27. Tamsyn #2
Lo vislumbré a través de un hueco en las nubes: sus alas perladas resplandecían en el aire vaporoso.
Debió de verme, o de sentir que iba tras él, porque se volvió para mirarme y sus ojos de dragón se clavaron en mí.
Las pupilas verticales temblaron peligrosamente una fracción de segundo, tras la que miró de nuevo al frente.
Batió las alas con más fuerza y se adelantó, sumergiéndose bajo la protección de las nubes.
Me había visto, no me cabía duda, pero desapareció de mi vista de todos modos.
De repente, las nubes se hicieron más densas, se hincharon y se intensificaron alrededor de él y también de mí, de un modo que, decididamente, no era obra de la naturaleza.
Lo estaba haciendo él. Estaba usando su talento de ocultador.
Quizá hubiese estado enterrado en un agujero y no hubiese podido entrenar como había hecho yo, ni perfeccionar sus habilidades, pero había nacido para hacerlo, aunque hubiese pasado una vida entera ajeno a la verdad.
Quizá se hubiera olvidado de sí mismo, quizá se hubiera olvidado de mí, pero, al parecer, no había olvidado a su dragón.
Aquello era innato, más fuerte que todo lo demás.
Su dragón estaba del todo consciente, despierto, alerta. Tenía el control.
Había perdido su conexión conmigo, pero no eso. No ese instinto. No ese poder animal y crudo que vibraba en sus venas igual que la sangre.
La niebla estaba ya por todas partes. Ralenticé el vuelo, engullida por las nubes y cegada por la neblina densa y fría: no veía nada más allá de mis zarpas. Él estaba desaparecido entre la niebla.
—¿Fell? —Me detuve y me quedé flotando en el aire grueso y blanco como leche fría.
Giré en círculos, tratando de ver algo mientras mis alas seguían moviéndose en el aire denso para mantenerme a flote, con la esperanza de atisbar alguna grieta en la neblina, algún movimiento, algún destello de él en algún lugar del miasma. No veía nada más allá de…
Vi un destello borroso y fugaz a mi derecha y, de repente, algo me embistió. El golpe me echó la cabeza salvajemente hacia atrás y salí despedida dando vueltas por los aires. Mi cuerpo giraba con violencia por culpa del impacto, como un torbellino, fuera de control.
Y de repente me detuve porque algo me agarró. Se me pegaron las alas a los lados al rodearme el cuerpo unos brazos duros y unas garras afiladas.
Con un rugido, me resistí, pataleé y arañé.
Pero los brazos siguieron apretujándome, estrujándome, aplastándome con tanta fuerza que sentí cómo se me rompía uno de los tendones del ala.
Bajé la cabeza de forma automática para morderlo y le hundí los colmillos en su dura piel de dragón.
Su aullido resonó en mis oídos, mezclándose con el estridente silbido del viento, y el sabor metálico de su sangre me cubrió los dientes.
Sin embargo, no me soltó, seguía inmovilizándome…
, así que yo tampoco aflojé. Apreté la mandíbula, clavándole más los colmillos en la carne de su hombro.
Entonces me dio un cabezazo para conseguir que lo soltase, y uno de los afilados pinchos de su gola me arañó la cara.
Chillé, sobresaltada, cuando el dolor abrasador del corte se propagó por mi piel y la sangre me goteó en los ojos.
No me lo había clavado en la sien por apenas un par de centímetros. La herida habría sido mortal.
Fell y yo estábamos atrapados en una vorágine de viento ululante y violenta lucha, pegados, enredados, dando vueltas en el aire. Ya no estábamos volando.
Caíamos.
Nos desplomábamos.
Bajábamos en picado hacia la tierra, atrapando el uno las alas del otro.
Descendimos dando vueltas hacia las frondosas copas de los árboles, verdes con motas blancas de nieve, luchando el uno contra el otro. Luchando contra la vida. A él le daba igual. No me soltaba.
Chillé, pero el estruendoso viento se tragó el sonido. Chillé, chillé y chillé.
