30. Fell #2
Yo nunca había sido de esta manera antes.
Nunca había sido esa cosa hecha de deseo y necesidad, ya fuera hombre o dragón.
Nunca había sentido esa clase de hambre y desesperación por nada.
Por nadie. Iba más allá de la obligación, el afecto o la lujuria; era algo mucho más profundo.
Algo que existía en mi tuétano palpitante.
Una cicatriz en el hueso. Cuando yo ya no estuviera en esta tierra, cuando ya no existiera mi carne, esto perduraría. Para siempre.
Solté las cosas que había traído mientras la devoraba con los ojos.
El alivio le iluminó el rostro, aunque aún veía la preocupación en su mirada.
Le preocupaba que siguiera furioso tras haberme enterado de que Stig me había arrebatado mi antigua vida, y tenía razón.
La rabia todavía no me había abandonado, seguía burbujeando bajo mi piel, ardiente…
, pero se había mezclado con las ansias con las que quería poseerla a ella.
—¡Has vuelto! —Una de esas frases innecesarias que dice la gente, pero qué satisfacción sentí al oírsela pronunciar a ella, al ver cómo le brillaban los ojos al verme. Qué satisfacción sentí al notar que Tamsyn me deseaba tanto como yo a ella. ¿Me habría mirado alguien alguna vez así?
Se apartó de la pared de rocas y se deslizó por el agua hacia mí, sin dejar de mirarme, sin que nada se le pasase por alto, sobre todo mi polla. Los ojos entre ámbar y dorado se le pusieron como platos; los iris se le derritieron al ver cómo engordaba mi miembro bajo su ardiente mirada.
Me metí en el agua sin apenas provocar ni un chapoteo y la estreché entre mis brazos.
Esto. Esto era estar en casa, y así me sentiría cuando recuperase mi lugar en las Tierras Fronterizas, cuando volviese a dormir en mi alcoba, en mi cama, en el Borg, con Tamsyn a mi lado.
Era la antítesis de la vida que había tenido el último año.
En sus brazos me sentía… rescatado. Entero.
—Te he dicho que volvería.
—¿Puedes culparme por dudarlo? —Su sonrisa se desvaneció un poco y esta vez me tocó a mí fruncir el ceño—. Parecías tan enfadado… Enfadado conmigo.
—Estaba enfadado… Y lo estoy —admití, deslizando una mano sobre su mejilla, dejándola ahí—. Pero no contigo. —Noté una punzada de culpa por haberla hecho sentir así.
Vivía lleno de arrepentimiento. Los remordimientos me habían perseguido durante todo ese año, al menos en los momentos de vigilia, antes de descender a ese vacío y que la niebla se hubiese vuelto hacia mí.
Antes de que mi magia, al no tener adónde ir, se hubiese vuelto hacia dentro y hubiese empezado a devorarme.
En la ausencia de aire, había devorado el sabor agrio y repugnante del arrepentimiento junto a mi sed de venganza.
Jamás debí haber confiado en el hermano con el que me había reencontrado.
Pensaba que sabía lo que hacía, que como guerrero estaría a la altura, que mi experiencia como la Bestia de las Tierras Fronterizas me había dado las herramientas necesarias para enfrentarme a cualquier cosa, y que podría gestionar mi llegada a los Riscos y a la manada con tanta facilidad como cualquier otra situación peligrosa y precaria.
Si hubiera sido más sabio y astuto, las Tierras Fronterizas no habrían caído en las garras del Terror.
Tendría que vivir con eso. La culpa era mía y solo mía.
—Me equivoqué —admití.
Parpadeó con las pestañas frondosas y húmedas mientras me rodeaba los hombros, mientras sus manos me acariciaban, me rozaban y calmaban la piel, como si no pudiera evitar tocarme. Como si necesitase sentirme, rozarme, acariciarme como a algo que atesoraba.
—No podías saberlo.
—Te dejé allí… y… —Solté una maldición y me adueñé de sus labios, como si besándola pudiese arreglarlo todo.
Flotó en el agua y me rodeó el cuerpo con las piernas. Nos movíamos trazando círculos lentos y lánguidos por el agua.
No me resultó difícil sumergir los dedos entre los dos y encontrarla dispuesta y deseosa, acariciarla, deslizarme en el interior de su carne resbaladiza. Me apretó los dedos con fuerza con los músculos internos, tensando los muslos alrededor de mi mano.
Hundió la cabeza en mi cuello, abrazándose a mí; gemía y jadeaba mientras la follaba con mi mano. Primero un dedo. Luego, dos. Los enrosqué en su interior, llegando bien hondo y marcando un ritmo implacable, y, mientras tanto, observé su rostro conquistado por el placer.
Se frotaba contra mis dedos, recibiendo sus embestidas.
Bajó la cabeza y me chupó el cuello, donde latía mi pulso, mientras perseguía su propio placer y se adueñaba de él, apretándose y contrayéndose a mi alrededor.
Solo cuando se desmoronó por fin y un temblor sincopado se apoderó de su cuerpo, que se estremecía contra mi piel, saqué los dedos y los sustituí por mi polla.
