29. Tamsyn
Tamsyn
S e abalanzó sobre mí como una tempestad, salvaje y rugiente.
Sus garras se cernían sobre mí, y sus jadeos entrecortados colmaban el espacio que había entre nosotros.
Abrí la boca, a sabiendas de que lanzarle mi fuego siempre era una opción.
Podía dejar que mis llamas lo conquistaran todo, podía quemarlo hasta que de él no quedaran más que un montón de escombros carbonizados. Hasta que fuera imposible que se recuperase.
Solo que no era capaz de hacerlo.
Un acto así me mataría a mí tanto como lo mataría a él.
Ya había llegado hasta mí. Exhalé, rindiéndome ante él, y mi cuerpo se derrumbó y se tornó fláccido. Alcé la vista para mirarlo.
Y él agachó el rostro, preparando la boca para acercarla a mi cuello expuesto; enseñó los dientes al ver esa carne vulnerable y rugió, preparado para acabar conmigo.
Todo había terminado.
No me había reconocido.
—Adelante —susurré.
Algo centelleó en sus ojos. Era una chispa de furia, de frustración…, un cambio sombrío en las profundidades gélidas de su mirada. Gruñó y me empujó, instándome a reaccionar, a moverme.
Pero yo no reaccioné. Me empujó con saña de nuevo, perplejo ante mi negativa a luchar, ante mi rendición.
—Hazlo —le pedí, con la voz rota e inexpresiva, frágil como un hilo.
Ladeó la cabeza bruscamente al oír mi voz.
Su dragón no sabía qué hacer con eso. Conmigo.
Era un oponente a su altura, quizá mejor, incluso, con mis habilidades, pero en ese momento ya no era capaz de resistirme, ya no era capaz de luchar.
No exhalaría mi fuego. Estaba derrotada en todos los sentidos: me había vencido.
Exhalé, temblorosa.
—Tú ganas.
Dudó solo un instante más antes de bajar hacia mí su enorme cabeza, golpeándome la barbilla con el filo de su gola de pinchos. Su aliento cálido acarició mi cuello expuesto. Mi ofrenda.
Cerré los ojos y respiré. Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé. Estaba preparada. Esperaba que no me doliera, porque todo mi cuerpo era un gran hematoma palpitante. Al menos eso detendría el dolor. Pronto, el sufrimiento habría terminado. Ya no habría nada.
Él inhaló y me olisqueó la piel.
—¿A qué esperas? ¡Hazlo de una vez! —le pedí con voz ronca. Las palabras me hicieron daño en la garganta en carne viva.
La siguiente exhalación temblorosa fue suya…, seguida de un largo gemido que se retorció hasta convertirse en algo nuevo, diferente, algo que no había oído de él desde su desenterramiento.
Todos los sonidos que había emitido desde que había salido de su tumba habían nacido de la brutalidad. De la agresividad. Aquello era distinto… Era suave, tierno. Roto.
Humano.
Un peso cayó sobre mí; sentí una presión sobre mi cuello. Tardé unos instantes en darme cuenta de que no era la muerte clavándome sus dientes, no eran unos colmillos que despedazaban mi garganta.
Busqué en mi interior y comprendí que no sentía ningún dolor más allá del que me había causado nuestro furioso combate.
Abrí los ojos, bajé la vista… y ahogué un grito.
La muerte no había llegado a mi garganta. No había colmillos que quisieran clavarse en mi cuello, no había ningún dragón.
No había ningún dragón.
Su descomunal cuerpo plateado había desaparecido. El Fell humano estaba tirado sobre mí, y me agarraba con manos temblorosas, flexionando los largos dedos sobre mi piel de dragón, como si no supiese si acercarme a él o apartarme.
Exhalé y me permití ir, dejando que mi cuerpo se deshiciera, se relajara, se destensara y volviera…
A mí.
Alcé una mano y observé los dedos que tan bien conocía. La palma de mi mano volvía a vibrar, a palpitar. La «x» había cobrado vida.
Nuestro vínculo había vuelto con toda su fuerza.
—¡Fell! —lo llamé con la voz entrecortada, deslizando la mano entre sus mechones de pelo plateado.
Tal vez el color fuese otro, tal vez ya no tuviese aquella melena tan negra como las plumas de un cuervo, pero la sensación al acariciarla era la misma.
Mechones gruesos y sedosos que se derramaban sobre mi piel.
Le arañé el cuero cabelludo, arrancándole un maravilloso suspiro gutural.
Se apartó y me miró con el rostro que conocía, y en él vi todas las diferencias que amaba, todos los matices que lo distinguían de su hermano: los grabados de tinta que bajaban por su cuello, la nariz recta y afilada como una hoja, los labios injustamente jugosos, anchos y con un labio inferior carnoso que recordaba íntimamente, esa mirada invernal que me dejaba sin respiración y que era como ese fuego que ardía perpetuamente, sin cesar, dentro de mí.
Solo que el fuego gélido de esos ojos ardía por mí.
—Eres tú —dije, aunque no fuese necesario, mientras lo devoraba con la mirada.
Él me contemplaba con la conciencia de sí mismo, y de mí, escrita en los ojos, más ardientes aún que el calor que burbujeaba en mi interior.
La esperanza repentina que se había henchido en mi pecho me pareció peligrosa.
