31. Tamsyn
Tamsyn
V olamos toda la noche. No nos detuvimos hasta el alba, cuando unas tenues vetas rosas y naranjas empezaban a teñir el cielo de un intenso púrpura, anunciando la llegada de un nuevo día.
Aterrizamos en una meseta repleta de árboles, entre una colina y una montaña…, una de las primeras estribaciones que descendían hacia el Borg.
Ya casi habíamos llegado a casa: había más montañas a nuestras espaldas que ante nosotros.
Delante se extendían las tierras altas, unas colinas de elevación suave, ya cubiertas con más verde que nieve.
Unas tierras más amables, mucho menos serradas.
Y más allá de esos cerros, por supuesto, se encontraba el Borg.
Todavía no lo veíamos, pero sabíamos que estaba allí. Una fortaleza gigantesca de madera y un foso de aguas oscuras que rodeaba la enorme ciudadela del norte. Una bestia durmiente entre la niebla. Solo que no… Ya no había niebla. Yo misma lo había comprobado durante la rekon.
Me pregunté cuánto tiempo tardaría la niebla en regresar al norte ahora que Fell había vuelto.
Levanté el rostro hacia el cielo, exhalé y me liberé de mi piel de dragón, desmoronándome, desmadejándome y deshaciéndome, para rehacerme de nuevo como humana.
Fell estaba a mi lado. Sus pálidas escamas plateadas de dragón se desvanecieron con un estallido de luz cuando volvió a sí mismo.
Su enorme cuerpo de guerrero era toda una belleza.
Lo admiré por unos instantes, contemplando su anchura y altura increíbles, su piel bronceada, besada por un sol invisible, llena de tatuajes que se extendían sobre sus fuertes músculos y tendones.
Encendí un fuego y ambos nos vestimos junto a su resplandor pálido. Luego nos sentamos ante las llamas, que se elevaban, retorcidas.
Tendí las manos, como si necesitara el calor…, como si no hubiera ya un fuego perpetuo crepitando en mi interior, una magia que residía dentro de mí. Y, aun así, hacerlo me reconfortaba por la simpleza del acto, por lo normal que era sentarse ante una hoguera con tu amante bien pegadito a tu lado.
Comimos mientras contemplábamos cómo salía el sol por el horizonte. Sus rayos se filtraban a través de los árboles, deslizándose por entre las ramas cubiertas de nieve. Ahora que estábamos tan cerca, empezaba a sentir un cosquilleo de emoción.
—¿Qué crees que dirán cuando nos vean cruzar esas puertas?
«¿Qué diremos nosotros?».
Se le dibujó una sonrisa en los labios.
—¿Bienvenidos a casa?
Se me escapó una carcajada. Me encantaba estar con él.
¿Había sido siempre tan maravilloso? ¿Tan divertido?
¿O había estado demasiado atormentada con mi matrimonio forzado y el subsiguiente descubrimiento de mi dragona?
¿Había sido incapaz de fijarme en él, de apreciarlo?
¿Había sido incapaz de ver más allá de la tristemente famosa Bestia de las Tierras Fronterizas, que mantenía el reino unido contra el hambre y la penuria, contra los invasores del norte y los saqueadores y los peligros de…
, en fin, de todas partes? Siempre había sido más grande y mejor que cualquier otro hombre.
Más mito que realidad. Y ahora, mirándolo en su conjunto, todo encajaba.
—¿Eso crees?
Masticó con ademán pensativo.
—Supongo que después de todo este tiempo me dan por muerto. —Ambos nos quedamos en silencio, pensativos—. Aunque, después de encontrarte a ti con vida…, quizá lo hayan empezado a dudar.
La antigua muchacha de los azotes convertida en señora de las Tierras Fronterizas solo le importaba a Stig.
Las gentes del norte no sabían de mí lo suficiente como para que les importase si estaba viva o muerta.
Sin embargo, perder a su estimado señor…
Eso debía de haber puesto su mundo patas arriba, debía de haber sacudido a todo el reino.
Quizá por eso aquella partida de guerreros de Veturlandia se había atrevido a invadir nuestro territorio en pleno invierno.
No me cabía duda de que tenían espías en nuestros dominios.
Y, si eran conscientes de que Fell ya no estaba…
, quizá habían pensado que, sin el señor Bestia al mando, atacar no entrañaría tantos riesgos.
Era Fell quien había mantenido Penterra en pie, quien garantizaba que el norte fuese un lugar seguro. Y, si el norte era seguro, todo el reino lo era. Su regreso lo cambiaría todo.
Aquella reflexión empezó a asentarse en mis pensamientos. Albergaba la esperanza de que a Fell no le costase mucho desafiar a Stig, despacharlo y recuperar su antiguo título.
—Mis guerreros son leales —dijo, como si pudiera leerme el pensamiento. O quizá necesitaba tranquilizarse a sí mismo, decirse que su transición al poder no encontraría grandes resistencias.
Asentí.
—Por supuesto.
A nuestro alrededor zumbaban montones de insectos, y caí en la cuenta de que había pasado mucho tiempo desde la última vez que los había oído. En los Riscos no había insectos… En aquellas montañas solo prosperaban las criaturas mágicas. Y, por encima de todo lo demás, eso es lo que yo era.
Lo que éramos los dos.
