24. Tamsyn #2
No sabía qué esperarme, pero no me sorprendió en absoluto que lo hubiesen metido ahí. Los humanos no eran los únicos que fabricaban armas e instrumentos con el cuerpo de los dragones. Fell jamás habría logrado romper ese ataúd para abrirse paso hasta la libertad.
Kerstin se detuvo, jadeante. Los sonidos que exhalaba parecían casi sollozos.
Le puse una mano en el hombro, conteniendo el aliento, y con la voz temblorosa de emoción le dije:
—¡Lo has conseguido!
Ella asintió y tragó saliva con dificultad.
Juntas, contemplamos el interminable abismo que descendía desde los bordes de la grieta que había formado, esperando a que ocurriese algo.
—¡Fell! —grité.
Nada.
Kerstin y yo intercambiamos una mirada. No sabíamos qué hacer. El viento hacía ondear las pieles de su manto, le agitaba la capa. Se encogió de hombros.
—No creo que vaya a abrir la caja él mismo si todavía está… dormido.
—Ah. Claro. Por supuesto. —Asentí como si tuviera sentido.
Como si algo de todo aquello lo tuviese—.
Voy a bajar —anuncié, como si descender sesenta metros bajo tierra no fuese una idea aterradora.
Pero, en realidad, ¿qué era eso comparado con que me azotaran hasta casi matarme?
Al fin y al cabo, ¿había algo que yo no pudiera soportar?
Por Fell, era capaz de hacerlo.
Kerstin asintió como si fuese una excelente idea.
—Seguro que cuando abras la caja y note el aire y la luz sobre la piel… y te vea… —Se interrumpió.
Eran conjeturas, pero su lógica me tentó a aferrarme a la esperanza. Solo necesitaba despertarse, darse cuenta de que era libre, y entonces volvería a ser él mismo. Volvería a mí.
Eché un vistazo rápido a la grieta para evaluar los bordes de tierra que se desprendía y ver cuál sería la mejor manera de proceder. Pero resultó que al final no tuve que preocuparme por nada de eso.
Porque nos atacaron en una andanada de gritos, irrumpiendo desde el horizonte. La tierra empezó a temblar, sacudida por los repentinos golpes de los cascos de los caballos.
Kerstin se abrazó a mí.
Miramos a nuestro alrededor con los ojos como platos, agarradas la una de la otra, mientras montones de guerreros a caballo descendían sobre nosotras por todos los lados. El estómago se me puso del revés.
Nos habían encontrado.
Nos habían rastreado.
Aquel pensamiento tan disparatado se mezclaba con el horror, con el miedo. Con la certeza de que, aun estando tan cerca de Fell, no podría hacer nada por ayudarlo. Ni siquiera sabía si podría ayudarme a mí misma.
El ruido era ensordecedor. Nos rodearon blandiendo las armas sobre sus cabezas, triunfales, mientras sus voces congestionaban el aire.
Parpadeé a toda prisa y, al fijarme mejor en ellos, me di cuenta de que…
No era el skelm.
Ni siquiera eran dragones.
Me habría dado cuenta enseguida de no haber estado tan conmocionada, tan desprevenida, por tener todos mis pensamientos concentrados en Fell, que estaba al fondo de ese agujero.
Sus cascos alados los delataban: eran guerreros de Veturlandia.
Quizá estuvieran allí para saquear los Riscos, o quizá estuviesen explorando el terreno antes de la llegada del ejército que los seguía.
No importaba. Fuera cual fuese el caso, estaban allí, por alguna cruel broma del destino o de la providencia.
Eran al menos dos docenas de guerreros, que se habían aventurado al sur, aunque normalmente se refugiaban en sus casas durante los meses más álgidos del invierno.
Leí la muerte en sus ojos, la sed de sangre en sus rasgos enrojecidos y castigados por el viento.
—Son humanos —dijo Kerstin con los dientes apretados mientras nos rodeaban junto a sus estruendosos cascos y sus gritos de alegría.
Se hablaban a voces con unos acentos marcados que nunca había oído.