Ya acomodado gloriosamente en su interior, empecé a moverme, penetrándola una y otra vez hasta que volvió a ser presa del placer, hasta que su cuerpo empezó de nuevo a arquearse y retorcerse…
Nos movíamos como si fuéramos uno, juntos, envueltos en el tira y afloja de nuestra carne, que trataba de alcanzar la más dulce liberación. El agua se revolvía a nuestro alrededor mientras yo me dejaba ir, mientras canalizaba mi ira en el acto carnal.
Su cuerpo canturreaba y vibraba contra el mío; su sexo caliente y exigente se contraía contra mí.
Nos corrimos a la vez y con violencia. La cogí de los hombros y la sujeté bien mientras ambos disfrutábamos de un estallido simultáneo de placer, unidos, fundidos el uno en el otro. Su liberación era la mía, y viceversa.
Jadeante, la apoyé en el borde de la poza. Ambos nos quedamos relajados, con los miembros fláccidos. Me di la vuelta y, sin dejar de abrazarla con fuerza contra mi costado, apoyé un brazo en el borde de la poza y otro alrededor de su cintura, para que no se alejase de mí.
Pasamos unos instantes en silencio, saciados y satisfechos tras el clímax. No se oía más que el sonido de nuestros jadeos y el dulce golpeteo del agua. Cuando mi respiración se hubo acompasado, le dije:
—Dime que te trataron bien. —Tracé pequeños círculos sobre su hombro de seda—. Dime que no te hicieron daño.
Algunas veces, en los primeros días, antes de que me sumiera en el abismo, había sentido su sufrimiento, lo que no había hecho sino empeorar el mío.
Su dolor, el mío… Sensaciones muy confusas y enredadas, a menudo indistinguibles.
Pero lo peor de todo, lo que me destrozaba, incluso teniéndola ya entre mis brazos, era que no había podido estar a su lado.
No solo era impotente e incapaz de salvarme a mí mismo, sino que tampoco había podido ayudar a Tamsyn.
Cargaría con el peso de ese fracaso como una herida profunda… y eterna.
Protegerla había sido lo único que le había jurado tras nuestra boda y la consumación, durante la travesía, cuando ambos éramos personas muy distintas, que se miraban con recelo como lo hacen los desconocidos…
Obligados a estar juntos, presos de una atracción mutua, pero sin saber aún en qué nos convertiríamos el uno para el otro.
Se quedó quieta, casi sin respirar, antes de asentir.
—No tengo ninguna queja. Me trataron… bien. Me adoctrinaron, me enseñaron todo lo relacionado con los dragones. Fue… útil. Me dieron ropa y comida, y me entrenaron como si fuese una más.
«Bien».
Asentí despacio mientras reflexionaba sobre esa palabra. Apoyé la cabeza en el borde de la poza para contemplarla a través de las nubes de vapor.
—Eso está bien —respondí, cauto—. Ahora puedes enseñarme todo lo que has aprendido. —Le sonreí, a pesar de que sentía la sombra de las dudas.
Tal vez mi hermano me hubiera traicionado, pero parecía que con él había estado segura y bien cuidada.
Por mucho que me doliera admitirlo, quizá la manada había sido el mejor lugar para ella durante mi ausencia.
Era evidente que Penterra no habría sido precisamente una buena opción, con el puto Terror al mando.
Un pensamiento incómodo afloró en mi mente.
Quizá no era justo para ella que me la llevase, que la llevase conmigo al lugar sobre el que gobernaba el mismo hombre que estaba decidido a destruirla. ¿Quería venir conmigo siquiera, o lo había dado yo por hecho?
¿A quién pretendía engañar? La contemplé, fascinado con las gotitas de agua que resbalaban por su clavícula y danzaban por su pecho antes de reencontrarse con el agua caliente.
No pensaba soltarla jamás. Y Stig no seguiría mucho tiempo en este mundo.
Tamsyn estaría a salvo, porque yo iba a acabar con el puto Terror.
Se me hizo un nudo de inquietud en la garganta al ser golpeado de repente por un vago recuerdo que interrumpió mis fantasías de venganza.
Un eco suave, un susurro de una emoción, una sensación de algo que había sentido en ella cuando estaba atrapado bajo tierra.
Tamsyn… con otro. Tamsyn deseando a otro. Tamsyn formando un vínculo con otro.
Por mucho que me repeliera la idea, lo comprendía: ella pensaba que me había perdido para siempre. No podía pedirle que me esperase. No después de tanto tiempo.
Asintió con entusiasmo.
—Bueno, pues ¿qué te parece si comparto contigo ahora mismo una de las cosas que he aprendido? Quizá la más importante de todas las que he descubierto. Si te apetece oírla.
—Por supuesto. —Le ofrecí una sonrisa—. Ilumíname.
Inhaló con fuerza.
—La manada no es para mí. No puedo pasar el resto de mi vida viviendo entre ellos.
Mi hogar es Penterra, mi cometido es ayudar a sus habitantes.
Ayudar a los humanos, lo que resulta que es un grave crimen para los dragones.
Y eso no significa que rechace a mi dragona, o que no quiera también ayudar a los dragones…
Simplemente, creo que podré ayudar mejor a ambas especies desde Penterra.
Asentí despacio, reflexionando sobre su idea, dándole vueltas.