28. Fell
FELL
N o conocía a esa criatura.
Estaba tratando de acabar con ella, pero esa cosa no era fácil de matar.
La niebla me decía que lo hiciera: la neblina que me había acompañado en la oscuridad, la que me había abrazado cuando no había nada más. Esa bruma que me rodeaba, mi defensora constante, mi única compañera en el vacío. Una amiga en la oscuridad. La voz en mis oídos.
Había hablado con ella, me había aferrado a ella, y ella me había contestado. La había escuchado mientras me hablaba en susurros sobre castigo y venganza. Justicia para mis agravios. Un bálsamo para mis heridas eternas.
Y ahora esa criatura me seguía, me daba caza…, me había obligado a bajar al suelo y me atacaba con fuego en los ojos.
Tenía que destruirla antes de que me destruyera a mí. Lo sabía.
Alcé una garra sobre ella, preparado para matarla…
Y entonces la boca de la criatura —la boca de ella— se movió, y esos labios formaron sonidos, palabras… y algo cedió, algo se desmoronó en mi interior como caen los guijarros por la ladera de una montaña. Giré el cuello y contemplé los Riscos vigilantes que se erigían a ambos lados.
No era una cosa.
Era ella.
Y su boca hermosa.
Sacudí la cabeza con fuerza, luchando contra aquel destello de conciencia, resistiéndome al hilo de ternura y a la pujante sensación de que algo no andaba bien…
Bajé la guardia y miré el cuerpo roto que había tirado en el suelo. A ella. Y unos ojos de fuego me miraron. Era el mismo fuego que me había quemado. El que me había derretido la piel y la carne de los huesos.
Entonces lo vi —lo oí—: el eco de un recuerdo, el sonido de la tierra al caer encima de la caja. Encima del ataúd.
La miré con los ojos entornados. Aparté ese recuerdo y asocié a ella ese viejo terror. Asocié a ella todo mi dolor. Lo vertí sobre ella.
La neblina oscura me rodeó y susurró: «Hazle daño o ella te lo hará a ti».
Era libre, pero no lo sería del todo mientras quienes me habían encarcelado siguieran vivos. Unos ojos plateados asomaron a mi mente, unos ojos conocidos y desleales. Noté el sabor de la traición en la lengua, agrio, podrido.
Ella volvió a mover los labios. Sus palabras tomaron forma y resonaron en el aire.
«Fell, por favor…».
Me estremecí. Era un truco. Ella era un truco.
Un movimiento, un destello en su cuello. Bajé la vista hacia la piel de fuego dorado… y la detuve en la gema que tenía allí colgada, una miríada de colores frente a una noche negra. La miré a los ojos y algo se rompió dentro de mí.
Solté un rugido, bajé la cabeza y acerqué mis colmillos a su cuello.