27. Tamsyn
Tamsyn
E staba perdido. Y, sin embargo, no lo estaba.
Ya no estaba perdido de igual modo que antes, cuando mi esperanza era una cosa muerta que se pudría dentro de mí.
Fell estaba vivo y volaba suelto por los Riscos, tan bravo como cualquier criatura indomable que vagara por aquellas tierras salvajes.
Solo que no se trataba de cualquier criatura indomable: era Fell.
Y era mío. Aunque me hubiese rechazado. Aunque se hubiese marchado volando sin mirar atrás como si yo no fuese nadie para él.
Aquello me había causado un dolor profundo, como si una esquirla de hielo se hubiera clavado en el centro de lava ardiente de mi ser. Solo que…
No me había matado.
Y aquello era algo. Si yo no era nada para él, me podría haber matado en ese preciso instante, cuando habíamos estado cara a cara.
Al fin y al cabo, había matado a todo el que se le había puesto por delante, presa de una ira desbocada y feroz.
Pero a mí me había dejado viva. Me lo tomé como una señal positiva.
Debía de haber algún pedacito de él que todavía me recordaba, que me conocía. Era suficiente para darme esperanza.
Lo contemplé alejarse por el cielo, batiendo las alas de plata perlada en el aire.
Estaba perdido, pero no muerto. No era inalcanzable. Una distinción importante a la que yo me aferraba con desesperación.
—En fin. —Kerstin suspiró y se volvió a poner la capucha, cubriendo su salvaje melena—.
Eso no ha ido como yo me imaginaba. ¡Para nada!
—Hizo un gesto para darle un efecto dramático a sus palabras.
Luego ladeó la cabeza, pensativa, y me preguntó—: ¿Crees que la bruja sabía que iba a salir de ese ataúd desbocado como un jabalí de guerra?
—Señaló con el pulgar el lugar por el que se había ido Sylvi—. Porque se ha largado muy deprisa.
—No lo sé. Puede —contesté, aunque estaba negando con la cabeza. Todavía oteaba el cielo, y el aire salía tembloroso de mis labios. ¿Qué más daba eso?
—Malditas brujas… —refunfuñó—. Ni siquiera se le ha ocurrido avisarnos de que tu compañero iba a salir de ahí convertido en un asesino sediento de sangre.
Salté como un resorte para defender a Fell y sus actos.
—No les ha hecho a esos soldados nada que no pensáramos hacerles nosotras mismas.
Ella miró a nuestro alrededor.
—Ya, lo que pasa es que él lo ha hecho muy muy bien y en menos de un minuto. Y ni siquiera se ha entrenado nunca con la manada. —Abrió mucho los ojos en una expresión a medio camino entre el horror y el asombro.
—Se ha pasado la vida entera entrenando —rebatí.
—Pero no como dragón.
—No —admití—, pero tuvo formación de guerrero, lo criaron para ser un asesino, una herramienta para la guerra.
—Su padre, Balor el Carnicero, el famoso asesino de dragones (y quien había matado a la madre de Fell y Vetr) se había encargado de ello.
Lo había educado para que fuese tan habilidoso y cruel como había sido él.
—Ah. —Se quedó pensativa—. Pues entonces no es muy distinto de nosotros —admitió despacio. De repente, le brillaron los ojos—. ¡Imagina lo que podría aportar a la manada!
Hice una mueca y volví a otear la carnicería.
—Cuando su hermano se lo entregó al skelm, destruyó toda oportunidad de que Fell se uniera a la manada —respondí con convicción.
No se me ocurriría ni preguntárselo. Ni siquiera yo quería seguir perteneciendo a la manada.
No, quería una vida distinta a la que me ofrecía.
Quería la clase de vida que me brindase la oportunidad de salvar a Penterra de Stig y proteger a los dragones al mismo tiempo.
Ambas cosas no tenían por qué ser excluyentes.
Ese posible rumbo se me había ocurrido por primera vez durante la rekon, y seguirlo implicaba que tendría que abandonar los Riscos y volver a Penterra. Estaba dispuesta a hacerlo. Había momentos en la vida en la que una debía posicionarse…, aunque nadie se posicionara de tu lado.
Cogí aire con fuerza. Si era afortunada, tal vez no tuviera que hacerlo sola. Tal vez tuviese a Fell a mi lado.
—Tampoco es que Vetr lo hiciera a propósito —repuso Kerstin.
Apreté los labios y la miré.
—¿Estás completamente segura de eso?
Kerstin parecía ofendida.
—¡Claro que sí! Vetr es muchas cosas. Es duro, despiadado, terco…, pero jamás haría algo así.
No tenía ganas de discutir con ella por la integridad de Vetr —o la falta de esta—. Además, él ya me había contado lo que había hecho con sus propias palabras, y jamás podría volver a confiar en él.
Oteé el cielo de nuevo y encontré a Fell, silueteado sobre el brillante azul. Pronto desaparecería de mi vista: lo engullirían las nubes cambiantes o, simplemente, se alejaría demasiado para ser visto. Sentí la urgencia de ir tras él, un apremio que latía con fuerza en mis venas.
—Volverá en sí. Se acordará —insistí, aunque ella no me hubiera preguntado, y no supe si se lo decía a ella o me lo decía a mí.
Ella siguió mi mirada. La vi negar con la cabeza, aunque por el rabillo del ojo, porque yo no apartaba la vista de Fell. Me pareció un gesto triste, de desconsuelo, como si creyera que Fell estaba perdido para siempre. Como si me compadeciera.
