30. Fell
Fell
M e pregunté si seguía soñando, si aún estaba atrapado en ese lugar nebuloso a medio camino entre los dos mundos. A medio camino entre la vida y la muerte. A medio camino entre el humano y el dragón. A medio camino entre la realidad… y lo que no lo era.
¿Se había vuelto a retorcer mi existencia hasta adoptar una nueva forma?
¿Un nuevo aspecto lleno de sabores, texturas y colores?
¿Era real la dicha embriagadora y primaria que había sentido al hundir mi cuerpo en el de ella?
¿El delicioso tira y afloja de nuestros dos cuerpos? De Tamsyn… ¿De verdad era real?
¿Me había perdido todavía más? ¿Seguía enterrado? ¿Seguía atrapado en un ataúd? ¿En las profundidades de la tierra, sumido en mi desgracia?
Pero el vacío nunca había sido tan amable.
Nunca me había regalado tanta dicha. Nunca había sido tan dulce como tener a Tamsyn entre mis brazos bajo un cielo púrpura que se apagaba.
Allí nunca había sentido la esperanza que sentía con ella, con su mano canturreando en la mía mientras caminábamos por los Riscos, buscando un lugar donde pasar la noche.
Era eso: la dulzura, el placer embriagador, la absoluta felicidad. Eso era lo que me decía que aquello no era ningún sueño, que todo era real.
Nos cobijamos en una cueva a la que nos guio al suave olor a azufre de un arroyo de agua caliente escondido dentro de la montaña.
Y quizá también nos guio el instinto. Los dragones que habitaban en nosotros respondían a nuestro instinto inherente de supervivencia.
Seguimos un túnel que terminaba en una cueva poco profunda. El arroyo la ocupaba casi por completo, pero en la orilla había un pequeño saliente de musgo en el que podíamos sentarnos.
Sin embargo, Tamsyn no se molestó en hacerlo.
Se sumergió en las aguas cálidas con un suspiro y apoyó la cabeza en el borde, mientras el agua oscura y seductora le lamía los hombros y las curvas de la parte alta de sus pechos.
De la superficie ascendían hilos de vapor, ondulantes como humo, que danzaban ante su rostro.
Fijó esos ojos entre ámbar y dorado en mí.
—¿No quieres meterte conmigo? —Me tendió la mano—.
El agua te calmará el dolor. —Bajó la mirada hacia mi torso y mi piel, que todavía no estaba del todo bien, que todavía no se había curado completamente.
Estaba ya menos quemada, claro, pero tenía una mancha roja y brillante como la cera desde el hombro hasta la parte superior del pecho. La piel se iba reparando poco a poco.
Una chispa de culpa asomó a su mirada, a pesar de que no tenía nada por lo que sentirse culpable.
Me había quemado para salvarse, para evitar que yo la destruyera.
No se lo reprochaba. Es más…, su demostración de fuerza me llenaba de orgullo, de una emoción caliente y primaria.
Era fuerte, bella y poderosa. Y era mía.
—Sí, pero, si me meto en el agua, no haré ninguna de esas cosas de las que hemos hablado.
Ladeó la cabeza.
—¿Te vas a ir? —El temblor en su voz estaba claro. Era fuerte y poderosa, pero no estaba exenta de vulnerabilidad. No era indemne al miedo.
Me arrodillé al borde de la poza e, inclinándome hacia ella, la besé firmemente en los labios.
—Volveré. No te preocupes por eso. No pienso perderte ahora que te he encontrado de nuevo.
Se le ensombreció el rostro.
—Tengo que contarte una cosa. No voy a encontrar el momento adecuado para hacerlo, pero no puedo dejar que salgas al mundo…
—Se detuvo para respirar hondo— sin saber lo que hay ahí fuera.
Lo mucho que han cambiado las cosas. Sobre todo en Penterra.
Tienes que prepararte. Las cosas no están como las dejamos.
Apoyé mi peso en los talones. Pues claro que habrían cambiado las cosas, y sobre todo en Penterra. Aun así, me preparé para escuchar lo que me fuese a contar.
—¿Qué ha pasado?
«¿Qué ha sido de mi hogar? ¿De mi pueblo?».
Pronunció las palabras al tiempo que exhalaba un aliento tembloroso.
—Stig no está muerto.
Tardé unos instantes en entenderlo. Pensé en la última vez que había visto a ese bastardo, sangrando por lo que sin duda parecía una herida mortal.
—Lo han nombrado tu sustituto —prosiguió—. Ahora es el señor de las Tierras Fronterizas.
Inhalé con brusquedad y me puse de pie.
¿Le habían dado mis tierras? ¿Mi pueblo debía responder ante él?
Apreté las manos en dos puños. Mis garras habían reaccionado, y estaban tratando de salir.
Tamsyn negó con la cabeza y me miró con los ojos anegados en lágrimas. Con voz gruesa, llena de emoción, añadió:
—Las cosas están muy mal, Fell.
Di un paso atrás, como si pudiera poner distancia de por medio, escapar de aquella terrible verdad y de todo lo que significaba.
Tragó saliva y se esforzó por seguir hablándome.
—Lo llaman el Terror de las Tierras Fronterizas. Lo vi, Fell. Está… distinto. Está obsesionado con los dragones. Conmigo. Está decidido a que todo el mundo sepa lo que soy.