Me pregunté entonces si tal vez debía tener eso en cuenta.
Por mucho que hubiéramos decidido volver al Borg, ¿cómo encajaríamos nosotros, unas criaturas mágicas, en un mundo que no nos quería? Nos costaría un poco acostumbrarnos, de eso estaba segura.
Deslicé la mirada hacia Fell. Él estaba convencido de que nuestro lugar estaba en el Borg.
Esperaba que tuviera razón. Sin duda, comparado con cualquier otro sitio de Penterra, parecía un refugio.
No era la Ciudad, ni el palacio en el que yo me había criado, donde la intolerancia estaba profundamente arraigada.
El Borg había acogido a Fell cuando era niño…
, un huérfano de orígenes desconocidos. Yo era lo mismo —huérfana también—, solo que la familia real me había convertido en una muchacha de los azotes mientras que el Borg había estado dispuesto a aceptarlo a él como heredero natural y lo había nombrado señor de las Tierras Fronterizas.
Sin duda, ambos eran lugares muy distintos.
Aquel era la clase de lugar al que podría considerar un hogar. Sí, era el mejor lugar para nosotros. Al menos hasta que se demostrara lo contrario.
Aunque nadie que residiera en el Borg podría descubrir nunca la verdad sobre nosotros. No, el secreto de los dragones debía permanecer así: secreto.
Sería nuestro secreto para siempre.
Mastiqué un pedazo de carne desecada que había sacado de uno de los paquetes que Fell había recuperado de las posesiones de los guerreros veturlandeses, tratando de no pensar en qué clase de carne sería.
—¿Cuánto tardaremos en llegar?
—A pie, desde aquí, tardaremos casi todo el día en llegar a las puertas. Si salimos ahora.
Asentí. Lo que por aire solo nos costaría minutos, nos llevaría varias horas a pie. Pero era necesario. Había vigías apostados por todo el límite norte del Borg, y eso no habría cambiado. No podíamos arriesgarnos a que nos vieran en el cielo. Nuestros dragones no podían ir más lejos.
Me dio un suave golpecito con el hombro.
—¿Estás nerviosa?
—¿Después de todo lo que hemos superado? —Negué con la cabeza—. No. —Y era cierto, pero no por todo lo que habíamos pasado, sino porque él estaba conmigo. Estábamos juntos, así que todo, cualquier cosa, me parecía posible.
—Bien. Porque hoy, al final del día, volveremos a estar en nuestra cama.
«Nuestra cama».
Me sobresalté al pensarlo. Recordé los tiempos en los que compartíamos lecho y todas las noches que desperdiciamos, manteniendo tanto espacio entre los dos.
No podría haberse evitado; ahora lo sabía.
Y no me lo reprochaba. En esos momentos, me había comportado de acuerdo con los conocimientos que tenía: que yo era un dragón y él no.
Quería creer que podríamos volver al Borg y a la cama que habíamos compartido —esta vez, sin dejar en medio un abismo que nos separase— y que todo se arreglaría. Que podríamos tener una buena vida juntos.
Terminamos de comer y emprendimos la marcha. Caminábamos por entre los gruesos árboles mientras charlábamos. Algunas partes eran tan frondosas que Fell tenía que usar la espada que había confiscado para abrirnos paso a golpes entre los matorrales.
No habíamos avanzado mucho cuando Fell se detuvo en seco y ladeó la cabeza, con un movimiento que me pareció más animal que humano. También lo veía en sus ojos, en la mirada aguda, atenta y sin parpadeos que dirigía a sus alrededores, como si estuviera disponiendo una red para atrapar a su presa.
Lo miré con curiosidad.
—¿Qué ocurre?
Levantó una mano para indicarme que guardara silencio.
Esperé.
Esperé y presté atención, pero no oí nada salvo la nieve que caía sobre las ramas que crujían y el silbido del aire.
—¿El viento? —sugerí, con la voz esperanzada.
Él negó con la cabeza despacio. Se aferró bien a la espada y la sostuvo ante él.
—Eso no es el viento.
Sabía que tenía razón. Sin embargo, no había querido creerlo. No quería pensar en la posibilidad de que, después de llegar tan lejos, no lo lográramos estando ya tan cerca.
Que fuera de día, y que estuviéramos tan cerca del Borg no nos eximía del peligro que representaban los depredadores. No significaba que nosotros, que también lo éramos, estuviéramos a salvo.
Hasta los depredadores tenían sus depredadores.
Y a la magia no siempre le gustaba otra magia.
Nos quedamos muy quietos, escuchando con atención. Fell movió un brazo y deslizó la mano por mi antebrazo para entrelazar los dedos con los míos. Me dio un apretón para infundirme ánimos.
—¿Oyes eso? —Mientras lo preguntaba, se volvió para mirar al cielo, buscando con ahínco.
Seguí su mirada y busqué, temerosa, esperando ver unos dragones que se lanzaban a por nosotros a través de los árboles, como flechas mortales.
—No veo nada.
Porque no había nada. Solo estaba el cielo azul, con los penachos blancos de las nubes, que cuando volábamos eran como un beso sobre la piel.
Oí una ramita al partirse.
—Eso sí que lo he oído —susurré con una voz que de repente se había tornado ronca, seca como las brasas.
Miré a nuestro alrededor.