Quizá, en realidad, estaba muerta. Quizá sí me había desgarrado la garganta, al final, quizá me había matado, y aquello era una especie de vida después de la muerte en la que estaba viviendo un sueño hermoso, una fantasía donde yo era yo y él era él y estábamos juntos, sin ninguna de todas esas amenazas que habían pendido siempre sobre nuestras cabezas, sin los horribles engaños y los secretos terribles y lo desconocido y aterrador que marchaba hacia nosotros, implacable y constante.
Me cogió la mano, la apartó de su pelo y la examinó un instante, deteniéndose en cada dedo, en cada nudillo, en la muñeca, como si fuese algo precioso que despertaba su curiosidad, y luego la reclamó para sí y entrelazó sus largos dedos con los míos.
Juntó nuestras palmas y nuestros corazones latieron al mismo ritmo, no como uno solo, sino como dos, al unísono, presionando contra nuestra piel, brincando y saltando, ansiosos por fundirse el uno en el otro.
Fue un momento fugaz que, sin embargo, se alargó y se alargó. Las barreras habían desaparecido, todo lo que nos había separado en el pasado, en Penterra, había quedado olvidado. Esas cosas tan pequeñas e insignificantes ya no existían allí.
Moví la otra mano enseguida, buscando su rostro, y la presioné contra su mejilla.
Hacía tanto tiempo que no nos tocábamos… Desde…
Él cerró los ojos y se volvió hacia mi mano para besarla con fervor. Sacó la lengua para lamerla, y luego me mordió la palma.
Se me puso la carne de gallina. Me estremecí y contuve un sollozo al abandonarme a él, aunque solo fuese un sueño.
—Tamsyn… —Susurró mi nombre como si de una bendición se tratase, y sentí que un trueno me atravesaba.
Su voz, por fin, después de tanto tiempo.
Mi nombre vivo en sus labios. Ya no era un recuerdo.
Ya no era solo la comunión de nuestro vínculo.
No era un sueño. Éramos nosotros dos y estábamos juntos, carne contra carne.
Levantó la cabeza para abalanzarse sobre mi boca y yo acudí a su encuentro. Nuestros labios colisionaron con fuerza, apareándose, fusionándose. Pero no era suficiente. Era un mero preámbulo.
Ya estábamos desnudos. Ya no sentía ni el dolor de las heridas de mi cuerpo magullado, de cuando habíamos intentado matarnos hacía escasos momentos. Si él sentía las suyas, tampoco daba muestras de ello mientras se arrastraba sobre mi cuerpo, hacia mi boca.
Nos besamos hasta hartarnos, con besos furiosos de bocas abiertas en los que entrelazábamos nuestras lenguas, en los que chocábamos los dientes.
Le enredé los dedos en el pelo y tiré fuerte de los mechones plateados, arqueando la espalda y retorciéndome bajo su peso.
Él se deslizó por mi cuerpo besándome el cuello, e hizo una pausa al ver mis dos collares: el suyo y el mío. Acercó una mano temblorosa al ópalo y lo acarició para asegurarse de que fuese real. Tan real como lo era yo.
Me lo quité a toda prisa y se lo puse a él.
—Ya está. Ahí es donde tiene que estar.
Él bajó la vista para mirarlo y acarició el ópalo negro casi con reverencia. Luego me miró a mí, mis ojos, mis labios, y la intensidad de sus iris me paró el corazón.
—Y tú… —gruñó. Deslizó las manos bajo mis muslos, los agarró y me los abrió para colocarse entre ellos. Bajó una mano, me la puso detrás de la rodilla y se rodeó con mi pierna para dejarme abierta, blanda y vulnerable contra el duro roce de su polla—. Aquí es donde tienes que estar.
Gimoteé complacida, emocionada, y me froté contra él, sin aliento, anhelante y completamente preparada para recibirlo.
Llevaba semanas, meses, preparada.
Y, sin embargo, esperó.
Me recorrió el cuerpo con los dedos, acariciando la piel sensible entre mis pechos, siguiendo sus curvas por abajo y por los lados y luego moviéndose en círculos hacia dentro, cada vez más y más cerca, hasta que me rozó el pezón.
Gemí con los dientes apretados y arqueé la espalda. Él me recompensó pellizcándomelo, acariciándome la punta con dos dedos. Llevé una mano a su hombro y le clavé los dedos, aferrándome a él.
Pero pegué un grito al notar la piel quemada y pegajosa, y aparté la mano a toda prisa.
—¡La piel! Fell…, ¡te he quemado!
Pero él acercó los labios a mi pecho y enterró mi pezón en la cálida cueva de su boca, devorándome, concentrado en mí. A pesar de lo preocupada que estaba por él, ahogué un grito al recibir el calor de su boca, al abandonarme al ardiente placer.
—Ni lo siento —respondió, casi sin despegar la boca del pezón engrosado, y luego continuó chupándomelo como si fuera una cuestión de vida o muerte.
Enredé las manos en su pelo; me estaba dando tanto placer que se me retorcían las entrañas y se me nublaba la vista.
—¿Será porque te he quemado hasta el hueso y has perdido la capacidad de sentir?
—conseguí decir entre jadeos. Mi preocupación por él competía con las sensaciones maravillosas y abrumadoras que me estaba regalando su boca.
Arqueé la espalda y grité cuando me arañó el pezón con los dientes, provocando que las sensaciones me atravesaran como un rayo.
—Me corrijo…, siento muchísimas cosas. —Rotó las caderas para frotar la polla contra mi sexo anhelante—. Pero ninguna es dolor.