La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 32. Tamsyn #2
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32. Tamsyn #2

Y, al cabo de un instante, Stig bajó la mano, dejando el brazo fláccido a un lado de su cuerpo.

Me miró con unos ojos que me parecieron más oscuros de lo que recordaba, como si la luz que había en ellos hubiese desaparecido.

Por fin se apartó. Carraspeó y asintió una única vez, como diciéndole a Havard que había recuperado la compostura.

Dio un paso para rodear a su amigo, me agarró del brazo y tiró de mí. Y yo fui. No tenía sentido resistirme, y Fell no tardaría en llegar. Sabía que estaba vivo, sabía que había sobrevivido a las harpías. Todavía lo sentía vivo, respirando dentro de mí. Estuviera donde estuviese yo, me encontraría.

Miré hacia atrás, hacia la dirección por la que había venido, como si esperase que Magnus y Fell aparecieran de un momento a otro y pusieran fin a todo esto. Eché otro vistazo por entre los árboles.

—Entra. —Stig me empujó con saña hacia un carromato en el que no había reparado antes, pero esta vez sí me fijé en él… y también en la enorme caja que lo ocupaba entero.

—¿Ahí? —pregunté. Se me hizo un nudo en la garganta al ver la jaula de barrotes blanco tiza. Observé el extraño artilugio y me fijé en que los barrotes no eran uniformes, en que no había dos iguales. Casi parecían…—. Huesos de dragón —musité, mientras el terror me helaba la sangre.

Una jaula de huesos de dragón. No habría forma de escaparme bajo el manto de la noche.

Esta vez no podría huir.

¿Y si Fell no venía? ¿Y si le había ocurrido algo? No estaba muerto, pero quizá hubiera algo que le impidiera llegar hasta mí.

Me resistí contra Stig, tratando de liberarme. Retrocedí con recelo. Mirando esa caja, sentía que me congelaba, que el fuego que había en mi interior se extinguía y el corazón se me agrietaba como un gran bloque de hielo.

—Por favor —murmuré—. No me metas ahí.

Una caja de la que nunca podría escapar, parecida a la prisión de Fell. Podría tenerme allí dentro para siempre si quería, y eso era justo lo que querría el monstruo en que se había convertido.

Me llevé una mano al pecho dolorido, al corazón desbocado.

Apretándome el brazo con brutalidad, me zarandeó tan fuerte que hasta me castañetearon los dientes.

—No te gusta, ¿eh? —Los ojos le brillaban de satisfacción.

Sonrió torciendo la boca en una mueca de crueldad y acercó la boca caliente a mi oído—.

Eso es porque eres un dragón. —Me maravillaba que me hubiera besado con esos labios.

Que hubiera querido, y que yo se lo hubiese permitido, que incluso me hubiese gustado—.

La mandé hacer especialmente para ti. Para cuando te encontrara.

Sabía que te encontraría, sabía que no estabas muerta.

—Con el ceño ligeramente fruncido, se acercó de nuevo a mi oído y siseó—: ¿Quemaste a Dryhten con tu fuego o te lo comiste?

Ahogué un grito. ¿Hablaba en serio? ¿Acaso no recordaba que ese día, en el bosque, Fell me había salvado de él? ¿Por qué habría querido matarlo? ¿Se pensaba que, por dragón que fuera, no tenía ninguna conciencia o sentido de la lealtad?

—¿Por qué habría de matar a mi esposo? —Le lancé la réplica con furia; mi miedo se canalizó en un impulso por contrariarlo. Así que luego, consciente de lo mucho que lo enfurecería con aquello, añadí—: Lo amo. El señor de las Tierras Fronterizas es el mejor hombre que conozco.

Stig arrugó la nariz con rabia.

—El señor de las Tierras Fronterizas soy yo —gruñó, enseñando los dientes blancos entre su barba bien recortada—.

Ahora, el norte es mío. El Borg es mío, tu dulce Alise es mía y tú, tú…

—Me miró de arriba abajo, y por un instante vi algo profundo y necesitado en las profundidades castañas, una sombra de cómo me había mirado una vez.

Era como una ventana a un pasado que añorabas, al que llorabas, y que jamás podrías recuperar.

Un truco de la luz. Pero ya no estaba. En un parpadeo, desapareció.

Sus ojos volvieron a convertirse en dos pozos ciegos de odio—. Y tú… confesarás.

«Confesarás». Qué palabra tan sucia en esos labios, en ese contexto. Como si yo fuese culpable de algún crimen. Una abominación. Como si ya ni siquiera tuviese alma.

Me metió a la fuerza en la jaula. Era pequeña, me resulta imposible ponerme de pie o estirar el cuerpo. Varios soldados me miraron con compasión.

Cuando el vagón empezó a rodar por el suelo desigual, alcé la barbilla y traté de aferrarme a los pedacitos de dignidad que me quedaban.

Me agarré a los barrotes, los huesos de mis hermanos.

Los ecos de su fuerza palpitaban a través de mí.

Contemplé los árboles que me rodeaban. El bosque estaba vivo y respiraba, y yo comprendía mejor que aquellos soldados lo vivo que estaba, sabía que tenía dientes preparados para desgarrar y devorar.

Mientras avanzábamos a paso firme, las lejanas montañas de los Riscos se elevaban sobre un lado del bosque, llamándome, a la vez lugar seguro y amenaza.

Tal era la naturaleza dual de los Riscos.

Un lugar hermosamente peligroso, lleno de cosas salvajes y letales.

El corazón me latía con fuerza en el pecho dolorido.

Me froté la «x» de la palma de la mano, sintiendo el susurro de Fell, y fue un consuelo. Seguía ahí fuera. No estaba muerto, estaba cerca.

Quizá incluso más cerca de lo que pensaba.

Los árboles de nuestra derecha se movieron; las hojas delataron unos repentinos movimientos.

Los soldados también oyeron el ruido. Gritaron y se volvieron, tomando posición frente a la línea de árboles y aquella posible amenaza, desenvainando sus estoques en una canción sibilante.

Me aferré a los barrotes de hueso con todas mis fuerzas y traté de ver.

Nadie respiraba. Nadie se movía. Incluso los árboles dejaron de mecerse. Todos los presentes miraban hacia el frente sin pestañear.

Solté una gran exhalación al ver a Fell salir de entre los árboles.