Sin embargo, no necesitaba entender lo que decían para comprender la amenaza que representaban. El brillo de sus miradas lo decía todo.
Para ellos no éramos más que dos humanas, dos mujeres solitarias y vulnerables…, dos presas. Pero que fuera eso lo que veían al mirarnos iba en nuestro favor. Era nuestra mayor defensa. Kerstin y yo intercambiamos una elocuente mirada. Ella asintió, y supe que estábamos pensando lo mismo.
Sabíamos lo que teníamos que hacer.
Varios de los guerreros desmontaron de sus sillas de montar con pasmosa facilidad.
Mientras con sus toscas manos tiraban de nosotras y nos empujaban como si fuésemos boyas tiradas en el mar, me preparé, pensando en cuál sería la mejor forma de acabar con ellos.
Tendríamos que invocar a nuestras dragonas, por supuesto, pero, aun haciéndolo, ¿seríamos capaces de eliminar a un grupo tan numeroso de soldados?
No podíamos dejar supervivientes. No podían quedar testigos. Debíamos asegurarnos de ello.
Oí entonces la voz de Vetr. «Eres una piroexhaladora. Utiliza tu poder».
Tenían una actitud jovial y relajada. Era evidente que no les preocupábamos mucho. No representábamos ninguna amenaza para ellos, solo una promesa de diversión. Varios de ellos señalaron la enorme grieta que dividía la tierra, señalándola con curiosidad.
De repente, arrancaron a Kerstin de mi lado.
—¡Tamsyn! —gritó, pataleando.
Luché por llegar hasta ella. Cerré la mano en un puño y golpeé a uno de los hombres que me sujetaban, con cuidado de no darle en el casco de metal, y la sangre manó a chorros bajo mis nudillos. Sabía cómo hacer que cada golpe contase, sabía cómo atacar a un oponente. Estaba entrenada para hacerlo.
Él soltó un gruñido y me apartó de él al tiempo que soltaba una maldición, furioso. Se llevó la mano al labio que le había partido con el puñetazo.
Caí al suelo, soltando también un gruñido.
Él escupió un diente ensangrentado en la nieve y volvió su mirada asesina hacia mí.
Varios de sus camaradas se echaron a reír, algunos con tantas ganas que se doblaban por la cintura; otros agarrándose del abdomen, encantados con el espectáculo.
Ver el agujero donde antes había estado el diente les llenaba los ojos de lágrimas de risa.
—¿Qué pasa, Clyde, no puedes con una mujer?
Aquello solo sirvió para enfurecerlo más.
Clyde se abalanzó sobre mí, que seguía encorvada en el suelo.
Cogió impulso con un pie y me pateó varias veces.
Pronto se le unieron otros a los que eso debió de parecerles un pasatiempo divertido, y me golpeó una lluvia de pesadas botas.
Los golpes eran rápidos y seguidos, una andanada violenta.
Me ovillé para protegerme, pero no pude evitar chillar cuando uno me dio en la costilla que no había curado del todo.
Me rodeé la cabeza con los brazos y sentí que el calor familiar que había dentro de mí estallaba, prendiendo fuego a cada nervio y cada fibra, hasta convertirse en un verdadero incendio en mi interior.
Por entre mis brazos, atisbé a Kerstin, que se resistía contra sus captores para tratar de llegar hasta mí.
De repente, sus ojos se clavaron en los míos.
Sus ojos de color bronce brillaban como monedas bajo la luz del sol.
Asintió en un gesto de ánimo: estaba preparada.
Llevaba preparándose para esto desde que había aprendido a andar.
El brillo de sus ojos me indicaba que tal vez incluso hubiese estado deseando que llegase un momento como ese.
Mi interior hervía, echaba humo.
Le respondí imitando su gesto. Mi mensaje estaba claro. «Adelante. Muéstrales lo que eres».
Abrí la boca con un grito que resonó en el aire, forzando la voz. Mis cuerdas vocales cambiantes crepitaban mientras el fuego crecía y se acumulaba en mi garganta, preparado para salir.
Preparado para quemarlo todo.