La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 30. Fell #4
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30. Fell #4

Pues claro que se lo había propuesto. Tamsyn era mía. Era una piroexhaladora. Era hermosa. Tres razones que bastarían para que la quisiera para él.

Me deslicé hacia el borde de la poza y la miré.

—¿Y en qué consistieron exactamente esos intentos de mi hermano por convencerte de pasar página y formar un vínculo con él?

—Oh…, esto… —Parpadeó y se puso recta de nuevo—. Solo muchas… conversaciones.

Estaba tartamudeando otra vez.

—¿Muchas conversaciones? —repetí.

Ella cogió aire de forma audible; tenía un brillo febril en la mirada.

—¿Qué quieres que te diga, Fell? ¿Que me besó? ¿Que me tocó?

—No es necesario que me digas nada. Lo supe en cuanto te toqué. —Me encogí de hombros—. En cuanto dejamos de intentar matarnos mutuamente. Lo olí en tu piel.

Ella se apartó, inhalando de golpe.

Ladeé la cabeza y enarqué una ceja.

—¿Te sorprende? Estamos conectados. Tenemos un vínculo.

Sí que la sorprendía, lo veía con claridad en sus ojos, que parpadeaban como la luz del fuego.

Yo, en cambio, no estaba sorprendido. No sabía los detalles…

No sabía con quién había estado, pero lo había detectado, había sentido que otro la había tocado, abrazado, besado. Que otro la había deseado igual que yo.

Y ahora sabía que ese otro era Vetr. Mi propio hermano. «Cabrón».

Ella estaba horrorizada. Negaba con la cabeza con ferocidad; los mechones rojos y mojados de su cuello salpicaban de gotas de agua la pared que había tras ella. Con una urgencia febril, dijo:

—Creo que voy a vomitar.

Salí del agua con un ágil movimiento y acudí junto a ella. Retrocedió hasta que se chocó con la pared de roca, hasta que no pudo alejarse más.

—Tamsyn… —la llamé con ternura, con amabilidad.

—Yo… No lo sabía. Pensaba que estabas muerto. Perdóname, Fell.

Era la viva imagen del arrepentimiento. Su hermoso rostro seguía pálido, tenso, como si estuviera luchando contra las lágrimas.

Se lo acuné con ambas manos para hablarle con sinceridad, para decirle unas palabras que salían de un lugar muy profundo dentro de mí.

—No hace falta que me pidas perdón. Te dejé sola. Y por eso te lo pido yo. Lo comprendo, y no te reprocho que hicieras lo que necesitases hacer para seguir adelante, para sobrevivir, para que tus días no fueran una mierda. Para que ahora puedas estar aquí, viva.

Me miró con una expresión de incredulidad.

—¿Lo… entiendes?

Asentí con una sonrisa mientras le acariciaba la mejilla con el pulgar.

—Pues claro que lo entiendo.

—Pero ¿cómo…?

—Porque que estés bien y a salvo me importa más que cualquier otra cosa.

Porque odiarte sería como odiarme a mí mismo.

Somos parte el uno del otro. Cuidarnos también significa aceptar y comprender.

Significa que siempre querré que hagas lo que necesites hacer para tener una vida mejor, porque eso es lo que mereces.

Me incliné y la besé.

Ella me apoyó las manos en el pecho y me apartó.

—¿De verdad? —preguntó sin aliento—. ¿Dices todo eso y luego me besas para que yo no pueda decir nada?

Me puse tenso, todos mis músculos se pusieron tensos. Di un paso atrás, poniendo algo de espacio entre los dos.

—Perdona. Habla, por favor. Di lo que tengas que decir.

Quizá tuviera razón.

Quizá hubiera querido besarla porque tenía miedo de lo que fuese a decir. O de lo que no dijera.

Presionó los dedos contra mi piel desnuda, como un gato sacando las uñas, y luego me sonrió como si guardara un doloroso secreto.

—Cuando te perdí… —empezó en voz baja—. Se me rompió el corazón. Se me rompió el espíritu. —Se encogió de hombros con indefensión—. Y entonces es cuando supe que puedes seguir viviendo aunque estés rota y…

Contuve el aliento, expectante.

—No quiero volver a perderte nunca —aseveró.

—Y nunca lo harás —le juré.

Se sonrojó y se acercó a mí para apoyar la cara en la curva de mi cuello, como si de repente se sintiera avergonzada.

—¿Y ahora qué? —murmuró con la boca pegada a mi piel. Su aliento cálido me erizaba la piel.

—Pues… supongo que deberíamos volver a casa.

—A casa —repitió con solemnidad, acariciándome de nuevo con la punta de los dedos—. ¿Y cuál es nuestra casa, Fell?

—¿Estamos de acuerdo, entonces? —pregunté, como si hubiéramos respondido a su pregunta en voz alta.

Asintió, escuchando lo que no nos habíamos dicho.

—Mañana volvemos a Penterra.

Asentí. A casa. A Penterra. Al Borg.

Tras tomar la decisión, nos quedamos en la cueva durante el día siguiente para recuperarnos de nuestras heridas, descansar, comer y estar juntos. Para disfrutar el uno del otro y recuperar el tiempo perdido. No podíamos recuperarlo todo en un solo día, pero sí podíamos intentarlo.

Podíamos empezar.

Empezar de nuevo.

Parecía que lo único que habíamos tenido ella y yo eran principios. Principios seguidos de interrupciones bruscas y desconcertantes.

Pero esta vez me juré que no habría más interrupciones. Esta vez sería distinta.

Cuando cayó la noche, ya estábamos preparados.

Nos detuvimos en la entrada de la cueva, con los pies desnudos sobre la tierra y las rocas, y alzamos los rostros hacia el beso de la profunda noche. Y entonces, con un estallido de luz, con una explosión de huesos y de piel, partimos.