Enarqué una ceja.
—No te equivoques. Te aseguro que mi regreso sí se va a notar.
Stig se removió incómodo en su montura; su expresión se tornó tensa. Se oyeron unos murmullos entre sus filas como respuesta a mi declaración, pero yo estaba demasiado concentrado en el hombre que se enfrentaba a mí desde su caballo para distinguir si eran murmullos de aprobación o de desdén.
Aquellos soldados siempre habían servido al capitán de la guardia, hijo del señor regente.
Lo más lógico era pensar que no encontraría aliados entre esa chusma.
Más razón para acabar cuanto antes con ese bastardo, con el hombre que había traicionado a Tamsyn.
Había acudido a él en busca de ayuda y, a la primera señal de que era diferente, de que era una dragona, había blandido su espada contra ella.
Me quedé helado al pensar en lo que podría haberle ocurrido ese día.
—No lo volveré a repetir —dije, señalando a Tamsyn con la cabeza.
—Y yo lo diré una sola vez —replicó Stig—. No va a salir de esa jaula. Sabes perfectamente lo que es. Tú también estabas presente ese día. No te atrevas a plantarte ante mí y fingir lo contrario, cerdo amante de dragones. Eres un traidor a la Corona.
Miré a Tamsyn. Negó fugazmente con la cabeza y eso me bastó para saber que no se había revelado.
Que no se había delatado. Nadie salvo Stig sabía que podía transformarse en un dragón.
Me fijé en las miradas que intercambiaban los soldados al oír hablar de dragones.
No estaban convencidos de que existieran. Solo seguían órdenes.
Tamsyn me clavó una mirada penetrante. Comprendía lo que trataba de comunicarme: que debía tener mucho cuidado de no hacer nada que nos delatara.
Asentí una sola vez, solo que sabía que aquella promesa tenía sus limitaciones.
Haría lo que me pidiera… mientras fuera capaz de hacerlo. Tragué saliva con esfuerzo.
No me quedaría de brazos cruzados si su vida estaba en peligro. Lucharía con uñas y dientes si era necesario.
—No sé de qué me estás hablando. —Me di unos golpecitos en la cabeza—. Estás mal de la azotea, amigo.
A Stig se le deformó el rostro de furia.
—¡Yo no soy tu amigo!
Lo ignoré. Me fui directo hacia ella con paso seguro, decidido a sacarla yo mismo de la jaula.
Stig alzó una mano y gritó una orden, y los soldados me rodearon de inmediato.
Entre cuatro hombres, nada menos, me tiraron al suelo.
Yo luché, me resistí, asesté más golpes de los que recibía.
Las maldiciones resonaban en el aire, y de repente los hombres que luchaban contra mí se multiplicaron.
El peso de sus cuerpos me aplastaba contra la nieve.
Oí que Tamsyn gritaba mi nombre mientras me daban un golpe tras otro, una patada tras otra. Oí la voz de Magnus, que me rogaba que dejase de luchar, que dejase de resistirme.
Una bota se estampó contra mi cara y el dolor de mi mandíbula rota reverberó por toda mi cabeza, dejándome aturdido.
Me pitaban los oídos. Me quedé quieto mientras trataba de recuperarme lo suficiente para seguir luchando.
Gruñía; la bestia que había en mi interior se revolvía, empujaba, aporreando las paredes, deseosa de liberarse.
No sabía cómo, pero no había sangrado. Me bastó un vistazo para confirmarlo.
Mi piel era demasiado gruesa; era piel de dragón en su misma esencia.
Una bendición. Al menos mi sangre de dragón no había quedado expuesta, una anomalía que no había sido revelada.
—¡Ya basta! —gritó Stig.
Mis atacantes se detuvieron.
—¡Prendedlo! ¡Quiero que lo vea! —Oí la voz de Stig a través del rugido de mis oídos. Me agarraron de los brazos, obligándome a mirar. A pesar de que veía borroso, vi cómo Stig desmontaba del caballo e iba directo hacia la jaula en la que estaba encerrada mi vida entera.
—Tamsyn —dije, sin aliento.
No sabía qué pretendía hacer Stig, pero me puse tenso de pies a cabeza. Aquello no pintaba bien. Observé horrorizado cómo Stig abría la puerta y la sacaba a la fuerza.
