31. Tamsyn #2
De repente, se oyeron más ramitas, el ruido de los arbustos al rozarse contra los cuerpos, el crujido de las hojas. El calor que habitaba en mí despertó, burbujeando y crepitando en mi pecho, y empezó a trepar por mi garganta para ser expulsado, para defenderme.
Fell me soltó la mano, me rodeó con el brazo y me puso tras él, protegiéndome con su enorme cuerpo. Colocó la espada ante nosotros.
Nos giramos en un círculo, vigilantes. Las pupilas verticales de sus ojos vibraban como los árboles a los que sacude una tormenta.
—Aguanta —me dijo con voz ronca, y entendí al instante a qué se refería. Me estaba avisando para que no me transformase, para que mi dragona no se manifestase. Todavía no. No hasta que supiéramos qué era lo que nos acechaba.
No tuvimos que esperar mucho para descubrirlo.
Cargaron contra nosotros con las espadas desenvainadas.
Nos habían oído cortando y abriéndonos paso entre los árboles, igual que nosotros los habíamos oído a ellos.
No nos estábamos desplazando con suficiente sigilo.
Tan cerca del Borg, que ambos percibíamos como un santuario, habíamos bajado la guardia, y había sido un error.
Todavía estábamos en los Riscos, aunque aquella zona fuera una versión mucho más dócil y tranquila de estos.
Nos preparamos, tensos.
Eran tres. Los miré de arriba abajo. Guerreros, vestidos con las ropas habituales de las Tierras Fronterizas.
Pelo largo peinado en trenzas laterales pegadas al cuero cabelludo, armadura de cuero con pelo en los hombros.
Guardabrazos, las fundas de las espadas a la espalda, aunque vacías.
Blandieron las armas, apuntándonos con sus puntas afiladas.
Eran guerreros de las Tierras Fronterizas, no los soldados de Stig. Eso ya era algo. Sin duda, un alivio.
Parpadeé al reconocer a uno de ellos.
—¡Magnus! —grité.
Era uno de los guerreros que había acompañado a Fell al skog.
Yo misma lo había rescatado de la huldra, junto con Fell, Mari y Vidar.
Después de aquel episodio, había sido amable conmigo, y se había dedicado a cantar mis alabanzas en cuanto habíamos llegado al Borg.
Yo era una heroína a sus ojos, unos ojos que me recorrieron antes de detenerse en Fell.
—Magnus. —Fell suspiró de alivio, rebajando un poco la tensión de su cuerpo.
—¡Mi señor! —gritó bajando la espada—. ¡Estás vivo! —Lo miró boquiabierto durante unos segundos, y entonces sacudió la cabeza a toda prisa e hincó una rodilla en el suelo en señal de deferencia.
Dirigió la vista a los otros dos guerreros, que estaban igual de perplejos, y le dio un golpe a uno de ellos. Los dos lo imitaron entonces, arrodillándose con poca gracia.
—Levantaos. Poneos en pie —ordenó Fell a toda prisa.
Alargó una mano hacia Magnus y tiró de él para darle un fuerte abrazo. Magnus se sonrojó complacido, pero había algo más en su rostro. Una tensión esquiva en su mirada que se contradecía con su aparente buen humor.
Luego me miró a mí, y los ojos se le abrieron aún más si cabía.
—Mi señora —dijo, como si verme a mí fuese aún más impactante que haberse reencontrado con su señor—.
Me alegro de verte. —No apartó la vista de mí, y empecé a sentir que una inquietud me invadía poco a poco, consciente de que la historia de mi encuentro con Stig debía de haber llegado a sus oídos.
Que debía de haberse enterado de mi sangrienta flagelación.
De mi huida—. Es maravilloso volver a veros a los dos —añadió a toda prisa, exhalando con fuerza.
Volvió a mirar a Fell—. Pensábamos que estabas…
Todo el mundo decía… —Se interrumpió, ruborizándose, como si se sintiera culpable por haber creído la noticia de la muerte de Fell.
—¿Muerto? —terminó Fell, al ver que a Magnus parecía costarle pronunciar la palabra.
El hombre hizo una mueca y asintió.
—Te buscamos por todas partes, mi señor. —Sacudió la cabeza, como si quisiera aclararse las ideas—. ¿Dónde estabas?
Fell y yo intercambiamos una mirada.
—Es una historia muy larga.
Uno de los otros guerreros se rio.
—Imagino… —dijo.
Magnus fulminó con la mirada a su compañero.
—Estoy seguro de que nuestro señor nos lo explicará a su debido tiempo. De momento, escoltémoslos hasta casa. —Magnus me miró de nuevo con preocupación. Era evidente que le ponía nervioso llevarme al Borg, teniendo en cuenta lo sediento que Stig estaba de mi sangre.
Fell me había sugerido que esperase, que me escondiera en el Borg hasta que todo se hubiera arreglado y él hubiese recuperado su posición.
«Estás loco si te crees que voy a perderte de vista…
¿Y para qué? ¿Para que entres en el Borg y desafíes a Stig sin tenerme a mí para cubrirte las espaldas?
