31. Tamsyn #3
Magnus enarboló su enorme espada con ambas manos y logró clavarla en el grueso cráneo de una harpía. La espada se le quedó enganchada en la cabeza, y él cayó hacia delante cuando la bestia se desplomó, llevándoselo con ella, mientras atravesaba el aire con el chillido de su muerte.
Así que no eran invencibles.
Sin embargo, ahora que Magnus ya no me cubría, estaba expuesta.
Una de las harpías vio la oportunidad y se abalanzó sobre mí.
Me preparé para el golpe, para la embestida, para sentir cómo se me clavaban las uñas y los dientes, pero Fell apareció de repente, me apartó de un empujón del camino de la criatura y le cortó el abdomen con la espada.
La bestia soltó un aullido y se apartó bruscamente hacia un lado, tratando de aferrarse a sus tripas resbaladizas, que se le salían por la herida.
—¡Vete! —me gritó Fell—. ¡Corre!
Lo miré boquiabierta negando con la cabeza. No pensaba abandonarlo así. Con esos monstruos.
—¡Vete! —insistió—. ¡Ya te alcanzaré! ¡Pero ahora vete! ¡Ve hacia el Borg! —Se dio la vuelta y cargó contra otra de las harpías, que estaba inclinada sobre uno de los guerreros para acabar de matarlo en una tormenta salvaje de uñas afiladas como espadas.
Volvió a girarse y cortó limpiamente una de las alas de la harpía que acababa de destripar. De la herida manaba sangre negra como la brea.
—¡Vete ya! —rugió Fell, mirándome solo un instante.
Me di la vuelta y eché a correr, con la esperanza de que una o más de esas criaturas me siguieran para poder mostrarles mi verdadero yo, para poder transformarme sin que ninguno de los guerreros de Fell estuviera delante para atestiguarlo.
La sangre me palpitaba en los oídos mientras corría a través de los árboles, sin molestarme en no hacer ruido. Esperaba que me oyeran. Que me siguieran.
«Vamos, venid a por mí».
No parecía que me siguiera nadie, pero no paré. Seguí corriendo, seguí alejándome, levantando las rodillas, moviendo los brazos con fuerza. Unos extraños sonidos animalescos llegaban a mis oídos, y solo comprendí vagamente que salían de mí. Era yo. Yo era el animal.
Por fin me detuve, jadeante. Me lancé contra un árbol y me abracé a él, apretujando la mejilla contra la corteza áspera y fría. Clavé los dedos en su robusta superficie hasta que sentí que mis uñas cedían y se agrietaban. Tenía la boca llena de saliva del esfuerzo de correr, e intenté tragármela.
No me había perseguido ninguna harpía. No había nadie. No estaba Fell.
Estaba sola.
No estaba Fell.
Lo necesitaba como el aire…, como el fuego que había en mí.
No soportaría volver a perderlo.
Agucé el oído, tratando de captar sonidos que indicasen la presencia de Fell o de Magnus. Esperaba que los otros soldados estuvieran solo heridos y no muertos.
Me volví en la dirección por la que había venido. No podía hacer lo que me había pedido. No podía dejarlo.
Algo crujió tras de mí.
Me di la vuelta de golpe, preparada para enfrentarme a la harpía, preparada para presentarle mi monstruo a otro monstruo.
Todo ocurrió muy rápido. Me rodearon en un abrir y cerrar de ojos. Eran muchísimos, muchísimos rostros. Demasiados.
Guerreros montados a caballo que olían a cebolla y a sudor y a muerte.
Ojos que me miraban bajo los visores de acero de unos cascos que reconocía bien. Aquellos hombres no eran norteños.
Reconocí las armaduras brillantes y las barbas bien recortadas en un instante. Eran soldados de la Ciudad, de mi hogar de juventud, del lugar donde comía dolor y abuso junto con mis gachas del desayuno.
Me miraron con ojos entornados y supe que ellos también me habían reconocido a mí.
Antes de que me diera tiempo a moverme o a hablar, un hombre montado a caballo cargó contra mí profiriendo un grito de guerra.
Los cascos del caballo resonaban al mismo ritmo que la sangre que palpitaba en mis oídos.
Chillé y retrocedí cuando el animal alzó los cascos sobre mi cabeza.
Aterrizaron justo delante de mí, salpicando nieve por todas partes, como una nube de finas partículas de hielo.
Oí el golpeteo de unas botas al tocar el suelo, y vi el destello de una espada a través del miasma de nieve cuando se alzó sobre mí y cayó, cayó, cayó, a toda velocidad, hacia mi rostro, antes de que yo pudiera reaccionar, moverme, proferir un solo sonido.
Atisbé el color tiza del hueso de dragón y un frío peso me golpeó en la cabeza, causándome un estallido de gélido dolor.
Me cedieron las piernas como ramitas quebradizas. Me derrumbé, hecha un ovillo, mientras la negrura me arrastraba, mientras tiraba de mí para hundirme en la nada, en un vacío que me succionaba.
Un hombre con un casco puesto, con una armadura reluciente, se erguía ante mí, silueteado ante la luz de la mañana, y me miraba mientras mi mundo se oscurecía poco a poco.
Tenía la espada que me había robado el sentido en las manos enguantadas. Que casi me había robado el sentido. Porque seguía luchando por no sucumbir y, mientras me aferraba desesperadamente a la conciencia, mi mirada nublada se detuvo en el rostro borroso de mi atacante.
No. No podía ser. Allí no.
Otra vez no.
Abrí la boca y traté de formar las palabras. Traté de pronunciar su nombre.
No supe si algún sonido brotó de mis labios, pero vibró a través de mí de igual modo mientras terminaba de caer en la oscuridad.
Stig.