25. Tamsyn
Tamsyn
E l mundo explotó a mi alrededor, pero no por nada que yo hiciera.
No hubo fuego. Ni siquiera tuve la oportunidad de exhalarlo. Las llamas chisporroteantes no llegaron a pasar de mis labios.
El mundo se convirtió en un caos.
Quedé libre de los furiosos golpes de las botas. Temblorosa, bajé los brazos y parpadeé, inmersa en una nube opaca de nieve y de tierra y de pedacitos de roca que caían del cielo. El aire olía y sabía a marga y a piedras.
Alcé la cabeza del cobijo de mis brazos, busqué a Kerstin, que yacía abrazada a la tierra, y acudí corriendo junto a ella.
Los gritos de los soldados llenaron el aire, tan gruesos como el viento salvaje y asfixiante.
Y un estruendoso silbido me llenó los oídos, sacudiéndome de tanta que era su fuerza, a pesar de estar agachada…
Era más fuerte incluso que los gritos de los guerreros.
Me atreví a incorporarme un poco, con cuidado, buscando, tratando de entender qué estaba ocurriendo, de identificar el peligro…
La amenaza a la que habría de enfrentarme.
El viento soplaba con violencia; la fuerza de un rugido echó hacia atrás mi manto de pieles y mi capa, separándolos de mi cuerpo, y me azotó el pelo desde las raíces y los ojos hasta que brotaron lágrimas saladas de las comisuras.
Se oyeron varios estruendosos rugidos.
La sangre permeaba el aire; su olor metálico me inundaba la nariz, me cubría la lengua.
Entre el repiqueteo de las armas, una tormenta de rocas y guijarros nos asediaba. Uno me golpeó en la mejilla, y me apretujé contra el suelo igual que Kerstin, notando la humedad de la sangre en mi rostro.
Ahogando un grito, me puse de espaldas y contemplé el torbellino de aire lleno de escombros que arreciaba sobre mí.
Vi que un cuerpo era arrojado, seguido de otro, y de otro.
Cruzaban mi campo de visión como flechas, disparados de un lado a otro, dejando tras ellos un rastro de sangre, salpicaduras de lluvia roja contra la niebla cada vez más densa.
Y allí…, detrás de la tempestad…, en lo alto del cielo…
Unas gigantescas alas plateadas batían y batían en el aire con violencia, nadando en un cielo que ya era más que solo nieve y tierra. Era niebla. Niebla de dragón. Una bruma espesa que se arremolinaba como el humo.
La niebla de un ocultador.
El aliento abandonaba mis labios a sacudidas mientras contemplaba el cielo. Tenía el cuerpo cada vez más caliente; la nieve se derretía y formaba un charco a mi alrededor.
Cuando seguí con la mirada la curva de esas alas hasta el cuerpo del dragón, creí que se me iba a salir el corazón por la boca. Me quedé contemplando sus ojos del color del hielo, de escarcha pálida con un aro de un azul oscuro, conocidos y desconocidos al mismo tiempo.
Conocidos, porque lo conocía.
De la vida. De los recuerdos. De los sueños.
Mi cuerpo reaccionó, elevándose como respuesta, como si tirasen de un hilo invisible. Arqueé la espalda como si me sintiera compelida a alcanzarlo, a tocarlo, a fundirme con él.
Y a la vez desconocidos, porque eran unos ojos salvajes y feroces y miraban a través de mí sin reconocerme, como si yo no existiera. Como si ni siquiera estuviese allí.
—¡Fell! —Su nombre fluyó de mis labios como una bandera ondeando al viento, sacudiéndose con una energía violenta que se liberaba de mí para llegar a él.
Me oyó. Me miró. De nuevo, sin verme.
Yo le devolví la mirada, pero era como mirar la vacía inmensidad de la tundra blanca como el hielo. Allí no había nada. No me reconocía, no reaccionaba. No había ninguna emoción; no había corazón.
Siguió a lo suyo sin mirarme.
Y lo suyo era la sangre y el caos. La muerte y la devastación.
Los soldados chillaban. Sus armaduras y sus cascos no les brindaban protección alguna.
Unos trataban de huir a caballo, otros intentaban atacarlo fútilmente con sus flechas y sus espadas.
Pero no tenían flechas con punta de escama de dragón, ni ninguna otra arma de ese material.
Era evidente que la influencia de Stig no había llegado a Veturlandia.