—le había dicho, y luego había dado un pisotón y había negado con la cabeza con decisión—. Ni hablar».
—¿Estáis en una misión de reconocimiento? —preguntó Fell, devolviéndome al presente—. ¿Tan lejos del Borg?
Los tres guerreros se miraron como si responder a aquella pregunta fuese complicado. Me resultó extraño. Había algo raro en todo aquello. Se me puso el pelo de punta, se me tensó la piel.
Fell también lo notaba. Movía la cabeza de nuevo con ese ademán animalesco, para mirarme primero a mí y luego a los hombres que tan fielmente le habían servido. No estaban allí solo para explorar el terreno, pero no parecían dispuestos a explicarse.
—¿Vamos? —Magnus nos invitó a continuar con un gesto.
Fell asintió y me cogió del brazo. Cuando echamos a andar de nuevo, me mantuvo muy cerca de él, guiándome, mientras la nieve crujía bajo nuestros pasos.
Yo miraba a mi alrededor, al cielo y a la tierra, mientras la inquietud seguía extendiéndose por debajo de mi piel.
Encontrar a aquellos guerreros no la había calmado.
—Te buscamos por todas partes, mi señor. De hecho, todavía lo estábamos haciendo. —Volvió a dirigirme otra mirada extraña y apartó la vista a toda prisa.
A Fell se le iluminó la cara. Sabía lo que estaba pensando: le parecía una buena cosa que no hubieran abandonado la búsqueda, que no se hubiesen rendido.
Al menos, no sus guerreros. Estaba segura de que no podía decirse lo mismo de los soldados que Stig se había llevado al norte con él.
Sin embargo, a los guerreros del ejército de Fell todavía les importaba suficiente para organizar partidas de búsqueda.
No se habían rendido, y se alegrarían de su —de nuestro— regreso.
Entonces ¿por qué sentía esa inquietud? ¿Por qué no desaparecía esa sensación de que había un peligro que nos acechaba? Nos encontrábamos muy cerca del Borg… Pero no habíamos llegado aún. Todavía no estábamos a salvo: seguíamos estando en los Riscos.
Quizá así sería yo a partir de entonces. Para siempre. Una criatura herida y perseguida que jamás podría relajarse, que jamás podría sentirse en casa dentro de su propia piel. Tal vez pasaría el resto de mi vida guardándome las espaldas, dando un brinco asustada con cada ruido inesperado.
O quizá fuese algo más concreto.
Porque habría jurado… que podía sentirlos.
Fueran quienes fuesen. Percibía su presencia, sabía que nos vigilaban, que tenían las miradas clavadas en nosotros, como halcones acechando a su presa.
Y no me equivocaba.
Salieron de la nada, todas a la vez, y nos rodearon. No podíamos defendernos contra ellas. No tal y como estábamos. No tal y como estaban. Tres de ellas contra cinco de nosotros. Cinco humanos, al menos en apariencia, contra una bandada de…
—¡Tamsyn! ¡Al suelo!
Me quedé paralizada, conmocionada, cuando las harpías nos atacaron en masa, un chillido estridente de cuerpos correosos que volaban por entre los árboles y bajaban en picado a atacarnos.
No eran ni por asomo tan grandes como los dragones, pero tenían unas garras enormes, largas, y los dientes… Los dientes eran incontables.
Abrían las bocas enormes para revelar varias hileras de dientes afilados como cuchillas.
Aparte de eso, tenían rostros de apariencia muy humana, solo que más angulosos, de líneas afiladas que denotaban que eran depredadores.
Tenían largas melenas de aspecto sucio y grasiento que nacían en sus cueros cabelludos. Eran aterradoras.
Sentí que el fuego empezaba a avivarse dentro de mí, que subía por mi tráquea y me expandía la garganta. Me salía humo de la nariz y se reunía ante mi rostro en grandes columnas de vapor.
Eché un vistazo a Fell. Negó con la cabeza con fuerza y, solo moviendo los labios, me dijo: «No lo hagas».
Y lo entendía.
No podía transformarme. No podía revelar mi dragona, mi secreto. Nuestro secreto. No delante de Magnus y los demás.
Así que me tragué mi calor, lo contuve, apretujé mi ceniza y mis ascuas en lo más hondo de mi vientre.
Luchamos con armas. Sin embargo, ni la fuerza bruza ni las espadas tenían nada que hacer contra aquellas criaturas infernales.
Eran muy habilidosas esquivando nuestros ataques, retorciéndose como serpientes en el aire.
Esquivaban las acometidas de nuestras espadas con grandes bocas abiertas por las que emitían chillidos estridentes mientras nos asestaban zarpazos con sus largas uñas, que hacían jirones de la carne humana.
Fell consiguió acertarles varias veces. Chorros de sangre negra salían despedidos por los aires, pero las harpías seguían chillando, seguían atacándonos. La única forma de vencerlas sería transformarnos en algo igual de formidable…, pero no podíamos hacerlo.
Fell y Magnus me flanquearon para protegerme. Los otros dos guerreros estaban en el suelo y la nieve se había teñido de rojo.
Seguimos luchando. Fell y Magnus blandían sus espadas sin cesar.