La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 29. Tamsyn #2
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29. Tamsyn #2

Me cogió de la mano y la bajó para ponerla en nuestros cuerpos y que así pudiera comprobar lo dura que la tenía, las ganas que tenía.

Su miembro saltó hacia mis dedos, que lo acogieron con entusiasmo.

Agachó la cabeza de nuevo hacia mis pechos y volvió a devorarlos con labios hambrientos, y yo… me olvidé de todo lo demás.

Todo mi mundo era su boca y sus manos y su polla.

Soltó un gemido y embistió entre mis dedos dispuestos; qué sensación tan enriquecedora, tan deliciosa. Lo apreté y acaricié mientras él seguía lamiendo, besando y mordisqueando mi carne, y me deleité con sus jadeos. Con él. Con Fell, que estaba allí, conmigo.

—Tamsyn… —consiguió decir con voz entrecortada.

Ya no podía soportarlo más.

Había esperado suficiente.

Solté su miembro para agarrarlo del pelo con ambas manos y subirlo hacia mí, y así adueñarme de sus labios otra vez.

Aquello no eran besos. Era un festín. Una furia. Un frenesí. Una celebración para nuestros labios.

—Fell —gruñí en su boca mientras le tiraba del pelo. Una exigencia.

Y él respondió a ella empujándome con las caderas y penetrando mi húmedo calor de una sola embestida.

Dejé caer la cabeza con un grito, perdiéndome en la maravillosa sensación de tenerlo dentro, de que su miembro palpitante me dilatara, me llenara por completo.

Él me rodeó con los brazos y me atrajo hacia sí, y nos quedamos así unos instantes, abrazados, disfrutando simplemente de la gloriosa cercanía, de nuestra unión, de su polla enterrada bien dentro de mí.

Hasta que ya no fuimos capaces de seguir quietos. Hasta que tuvimos que movernos.

Él balanceó las caderas, moviéndose en mi interior, cada vez más rápido. La fricción iba aumentando y calentándonos. Yo gemía y balbuceaba palabras sin sentido.

Desatada, me aparté para empujarlo y ponerlo debajo de mí. Apoyé las manos en su pecho y, montándome en él a horcajadas, descendí sobre su cuerpo para meterme su largo miembro con un gemido exultante.

Mi pelo caía sobre él como una cortina mientras lo cabalgaba a un ritmo furioso, colocando las caderas de un modo concreto para que el impacto de sus embestidas acertara en un punto exacto dentro de mí, un punto invisible que me hacía temblar, gimotear y convulsionar.

Él me apartó el pelo de la cara; me miraba intensamente a los ojos entre sus largos y ardientes besos.

—Muy bien —me animó, acariciándome los labios con el aliento caliente y mirándome con deseo—. Así, cariño. Déjate ir.

Y entonces estallé, gritando en su boca.

Él se tragó mis gemidos, se los bebió, los engulló.

Me derrumbé sobre él mientras mi cuerpo sufría las sacudidas posteriores al placer, agotada.

Pero él no había terminado: a pesar de estar debajo de mí, seguía alzando las caderas y embistiéndome, una vez tras otra, hasta que un áspero grito indicó que había llegado al clímax. Luego se quedó fláccido, blando.

Yo tampoco podía moverme, tirada sobre él tan floja como si no tuviera huesos. Disfrutaba del calor de su cuerpo, de la firme presión de su pecho bajo mi mejilla, de escuchar, por fin, los latidos de su corazón junto a mi oído.

Al cabo de un buen rato, aún disfrutando de los ecos de nuestra unión, empecé a moverme.

—Soñaba con esto en la oscuridad. Contigo. Cuando el mundo se desvanecía y me perdía a mí mismo, era a ti a quien me aferraba… —Su voz se suavizó, convirtiéndose en algo oscuro y doliente, y me di cuenta de que jamás comprendería del todo lo mucho que había sufrido.

Me apoyó una mano en la nuca en una caricia con la que me atrajo más hacia sí, y lo sentí entonces: el brinco de la palma de su mano, que reaccionaba a encontrarse con mi piel; hasta lo más profundo de sus huesos trataba de alcanzarme—.

En esos primeros días, o semanas… —Se encogió de hombros—.

No sé cuánto tiempo pasó. Solo podía pensar en que tú estabas allí, con Vetr y los demás.

Me aterrorizaba lo que pudieran hacerte.

Fantaseaba con salir de ese agujero y volver a verte… y con matarlo.

No me hizo falta preguntarle a quién se refería.

Cerré los ojos con fuerza mientras lo pensaba: Fell, enterrado bajo tierra sin nada más que el tormento de sus pensamientos, su preocupación por mí, su sed de venganza.

—Lo siento —susurré, presionando mi palma cantarina contra su piel. Necesitaba el contacto, la afirmación física de que estaba conmigo.

—¿Cuánto tiempo he estado ahí abajo?

