32. Tamsyn
Tamsyn
R ecuperé la conciencia poco a poco. Fui nadando hacia la superficie del sentido, buceando en aguas densas, viscosas como la niebla que rodeaba los Riscos. Pero no, no estaba bajo el agua. Y tampoco sentía el abrazo de la neblina sobre la piel. No allí. Dondequiera que fuese allí.
Me llevé una mano de plomo a la cabeza como si así pudiera evaluar el dolor sordo que la asolaba, como sí así pudiera palparlo, medirlo. Sin embargo, no estaba en condiciones para evaluar nada, y supuse que eso ya me daba la respuesta que estaba buscando.
Estaba mal. Muy mal.
Oía voces rebotando a mi alrededor. Traté de distinguir lo que decían, de atrapar cada palabra para comprender su significado y luego ordenarlas, como cuentas en un hilo, en frases que tuvieran sentido.
—Está volviendo en sí —gritó alguien.
—Cualquiera diría que después de un golpe así tendría que estar muerta… —Se oyeron varios murmullos como respuesta. Parecía que estaban de acuerdo, incluso que desaprobaban que siguiera con vida, aunque mi estado me impedía comprender lo que decían.
El mundo cambió y se recolocó a mi alrededor, desconcertante e incómodo.
Algo se me clavaba en el estómago. No sabía qué era, pero bastaba para indicarme que me encontraba boca abajo…
y cabeza abajo, porque sentía toda la sangre en la cabeza.
Tenía ganas de vomitar. Me llevé la mano a los labios y contuve una arcada.
Abrí los ojos para ver un mundo de nieve borrosa y… caballos. Soldados a caballo.
Yo… en un caballo. Pero no sentada. Me habían echado sobre el animal como un saco de patatas.
Y, de repente, ya no estaba allí.
Alguien me agarró del pelo y me lanzó violentamente del caballo, estampándome contra el suelo. Solté todo el aire que contenía de golpe. Parpadeé y levanté la vista hacia la multitud de rostros que me contemplaban. Me detuve en uno de ellos.
Stig.
Me parecía imposible. No había sido una aparición, ni tampoco un cruel truco de mi mente. Estaba allí. Otra vez. ¿Qué clase de maldición había caído sobre mí?
Tras nuestro último encuentro, sabía que debía tenerle miedo. Me había destrozado el cuerpo, infligiéndome un dolor inimaginable, y la hostilidad con la que me miraba en ese momento me advertía de que seguía decidido a destruirme.
Inhalé con cuidado y conseguí apoyarme en un codo mientras me frotaba la nuca, donde me había tirado del pelo con crueldad.
—Stig, cómo me alegro de volver a verte.
—En eso estamos de acuerdo. —Arrugó la nariz—. La última vez lograste escapar, pero eso no volverá a ocurrir. Esta vez, Alise no está aquí para salvarte.
—¿Cómo está mi hermana? —pregunté, tratando de ganar tiempo; cualquier cosa me valía con tal de posponer el momento en el que me hiciera daño, porque sabía de lo que era capaz.
Y no era una pregunta vacía: quería saber cómo estaba Alise.
La última vez que la había visto distaba mucho de encontrarse bien.
—No es tu hermana —replicó.
Me encogí de hombros mientras me ponía de pie.
—Sabes perfectamente que nos criaron como hermanas. Para mí no es tan fácil apagar los sentimientos y olvidar mis antiguas relaciones. —Lo miré con los ojos entornados—. A diferencia de ti, yo sí soy leal.
—Tú no sabes lo que es la lealtad, zorra dragona.
Me encogí de hombros otra vez y pregunté:
—¿Qué haces aquí?
Él sonrió entonces, con un gesto ladino y cruel que surcaba la línea de su barba pulcramente recortada.
—Buscarte, por supuesto. Aunque no esperaba que fuera tan fácil.
Hemos peinado los Riscos incontables veces, pero no esperaba que cayeras en nuestras manos de forma tan sencilla.
Después de la última vez que te capturamos, daba por hecho que te habrías escondido bajo tierra.
¿Tanto te gustaron los azotes? ¿Te apetece repetir?
Mi fanfarronería titubeó un poco al recordar el pisk que me había despedazado la carne.
—Eso, ¿dónde estabas? —preguntó otro soldado. Era Havard, un oficial que recordaba de la Ciudad y también uno de los mejores amigos de Stig. Negaba con la cabeza, como si estuviera de verdad maravillado por mi repentina aparición.
—Con mi esposo —respondí—. ¿Dónde si no?
El rostro de Stig empalideció sobre los bordes de su barba.
—¿Dryhten?
Asentí.
—Y creo que quiere decirte cuatro cosas. No está muy contento contigo.
Los soldados que había tras Stig empezaron a murmurar.
—¡Callaos! —Stig se volvió y los fulminó con la mirada—. ¡Miente! ¡Dryhten está muerto!
Havard me miraba con sincera curiosidad.
—¿Y dónde ha estado todo este tiempo?
—Vuestro señor —enfaticé la mención a su título— fue capturado por unos saqueadores.
Justo acabo de procurar su regreso. —Era la historia que Fell y yo habíamos inventado para explicar su larga ausencia.
Era mucho más plausible que la verdad. No me había preocupado mucho por los detalles, ya que sabía que sería Fell quien diera el grueso de las explicaciones.
Al fin y al cabo, sería su gente quien querría respuestas, y estarían tan felices de tenerlo de vuelta que lo más probable era que no se pararan a analizar el relato de los acontecimientos.