—No —repliqué con brusquedad—. Siempre fue así. —Siempre fue el Terror. Solo que ella no se había dado cuenta.
Ella asintió despacio.
—Se ha casado con Alise, mi hermana…
—Y eso le deja el camino despejado hacia la Corona —respondí con aire sombrío. El puto Terror de las Tierras Fronterizas, casado con una princesa. No. Eso no podía quedar así. Acabaría con él.
Ella asintió, observándome con atención.
—El señor de las Tierras Fronterizas sigo siendo yo.
—Fell… —Alargó una mano hacia mí.
Me alejé del agua —de ella— y frunció el ceño. Pero en ese momento no quería que me tocase. No mientras la furia resonaba por todo mi cuerpo.
—Lo mataré. Recuperaré mis tierras. Esta vez no me pararás.
Hizo una mueca y supe que la había herido, que sentía que la culpaba a ella. Pero no podía detenerme a consolarla. Estaba demasiado lleno de una ira que asolaba mi interior como un torbellino. Necesitaba dirigirla hacia otra parte.
—Volveré —gruñí.
Di media vuelta y me fui, sin hacerle caso cuando me llamó. Intenté no sentirme como si estuviera dejando atrás una parte de mí…, una parte de mí que apenas acababa de recuperar.
Eché a correr, dejando que la furia me guiase, que mis piernas se trabajasen con ahínco, y me lancé desde la entrada de la cueva, moviendo velozmente los brazos y las piernas.
Mi cuerpo humano saltó hacia el cielo y me transformé mientras surcaba los aires.
Me elevé en el cielo, atrapado entre el viento y la neblina fresca. Me volví y atravesé el cielo nocturno batiendo las alas con rapidez, con una urgencia que me alimentaba, que me daba un nuevo propósito.
Debía recuperar mi hogar. Debía arrancarlo de las garras del enemigo. La sed de sangre fluía en mi interior, me hacía incapaz de ver nada más allá de eso.
Cuando no hacía ni media hora que me había ido, me di cuenta de que dejar a Tamsyn me había causado un dolor físico real.
Era demasiado pronto. La «x» en el centro de la palma de mi mano crepitaba y sufría pequeños estallidos, me dolía como una herida nueva, anhelante por sentir el alivio que había hallado al reencontrarse con ella.
Tiraba de mí hacia la dirección de la que había venido, pero resistí contra sus exigencias y continué.
Admití a regañadientes que debería habérmela llevado conmigo.
Pero ahora ya no podía cambiarlo, así que me di prisa, aceleré y giré en el cielo vaporoso hasta llegar de nuevo al sitio en el que había tenido lugar mi desentierro.
Aterricé. Los cuerpos de los muertos seguían allí, pudriéndose en la nieve. Los cadáveres no tardarían en quedar enterrados bajo el impoluto blanco, y entonces no habría pruebas de la masacre que yo había cometido.
Lo recordaba borroso. Atisbos de recuerdos. Gritos y sangre y el ruido de los cuerpos al romperse. Y todo lo había hecho yo.
Aquello me despertaba un conflicto interno.
Había cometido una brutalidad, pero había sido era necesaria.
La vida de Tamsyn había dependido de ello.
Además, eran soldados de Veturlandia. En mi vieja vida había luchado múltiples veces contra muchos de ellos.
Si ahora eran mis garras las que hacían que la muerte cayera sobre ellos, ¿qué diferencia había?
En cualquier caso, eran mis enemigos. Habían sido enemigos en mi antigua vida y también lo eran en esta.
Sus caballos se habían marchado. Probablemente, habrían vuelto hacia el hogar que conocían, en el norte, pero varios de los morrales que cargaban en las monturas habían caído en el combate y estaban desperdigados por el suelo.
Cogí todo lo que pudiera resultarnos útil. Ropa, armas, comida y algunas otras provisiones, pero sobre todo ropa. No podíamos ir por ahí desnudos.
Sujetando los morrales por las cuerdas, me lancé al aire de la noche, ansioso por volver a verla, por posar de nuevo mis ojos sobre ella y cerciorarme de que estuviera a salvo. A salvo y conmigo.
La oscuridad no me presentaba dificultad alguna.
Aunque veía más nítido cuando mi dragón tenía las riendas, podría haber encontrado el camino de vuelta con los ojos cerrados, guiándome solo por el instinto si era preciso.
La marca palpitante de mi mano aumentaba su temperatura, latía más rápido y vibraba con una energía casi eléctrica.
Era como un rayo sobre mi piel, más poderoso cuanto más cerca estaba de ella.
Para cuando llegué a la cueva, ya estaba encendido, abrumado, tembloroso de tanta necesidad, de tanta avidez. Incluso me dolía el cuerpo, que se castigaba a sí mismo por haberse atrevido a abandonarla. Mi compañera.
Mía.
Cualquiera habría pensado que era yo el piroexhalador por cómo ardía por ella, en lugar de una criatura que generaba fría niebla.
Cuando llegué, seguía en el agua. Mi pecho subía y bajaba, jadeante; me sentía como el animal que había sido hasta hacía apenas unos instantes. El animal que sería siempre.
Estaba consumido y sin aliento, pero nada tenía que ver con el cansancio, sino con la necesidad, con mi urgencia por volver a verla, sentirla, tocarla, saborearla…, por enterrarme en ella.