Cerré los ojos, desolada al saber que la respuesta no mejoraría nada. Lo ignoraba totalmente, no tenía ni idea de cuánto tiempo había permanecido encerrado. Había perdido la conciencia del tiempo…, junto la de todo lo demás.

—Un poco más de un año —confesé. Era incapaz de mentirle.

No contestó. Me arriesgué a mirarlo. Estaba mirando al frente, con la vista perdida en la inmensidad del cielo.

Y había sombras en sus ojos…, espectros que danzaban sobre sus iris de hielo.

Ya no estaba solo él. Era como si se hubiese traído algo más de ese lugar en el que había estado, de ese abismo oscuro y profundo al que había ido cuando el svefn lo había expulsado.

Una verdadera bestia campaba bajo su piel.

Ya no era el mismo de hacía un año. Era aún más brutal si era posible, había un hambre despiadada que daba vueltas en su interior y que yo sentía.

Era comprensible. Aquello dejaría cicatrices, de las que se forman bajo la superficie, de las que no son visibles, pero igual de eternas.

—¿Fell? —susurré. Él parpadeó para mirarme, despertando del ensoñamiento oscuro que lo tenía preso—. Perdóname —le dije con dolorosa sinceridad.

Él frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Por no haberte encontrado antes.

—Pero me has encontrado. —Me acarició la cabeza y yo exhalé un suspiro que sentía que llevaba demasiado tiempo atrapado en mi interior—.

Podría haber perdido mucho más que un año.

Podría haberme perdido para siempre, pero viniste tú y ahora soy libre.

—Unas duras líneas aparecieron a los lados de su boca—.

Libre para acabar con quien se lo merece.

Me estremecí. Se refería a su hermano, por supuesto. Se me encogió el estómago de pensarlo.

Me confundía. Vetr no había obrado bien, pero yo no quería verlo muerto.

Seguía siendo el mismo que había estado a mi lado durante semanas, cuando estuve en cama, en la enfermería.

No quería ver a los dos hermanos tratando de arrancarse la yugular.

No quería que solo quedara uno de los dos.

Ambos debían vivir. Ambos traían cosas buenas a un mundo que lo necesitaba mucho.

Lo besé en el pecho, justo debajo de la quemadura, como si pudiera hacer que mi ternura se filtrase en su piel. Luego llevé la mano al mismo punto donde lo había besado; la cálida vibración del centro de la palma de mi mano era un consuelo que necesitaba tanto como respirar.

—Un año… —repitió con voz grave—. Tenemos muchas cosas que contarnos. Quiero saberlo todo… sobre mi hermano y sobre la manada. Quiero saber cuánto tiempo pasaste allí y cómo escapaste. ¿Qué noticias tienes de nuestra casa?

Pues claro que le preocupaba Penterra. Para él, seguía siendo su hogar. Sabía que le importaría lo que hubiera ocurrido, porque a mí también me importaba.

Asentí. Me abrumaba pensar en todo lo que tenía que contarle. Las noticias de Penterra, de Stig, del Borg… Más cosas que removerían los espectros que nadaban en su mirada, que alimentarían a la bestia que habitaba en él.

—Te lo contaré todo. —No me quedaba otra elección. Tenía que saberlo, por mucho que yo temiera que llegase ese momento.

—Deberíamos buscar cobijo. No tardará en hacerse noche.

—Y ropa, quizá —sugerí.

Él asintió y me ayudó a ponerme de pie. Nos miramos de arriba abajo, evaluándonos.

—Debo de estar espantosa —comenté, mientras me tocaba con manos temblorosas el pelo enredado y la cara, donde tenía sangre seca en la frente. Necesitábamos encontrar cobijo, comida y ropa limpia. Necesitábamos tiempo para que se curasen nuestras heridas.

Me rodeó la cintura con un brazo y me empujó contra él.

—Si con espantosa te refieres a espantosamente bella, entonces sí.

Me sonrojé y le acaricié la mejilla.

—Todavía no me puedo creer que seas real. ¡Y estás aquí, conmigo! —El alivio y la felicidad se mezclaban con cierto recelo, con una inquietud que me decía que aquello no podía durar, no en esta vida, que tan empeñada estaba en arrebatármelo todo.

Me cogió de la mano y me la besó.

—Ya te acostumbrarás.

Dudaba que me acostumbrase nunca, pero no quise ser la voz que explotase la pequeña burbuja de placer de nuestro reencuentro, así que dije:

—Vamos.

Mi tiempo en los Riscos me había enseñado que en aquellas montañas había mucho que temer…

Y que no todos sus peligros se podían vencer tan fácilmente como un grupo de guerreros desprevenidos de Veturlandia.

Y esos peligros —criaturas que eran mágicas, que estaban preparadas para enfrentarse a la amenaza de los dragones— preferían el manto que la noche les ofrecía para ocultarse.

Cogiéndome con fuerza de la mano, Fell emprendió la marcha.