Y lo que Stig pensara daba igual, ya que Fell estaba decidido a darle muerte.
No esperaba encontrarme allí sin Fell, ni tampoco ser a quien tratarían de sonsacar información, pero allí estaba.
Havard señaló a su alrededor.
—¿Y dónde está?
—Maldito seas —maldijo Stig, fulminando a Havard con la mirada—. ¡Está mintiendo! Esos saqueadores no existen. Y Dryhten tampoco.
Parpadeé y busqué en mi interior la capacidad de mostrarme ecuánime frente a su furia. Resistí el impulso de dar un paso atrás, me negué a mostrar debilidad. Aquellos intensos ojos marrones que antaño rebosaban afecto por mí no contenían ya más que amargura y reproches.
—¡Transfórmate, maldita sea! ¡Muéstrales lo que eres!
Me sobrevino una abrumadora sensación de haber estado allí antes, de haber hecho eso mismo, de haber vivido ese mismo instante, y luché contra los temblores, contra el amargo zarpazo del miedo.
Apreté los dientes y alcé la voz lo suficiente para que me oyeran todos.
—No puedo ser lo que no soy.
Stig reaccionó. Alzó una mano y me cruzó la cara de una sonora bofetada.
Fue tan inesperada que perdí el equilibrio de la violencia con que mi cabeza salió despedida hacia atrás, y caí al suelo.
Quizá había sido estúpido de mi parte que el golpe me pillara desprevenida.
Sabiendo lo que sabía sobre él, debería haber estado preparada.
Levanté la vista hacia Stig, hacia su mirada implacable y su expresión de furia. Me faltaba el aliento; sentía que me arrancaba la piel con los ojos, que me desnudaba, que me exponía. Que me veía. Lo sabía. Y lo odiaba.
Me señaló con un dedo acusador.
—No hagas eso. No me mientas, Tamsyn. ¡Te vi tal y como eres! ¡Un dragón! ¡Admítelo!
—¿Cómo voy a admitir algo así? ¡Es absurdo!
Tenía el rostro lleno de manchas rojas de furia. Negó con la cabeza lenta y peligrosamente.
—Han sido todo mentiras desde el principio. Ahora lo veo claro, y no pienso tolerar ni una sola más.
¿Mentiras desde el principio? ¿El principio de mi vida en palacio? ¿Era eso lo que pensaba, por eso tanta amargura? ¿Por eso había… cambiado tanto?
Pensé en la versión de mí misma que había dejado atrás al casarme con Fell.
En ese momento, cara a cara con Stig, veía claramente lo que había sido.
La muchacha de los azotes real, perdida y triste, que buscaba su lugar en el mundo.
La chica que no sabía cuál era su valor, que aceptaba los castigos que no merecía.
Lo veía todo tal y como era. Antes no podía, pero ahora sí.
Ahora me sentía cómoda en mi propia piel, siempre cambiante.
Ahora me sentía cómoda mirando a Stig a la cara y mintiendo. Mintiendo para protegerme a mí, y a Fell, y a todos los dragones. Me levanté y, con los dientes apretados, le dije:
—No sé de qué me hablas.
—Sigues haciéndome quedar como un estúpido.
«Sigues haciéndome quedar como un estúpido».
Me acaricié con suavidad la mejilla, donde sentía el dolor y la huella de su mano, mientras pensaba en lo que acababa de decir.
—Para eso no me necesitas a mí, Stig.
Volvió a levantar la mano, pero Havard dio un paso al frente y se interpuso antes de que volviera a abofetearme. ¿Dónde estaba Havard la noche que me había azotado? Habría sido agradable tenerlo por ahí.
Stig abrió unos ojos como platos y miró a sus soldados, enloquecido.
—¡No sabéis lo que es! —Bajó la voz y, con un gruñido, le dijo a Havard—: Es un monstruo. Se convirtió en dragón delante de mis narices. Tienes que creerme. Dryhten también estaba. ¡Él también lo vio!
—Pues cuando llegue se lo preguntaremos —respondió Havard con voz calmada.
—¡Idiota! ¡No va a venir! —Stig volvió a clavar su mirada en mí—. Seguro que lo mató, ¡es un monstruo! ¿Lo mataste? —me gritó—. ¿Mataste tu marido, Tamsyn?
Negué con la cabeza.
—¡No! ¡Claro que no!
Havard miraba a su viejo amigo con los ojos colmados de tristeza, y no pude más que pensar que todo aquello no hacía sino ayudar en mi defensa a ojos de aquellos soldados.
Cuanto más desquiciado se mostrara Stig, mejor.
El regreso de Fell por sí solo ya haría mucho por socavar su poder, y, cuando Fell lo desafiara, parecería lógico.
Al fin y al cabo, era la opción más honorable después de que Stig me hubiese agredido como lo había hecho.
Fell estaría, simplemente, protegiendo a su esposa.
—Stig —murmuró Havard. Se limitó a pronunciar su nombre con suavidad, nada más. Como si eso bastara para que recuperara la cordura. Y ojalá hubiera bastado.
Ojalá solo con decir su nombre hubiera bastado para romper el horrible hechizo que lo había apresado, para devolverme a mi amigo de la infancia, al hombre que había asegurado amarme…, el hombre al que, hacía un tiempo, había pensado en amar yo también.
Stig alzó de nuevo la mano para pegarme, con la mirada enloquecida y los ojos inyectados en sangre.
Me mantuve firme, me obligué a no acobardarme.