La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 26. Fell
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26. Fell

FELL

V olé libre, disfrutando de la caricia del viento en mi cuerpo, de las dulces vibraciones de mis alas en el aire, del glorioso tira y afloja de mis músculos. Unos músculos que habían pasado demasiado tiempo agarrotados e inertes.

Ya no estaba atrapado en la oscuridad, ya no estaba perdido en el abismo. Ya no me rodeaba esa niebla que invadía mi mente y me devoraba, que me consumía con sus monstruosas fauces.

Atravesé las nubes moviendo la cabeza hacia la izquierda y la derecha, deleitándome con la libertad. Aunque mis pensamientos seguían nublados, brumosos y difusos, mis emociones eran intensas y mis instintos tan afilados como las garras que sobresalían de mis zarpas.

La neblina enfriaba la fiebre de la batalla sobre mi piel.

Por fin mi niebla tenía adónde ir. Por fin irradiaba de mí, en lugar de invadirme.

Mi estómago se contraía de hambre. Estudié el paisaje desde las alturas, en busca de cualquier movimiento, de algo que llevarme a la boca. Entre otras cosas.

Mis necesidades eran muchas. Sentía impulsos abrumadores y vertiginosos que me llenaban de un delicioso anhelo.

Cazaba al tiempo que me sentía cazado.

Miré atrás; no lograba desembarazarme de un extraño malestar, como si hubiese olvidado algo.

La sensación me perseguía, me reconcomía, como un susurro constante en los oídos, y me llenaba de una energía inquieta.

Unos ojos de fuego dorado afloraron en mi mente y sacudí la cabeza, librándome de la imagen como si no fuese más que una telaraña empeñada en quedarse adherida a mi piel.

Batí mis alas y volé más rápido, con más afán, para que el viento se llevase sus hilos de seda.