—¿Cómo sabes siquiera que sigue ahí dentro?
Estaba vivo. No pensaba rendirme por segunda vez.
—¡Porque no me ha matado! —le espeté, con una convicción profunda grabada en mis mismos huesos.
No me había despedazado, como había hecho con todo lo que se le había puesto por delante tras salir de su tumba. Que me hubiera dejado viva, libre de ir tras él, no me parecía un gesto que pudiera ser casual.
Quizá una parte de él sabía que yo lo seguiría. Necesitaba creer que era así. Kerstin soltó un gruñido que parecía indicar que no estaba muy convencida.
—Voy a buscarlo —anuncié mientras me quitaba el manto de pelo y la capa y los dejaba caer sobre la nieve.
—¿Qué? ¿Por qué? —Me miró perpleja—. Es evidente que no quiere…
—No sabe lo que quiere. No sabe quién es. —Me quité los guantes y los tiré también. Ya sentía el calor que se despertaba en mi interior, las chispas de mi cuerpo al prepararse.
Me miró con incredulidad mientras me quitaba la túnica y la dejaba caer.
—Es una mala idea. Nos ha dejado con vida, pero si lo persigues te verá como una amenaza. Te matará.
Exhalé un suspiro. Era posible.
—No lo hará —aseguré, contenta porque la firmeza de mi voz disimulase todos mis recelos, todas mis dudas.
—Ya lo creo que lo hará.
—Puede intentarlo, pero yo no soy como ellos. —Señalé los montones de cadáveres que nos rodeaban—. Soy capaz de enfrentarme a él. Me necesita más que nunca.
No sabía cómo, pero, de algún modo, encontraría la manera de lograr que volviera en sí. Le recordaría quién era él… y quién era yo.
Le recordaría que yo era alguien para él, alguien que debía importarle, porque ya le había importado una vez. Eso no podía haberse perdido, no después de tanto tiempo. Tenía que recordarme. A mí, a nosotros.
La esperanza cobró vida en mi interior. Un propósito se había formado dentro de mí, y se me antojaba irresistible, una marea cálida que me aliviaba y me calmaba y se llevaba consigo todo lo incómodo, todo lo malo: la sensación de estar atrapada en ropa que no era de mi talla mientras fingía que sí, la sensación de estar a medio camino entre dos mundos, de ser dos cosas, y no querer elegir ninguna de las dos en detrimento de la otra.
El deseo de pertenecer a los dos, de ayudar a salvar a ambos mundos, cobró vida dentro de mí, aunque eso significara —sobre todo si eso significaba— salvarlos al uno del otro.
Solo él podía entender eso, porque era como yo. Porque yo era como él.
Ya no era más que un puntito que volaba hacia las nubes.
—Es un mal plan —me advirtió Kerstin.
—Pero es mi plan. —Terminé de quitarme la ropa a toda prisa, con determinación—. Coge lo que quieras de mis cosas…
—¡¿Me vas a dejar aquí sola?! —preguntó con tono acusador.
La miré a los ojos.
—No te pasará nada. Has demostrado lo capaz que eres, Kerstin, pero ahora tienes que volver con la manada. La aventura termina aquí. Es hora de volver a casa.
—Sin ti —respondió casi con amargura.
—La manada nunca fue mi casa.
Cogió una de mis botas de pelo.
—Cuando te vuelvas a transformar estarás desnuda. ¿Qué harás entonces?
—Buscar algo de ropa —respondí encogiéndome de hombros.
—¿Dónde? ¿Creciendo en los árboles? —me espetó.
—Ya me las arreglaré.
Apretó los labios en un gesto de rebeldía.
—Te matará. —Le temblaba un poco la voz, y me miraba con una pena y un arrepentimiento enormes, como si ya estuviera muerta y me hubiera perdido para siempre.
Ya desnuda, me puse recta a pesar del frío viento y traté de no sentirme vulnerable mientras mis pechos se endurecían bajo la mano gélida de la niebla. Miré al cielo, angustiada, buscando a Fell. Ya casi no se le veía.
—He de confiar en que no lo haga. —Le di un fuerte abrazo—. Vete a casa, Kerstin —la apremié.
La solté sin molestarme en volver a mirarla. Di un paso atrás, alcé la cabeza hacia el cielo y le pedí a mi cuerpo que ocurriera, que el cambio acudiese a mí, con una larga y humeante exhalación.
La conocida sensación empezó en mi pecho: un cosquilleo en la carne. Ya casi no me dolía que mi piel se abriera y se estirase, que la dragona que había en mí emergiera a la superficie como una erupción y mi cuerpo explotara en un cegador estallido de luz.
Y despegué. Volé. Me abrí paso a través del cielo, ladeando e inclinando el cuerpo a través de los fuertes vientos, surcando el aire húmedo a toda prisa, tras él. Batía las alas con furia para alcanzarlo.
Fell me había salvado en más de una ocasión.
Había cogido mi espíritu quebrado y lo había reparado deseándome cuando no habría tenido por qué hacerlo, pues yo era la novia equivocada, la mujer que le habían impuesto.
Me había salvado en el Borg, cuando Stig me había traicionado.
Fell le había dado la espalda a todo lo que le habían enseñado a creer. Por mí. Me había elegido a mí.
Y ahora me tocaba a mí elegirlo a él. Salvarlo a él, aunque el enemigo fuera él mismo.
¡Allí estaba!