La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 30. Fell #3
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30. Fell #3

—Pues eso es lo que haremos. Está decidido.

Te vuelves conmigo. —Esa era mi esperanza desde el principio—.

Expulsaremos a Stig y recuperaremos juntos nuestro hogar.

—Le acaricié un hombro de forma distraída, dejando que la caricia siguiera descendiendo ociosamente por su espalda.

Y entonces… toqué una carne nudosa y protuberante. Eso era distinto. Nuevo.

Tamsyn se quedó muy quieta.

Y yo también. Poco a poco, el horror se fue propagando por mi cuerpo.

—¿Tamsyn? —susurré. Y entonces reaccioné, le di la vuelta entre mis brazos para mirar, para verlo con mis propios ojos.

Su espalda era una pesadilla. Un paisaje de dolor en el que el sufrimiento estaba escrito en cada cicatriz entrecruzada.

Alguien la había azotado hasta dejarle la piel completamente irreconocible, hasta convertírsela en un mar de crestas y valles rosados.

Debía de haber habido mucha sangre. Me impactó que hubiera sobrevivido a una agresión como aquella.

Moví los labios, tratando de dar con palabras que comunicaran el horror y la angustia que sentía al enfrentarme a las pruebas de su dolor.

—¿Quién te hizo esto?

Ella temblaba bajo las caricias, también temblorosas, de mis dedos. Trató de apartarse de mí, de encogerse.

—Fell, no… Ya sé que son feas.

Le di la vuelta para que me mirase a los ojos, para mirarla, sujetándola con fuerza de los hombros, y, con una voz que era un áspero tormento, dije:

—No hay nada en ti que sea feo. ¿Me has entendido?

Jamás podrías ser fea. Eres fuego y luz y todo eso es belleza.

Y yo soy tuyo y tú eres mía. —Asintió con brusquedad y con los ojos muy abiertos—.

Y ahora dime: ¿quién te hizo esto? —Insistí.

Quería saber el nombre de ese al que disfrutaría asesinando de una forma lenta y agónica.

No le daría una muerte rápida. No la merecía.

Me destruía ver su dolor. Me destrozaba saber que ella también había sufrido mientras había estado sufriendo yo.

«Me trataron bien». Pues parecía que, al final, no había estado tan «bien» bajo los cuidados de la manada. «Bien» era un eufemismo de mierda, a juzgar por las condiciones en las que estaba su espalda.

—¿Fue Vetr? ¿Fue mi hermano quien te lo hizo?

Puso unos ojos como platos y negó con la cabeza con vehemencia.

—No. ¡No! ¡Vetr nunca me haría daño! Nunca haría algo así. No sería propio de él.

Y en su voz, en su entusiasta insistencia en defender a Vetr…, oí otra cosa. Algo que me hizo detenerme, que provocó que un sudor frío me bajara por la espalda.

Bajó la voz y, con más calma, explicó:

—Recordarás que antes te he dicho que vi a Stig…

Me puse tenso de repente. Asentí.

—Fue él. Quería que confesara. Quería que surgiera mi dragón, para que todo el mundo le creyera.

Aún tenso, y con los puños apretados, escuché el relato sobre la rekon y sobre todo lo que había ocurrido cuando habían partido hacia el sur.

—Así que no —concluyó—. No fue tu hermano quien me hizo esto.

—¿Estás segura? —la desafié—. Porque fue él quien dejó que se te llevaran. Él permitió que ocurriera.

Negó con la cabeza.

—No fue así.

La miré de hito en hito. El destello de un recuerdo me mostró el rostro de mi hermano.

Mi rostro. ¿Habría utilizado nuestro parecido para ganársela, para engatusarla?

¿O solo quería pensar eso porque sería mucho peor pensar que la hubiera conseguido seducir por sí mismo, que la hubiese persuadido de que era bueno y merecía la pena?

—Solo estoy seguro de una cosa —dije—. Voy a matar a Stig. Y si algún día vuelvo a encontrarme con mi hermano… A él también lo mataré.

Tamsyn empalideció.

—No —pidió en voz baja—. Es lo único que te queda. Es tu única familia.

—No —gruñí, acunando su rostro con ambas manos—. Mi familia eres tú.

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—No quiero que mates a tu propio hermano por mí. No lo soportaría.

Le acaricié las mejillas con los pulgares para tranquilizarla.

—Aunque no hubiera permitido que Stig te hiciera daño… Lo que me hizo a mí es suficiente. Me entregó al skelm en bandeja de plata, y pareció alegrarse de hacerlo. Se alegró de librarse de mí. —Aún veía su gélida mirada de escarcha. No había ni una chispa de culpa o arrepentimiento en ella.

Tamsyn puso unos ojos como platos.

—Me mintió… —Negó con la cabeza, como si no pudiese ni imaginárselo, y tomó impulso para salir de la poza.

Empezó a pasearse de un lado al otro por el borde, en pasos cortos y agitados, mientras se le llenaba el rostro de color—.

¡Me mintió! —repitió en voz baja, casi para sí misma—.

Qué estúpida he sido… —Siguió paseándose, indiferente a su desnudez, a sus movimientos bruscos—.

Estuve viviendo con ellos. Con él. Yo… le respetaba.

Dejé que… —Se interrumpió. De repente, los ojos le brillaban con una emoción a la que yo no sabía ponerle nombre.

Me miró y apartó la vista de golpe… con una expresión culpable.

Dejó que… ¿qué?

—¿Tamsyn? —la llamé con calma, aunque no sentía que hubiera ninguna suavidad en mi calma. Todo lo contrario—. ¿Qué le dejaste hacer?

Al cabo de unos instantes, cogió aire y se volvió hacia mí, con la espalda recta, a pesar de que tenía que bajar la mirada hacia el agua para mirarme.

—Casi me convenció de que pasara página…, de que te dejase atrás.

«Casi».

—No me sorprende. —Una emoción desagradable se enrollaba en mí como una serpiente. No eran celos, sino algo más oscuro… Porque estos celos me llenaban de fantasías en las que mis garras estaban cubiertas con la sangre de Vetr—. ¿Y cómo te recomendó que lo hicieras, exactamente?

Guardó silencio unos instantes y parpadeó despacio.

—Formando un nuevo vínculo. —Evitaba mirarme a los ojos. Se miraba las manos como si fueran lo más fascinante que había visto nunca—. Quería que formase un vínculo, que aceptase un nuevo compañero y contribuyese a aumentar la población de dragones. Es importante para la supervivencia de la manada.

Sentí que se me arrugaba el labio en una mueca de ira.

—¿Eso te dijo?

—Sí.

El muy cabrón. La quería a ella y había tratado de conquistarla… después de librarse de mí.

—Y deja que adivine —continué—. ¿Te sugirió que formases un vínculo con él? —Las palabras eran como piedras alojadas en mi garganta. Cerré las manos en dos fuertes puños. Tenía ganas de cargarme algo. De cargarme a Vetr.

Ella me miró a los ojos y asintió.