Y entonces desenvainó su espada de hueso de dragón. La reconocí al instante: había visto muchas de esas armas en mis tiempos. La mayoría estaban guardadas, pero en la fortaleza, en casa, teníamos varias de ellas expuestas.
Nos miró con los ojos enloquecidos.
—Voy a demostrar lo que es. —Alzó la espalda—. La última vez no funcionó. Quizá esta vez el resultado sea distinto.
—¡La última vez no funcionó porque no soy ningún dragón! —insistió ella.
Fruncí el ceño, tratando de comprender la conversación, de darle sentido.
—Ahora lo veremos.
Alzó más la espada.
Y yo me zafé de las manos que me sujetaban sin esfuerzo y me abalancé contra ellos justo cuando Stig cargaba con la espada, sujeta con las dos manos, contra el rostro de Tamsyn.
Ella miró con unos ojos como platos cómo yo saltaba para interponerme. Para que la estocada no llegase a ella.
—¡No! ¡Fell, no! —gritó—. ¡Déjalo!
Sentí cómo la hoja cortaba mi ropa, cortaba mi piel, partiendo la parte superior de mi hombro en dos.
Mi sangre salió disparada.
Sangre púrpura.
Me puse una mano sobre la herida para taparla.
Tamsyn chilló y se tapó la boca, horrorizada.
Todo se ralentizó hasta detenerse.
Sentí que todas las miradas se detenían en mí. Todos contemplaban cómo la sangre de un intenso púrpura fluía como un río por entre mis dedos, goteando y acumulándose en un charco en la nieve.
La multitud ahogó un grito, con los ojos fijos en las pruebas, en la sangre púrpura que me delataba, y entonces comprendí que eso era lo que Stig buscaba desde el principio.
Los soldados volvieron a por mí y me sujetaron de nuevo, apartándome la mano de la herida.
Había caído en la trampa de Stig sin pensar ni un segundo en las consecuencias. Aunque no me arrepentía: si la espada de hueso le hubiera dado en la cara, la habría matado.
Pero mi secreto había quedado al descubierto.
No había vuelta atrás.
Solté un rugido que hizo temblar hasta las ramas de los árboles y me quité de encima a mis atacantes, lanzándolos a varios metros de mí.
Me puse de pie con las piernas separadas y los brazos extendidos, vibrando a los lados de mi cuerpo.
Y, sin dejar de rugir, estallé en una explosión de luz.
Mi cuerpo desapareció, hecho pedazos, en aquella luz cegadora… y en su lugar apareció mi dragón.
El rostro de Stig se quedó paralizado de terror cuando vio que volaba hacia él y le hundía las garras en los hombros.
Lo levanté como si no pesara nada, y lo llevé más y más arriba.
Una vez en el cielo, le arranqué la cabeza del cuerpo y lancé los pedazos que quedaban de él contra el suelo, entre sus guerreros, con una fuerza despiadada.
Y entonces se desató el caos. El infierno. Los soldados chillaban y huían. Algunos de ellos lograron echar mano de las armas de dragón que llevaban encima, y de coger las otras que almacenaban en el carromato.
Algunos cargaron contra mí con lanzas de hueso, pero las esquivé, volando. Enormes ráfagas de niebla emanaban de todos los poros de mi cuerpo, añadiendo confusión a la escena, mientras yo seguía esquivando golpe tras golpe, sin dejar de atacar a todo el que se atreviera a intentar atacarme a mí.
Vi otro estallido de luz en el aire, a través de la niebla, y ahí estaba Tamsyn, en toda su gloria roja y dorada, a mi lado.
Trabajamos juntos, atacando a quienes nos atacaban hasta que quedamos solo nosotros dos, flotando sobre la hierba, batiendo nuestras enormes alas en el cielo cubierto de niebla.
Varios soldados, algunos heridos y otros simplemente encogidos de terror, se empequeñecían contra el suelo, bajo nosotros.
Magnus era uno de ellos. Nos miraba entre asombrado y aterrorizado, con una mano sobre los ojos, como si la imagen de nosotros dos en el cielo fuese demasiado brillante, demasiado aterradora.
Tamsyn y yo nos miramos y descendimos poco a poco.