Aparté cualquier posible remordimiento que pudiera sentir por ellos, consciente de que solo querían hacernos daño a Kerstin y a mí, consciente de la destrucción que habrían sembrado en las vidas inocentes de Penterra. Y, aun así, era una escena terrible, aterradora.
Y en el centro del tumulto estaba Fell. Fell estaba por todas partes; fluía como el viento.
Su enorme cuerpo alado acababa con ellos con facilidad; elevaba a los soldados a decenas de metros sobre el suelo y los despedazaba, para luego dejarlos caer como juguetes rotos.
Los lanzaba contra la tierra como si no fuesen nada. Meros muñecos para un dios invencible.
Kerstin me clavó los dedos en la mano y, bien abrazadas la una a la otra, observamos la masacre casi sin pestañear.
—¿Cómo es posible? —pregunté con la voz entrecortada.
Ella negó con la cabeza sin apartar la vista del espectáculo.
—Debe de haber oído algo…, a nosotras, a ellos… A ti.
Estábamos rodeadas de cadáveres, pero Fell aún no había terminado.
No pararía mientras uno solo de ellos siguiera respirando.
Adelantó a un par de jinetes que casi habían subido una colina, los arrancó de sus monturas valiéndose de sus garras, ascendió cientos de metros en el cielo, hasta que se convirtieron en unos puntitos en la distancia… , y los dejó caer.
Contemplé boquiabierta cómo los cuerpos de los guerreros se precipitaban desde el aire convertidos en un torbellino de gritos y se estampaban contra la tierra en una nube de nieve ensangrentada.
—Es increíble —dijo Kerstin, sin aliento.
Asentí con movimientos bruscos; tenía los dedos entumecidos de lo fuerte que le cogía la mano, y mi corazón se había convertido en una cosa salvaje y desbocada dentro de mi pecho.
Entonces todo terminó tan repentinamente como había empezado.
Las alas dejaron de batir: Fell aterrizó sobre la carnicería con un golpe sordo que hizo temblar la tierra, que provocó que me vibrara todo el cuerpo y que resonara hasta el último de mis huesos.
No hubo más gritos.
Un sepulcral silencio cayó sobre la tierra ensangrentada.
Era magnífico. Una criatura que resollaba y resoplaba, de piel perlada y plateada, tirante y resplandeciente sobre brutales músculos y tendones.
Su nombre se me escapó en un suspiro de asombro.
—Fell…
Me oyó. Giró la cabeza hacia nosotras con brusquedad y clavó en mí su mirada penetrante, como si yo fuese su próximo almuerzo.
Y quizá lo fuese.
Me sobresalté, y Kerstin me estrechó la mano.
—Es tuyo —susurró, y no supe si me estaba tranquilizando o advirtiendo.
Nos quedamos muy quietas, agarradas la una de la otra, mientras el gigantesco dragón se acercaba a nosotras.
—Tranquila —dije enseguida, aunque no sabía a quién iban dirigidas esas palabras. ¿A mí o a Kerstin?
Se acercaba despacio; la piel llena de escamas ondeaba sobre su poderoso cuerpo y sus enormes garras hacían crujir la nieve bajo su peso. Sus ojos de dragón se deslizaron sobre Kerstin para luego clavarse en mí.
—Tamsyn… —dijo Kerstin con suavidad, con la voz temblorosa—. Sabe que somos nosotras, ¿verdad?
—Pues claro que lo sabe.
Flexioné los dedos y sacudí un poco la mano para despertar nuestra conexión, para despertarlo a él y sentir el consuelo de sus latidos dentro de mí. Así me sentiría tan segura sobre mi respuesta como fingía estarlo.
Lo miré a los ojos, sumergiéndome en sus profundidades de escarcha. Alargué los dedos todo lo que pude, buscando su pulso, desesperada por revivirlo, por revivir nuestra unión.
Estaba allí, delante de mí. La desesperación se propagó por mi cuerpo como una enfermedad, una fiebre. ¿Por qué no lo sentía? ¿Por qué no estábamos unidos? ¿Dónde estaba nuestro vínculo?
—¿Fell? —lo llamé, estudiando el rostro del dragón que había ante mí. Buscando al hombre que conocía.
Él se detuvo, mirándome con los ojos fríos e implacables de un asesino.
Siempre lo habían llamado la Bestia de las Tierras Fronterizas. En ese momento, mientras miraba a ese dragón, encontré muy pocas señales del hombre que se había casado conmigo y me había llevado con él al norte, y el sobrenombre me pareció más cierto que nunca.