Chillé hasta dejarme la garganta en carne viva. Allí terminaba todo. Kerstin ya me lo había advertido. Ya me había dicho que me mataría.
Me enfrenté a esa mirada gélida como la muerte, desesperada y con el corazón sangrando, y traté de llegar hasta él mediante la conexión que antes había habido entre nosotros, pero que ahora nos había fallado. Sin embargo, quien me devolvía la mirada era una bestia.
No era Fell. Fell no estaba allí.
Moví la cabeza para mirar los árboles, que se acercaban a una velocidad vertiginosa.
«No. No. ¡No!».
Si no hacía algo, nos estrellaríamos. Tenía que hacerlo. Tenía que hacer lo que sabía hacer.
El fuego se me acumuló en el pecho y trepó por mi garganta convertido en un remolino de chispas y ascuas y ceniza. Con un aullido de angustia, abrí la boca y lo dejé ir.
Estalló de mis labios en un torrente de llamas que, alimentadas por el viento y la desesperación, devoraron su carne. Y, con un grito, me soltó.
Desplegué las alas de golpe, luchando contra el tendón roto de una de ellas. Ignoré el dolor y la obligué a moverse, a funcionar. Como las enormes velas de un barco, me suspendieron en el aire, izándome un instante antes de que me estampara contra el suelo.
Aterricé entre resuellos y sollozos. No fue un buen aterrizaje, pero tampoco nada que pudiera romperme.
Clavé las garras en la tierra cubierta de nieve y miré a mi alrededor. Lo descubrí no muy lejos de mí, en el suelo, hecho un ovillo roto del que ascendían nubes de humo que se mezclaban con la niebla, que campaba a sus anchas por el aire.
Me acerqué a él y alargué un brazo, dudando solo un instante antes de acariciar el suyo. Lo puse boca arriba para evaluar los daños, con el estómago en un puño de terror, temerosa de lo que encontraría… De lo que le habría hecho.
Tenía los ojos casi fuera de sus órbitas del dolor, y miraba hacia todas partes. Sufría graves quemaduras en el hombro y el pecho; la carne se le desprendía hecha pedazos, carbonizada.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Contuve un sollozo y, negando con la cabeza, exclamé:
—¡No, Fell! ¡No! Lo siento, lo siento mucho, lo…
Pero se abalanzó contra mí. Me embistió y salí despedida hacia atrás.
Me estampé contra un árbol, y su tronco me detuvo con una fuerza brutal. El aturdimiento me impidió moverme durante unos instantes; tenía la vista nublada y la cabeza fláccida, caída.
Aquello no era como los ataques que había sufrido en la arena. Comparado con esto, aquellos entrenamientos habían sido un juego de niños. La realidad de una batalla era mucho peor.
Cuando mi visión se volvió a centrar, lo descubrí encima de mí con las garras preparadas para asestarme un zarpazo letal. Me aparté justo a tiempo, esquivando el brutal golpe por los pelos, y le di una fuerte patada en el estómago.
Él se dobló hacia delante del impacto, pero enseguida levantó la cabeza y rugió, enseñándome los colmillos. Volvió a tratar de embestirme, pero yo me elevé y me valí de mis alas para apartarme de su camino. Lo esquivé y lo rodeé, apenas rozando el suelo con las garras traseras.
Y, sin embargo, enseguida me atrapó y me arrastró contra el suelo.
—Fell —jadeé, suplicante, mientras apartaba la cabeza para evitar su mordisco—. ¡Fell, por favor!
Nos estábamos matando.
Solo uno de nosotros sobreviviría a aquella batalla.
Exhausta, dolorida, rodé por el suelo y me forcé a levantarme, clavando las garras en una mezcla de barro y nieve. Mis alas colgaban fláccidas a mi lado; me hacían de escudo, pero no me ofrecían ninguna protección real.
Nada tenía sentido. Kerstin tenía razón y yo era una estúpida. Fell me iba a matar.
Jadeando, lanzó su cuerpo gigantesco hacia mí, arañando la tierra a su paso de forma lenta y amenazante en su empeño en acabar conmigo. No se detendría. No se detendría nunca.