Solté a Kerstin y me puse de pie, aunque me temblaban las piernas como si estuviesen hechas de gelatina. El único miedo que sentía era el de no volver a encontrarlo en el interior de aquella criatura, que no dejaba de resoplar y de dilatar los agujeros de la nariz.
El dragón dio un golpe en el suelo, un gesto que se me antojó muy parecido a una advertencia.
Kerstin susurró mi nombre, pero la ignoré. Tenía que intentarlo. Si ya no era Fell…, ¿quién —qué— era?
Nos miramos. Nuestros ojos se quedaron prendidos el uno del otro durante un momento interminable.
—¿Estás ahí? —susurré, con palabras apenas audibles, pero no hacía falta que las oyese. No si estaba ahí. Había distintos modos de oír: debería haberme sentido y saberlo.
Sin embargo, con aquellos ojos muertos clavados en mí con avidez, me daba la sensación de que no era nada mío. Me parecía un extraño. Peor: un enemigo. Un animal. Estaba más lejos de mí de lo que lo había estado nunca, y eso me destrozaba.
—¿Tamsyn? —Kerstin trató de cogerme de la mano, pero se la aparté. Di un paso al frente sin mirarla, caminando hacia él con decisión, a pesar de lo que me temblaban las piernas.
Él se quedó quieto, amenazante, mientras yo avanzaba. Ladeó la cabeza y me observó con la mirada intensa de un depredador. Las fosas nasales eran lo único que se le movía, dilatándose con sus fuertes resuellos.
—Soy yo. Tamsyn. —Le tendí la mano con la palma hacia fuera, como habría hecho para acercarme a un animal salvaje…
, pero también para que viese la marca, como si así lograse empujar a su memoria a recordar que éramos compañeros, que nos habíamos unido por sangre—.
Soy Tamsyn. ¿Te acuerdas de mí? —«¿Te acuerdas de ti?
»—. Soy tu esposa —le dije, sorprendida de la facilidad con la que se me escapó esa palabra.
Para los dragones no significaba nada, pero para mí sí.
Para mí sí tenía un significado, y casi me quedé sin aliento al darme cuenta de que quería que también lo tuviera para él—.
¿Te acuerdas? —insistí, con la voz rota y suplicante.
Pero no.
No se acordaba. Me di cuenta demasiado tarde, cuando vi un brillo feroz en sus ojos que debería haber bastado para retroceder y escapar de él.
No me conocía.
No se conocía a sí mismo.
Se abalanzó sobre mí, y Kerstin, con un grito, me agarró del brazo y tiró de mí para obligarme a retroceder.
Pero yo resistí. Estúpida, Esperanzada.
—No me va a hacer daño —dije, manteniéndome firme. No me permitía pensar en lo que podría significar equivocarme.
Resistí al impulso de estremecerme cuando se detuvo justo delante de mí.
Agachó la cabeza y los pinchos letales de su gola quedaron a meros centímetros de mi cuello.
Le resultaría muy fácil acabar conmigo, si era eso lo que deseaba.
En varios de esos pinchos resplandecía la sangre del combate cuerpo a cuerpo de hacía unos instantes.
Tragué una oleada de bilis que me trepó por la garganta.
¿Me mataría con la misma frialdad con la que había matado a todos esos guerreros?
Me exhaló en la cara y su aliento caliente me acarició el pelo.
—Me conoces —repetí con la voz rota—. Somos iguales. Tú y yo somos lo mismo. —Luché contra el nudo que me atoraba la garganta.
Pero en aquellos ojos fieros no había ninguna chispa que indicara que me hubiese reconocido. Resopló contra mi cara y abrió la boca, revelando el largo implacable de sus colmillos. Estaban tan cerca…
—Te echaba de menos incluso cuando no me permitía pensar en ti —confesé en un susurro. Mi voz era una súplica. Sabía que estaba ahí, en alguna parte… Solo tenía que llegar hasta él.
Él exhaló de nuevo y yo giré la cara hacia un lado y cerré los ojos con fuerza, esperando, preparada para que me hincara esos colmillos, para que me despedazara. Para que terminase conmigo igual que había hecho con los guerreros cuyos cuerpos estaban desperdigados a nuestro alrededor.
El viento susurró sobre mí.
Abrí los ojos.
Se había ido.