La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 24. Tamsyn
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24. Tamsyn

Tamsyn

S ylvi iba primero.

Su promesa de llevarnos hasta Fell se me antojaba demasiado amable, demasiado fácil.

Y, no obstante, sentía que aquella posibilidad me había revitalizado, pues antes había estado vacía de optimismo y repleta solo de una sensación de desolación y fracaso.

Ya libre de mi agotamiento, mi esperanza había revivido.

Qué peligrosa era la esperanza. No era la primera vez que permitía que me embaucara.

Vetr ya me la había servido antes en bandeja y yo la había devorado con gusto, cegada a lo que era él en realidad.

No pensaba volver a sucumbir tan fácilmente.

Caminaba tras Sylvi, cautelosa y en guardia, con cuidado de dejar espacio suficiente entre las dos…

, por si acaso. Para entonces, ya había vivido lo suficiente como para no confiar en ella plenamente.

No era Kerstin ni su odio irracional a las brujas lo que me hacía recelar, sino mi propia experiencia.

Ya nunca volvería a confiar tan fácilmente.

La posibilidad de que consiguiéramos desenterrarlo y todo terminase bien era una provocación que jugaba con mi mente, un susurro tentador en mi corazón. Demasiado bueno para ser cierto. No volvería a permitirme caer en ese seductor alivio.

Todavía no.

Caminábamos a paso ligero. Sylvi había dicho que no estaba lejos.

Que él no estaba lejos. Llegaríamos al lugar donde yacía en ese mismo día, y me sentía agradecida por ello.

Pasara lo que pasase…, pasaría pronto. Por fin.

Por fin me estaba encaminando a un destino, a un final que ni siquiera sabía que estaba al alcance de mi mano.

Una vaga sensación de inquietud se retorcía bajo mi piel mientras caminábamos. Eso también desaparecería pronto. Cuando acabase ese día, o bien tendría a Fell conmigo, o bien no.

Pero todo terminaría. Por fin.

Sylvi se detuvo y señaló un punto en el suelo cubierto de nieve.

—¿Estás segura?

Parecía una zona común y corriente. Un paisaje estéril y nevado, interrumpido de vez en cuando por algún arbusto o alguna roca que sobresalía. Igual que gran parte de los Riscos.

Contemplé lo que tenía delante, examiné el lugar. La niebla era más densa allí, el aire brumoso me llegaba a las caderas. Me pregunté si sería una señal. Si sería él, aun en su estado durmiente, aun sepultado en la tierra profunda.

El viento me azotaba el rostro, me escocía en los ojos. La humedad salada tomaba forma de lágrimas que rodaban por mis mejillas. Me dolía el pecho al pensar en lo que había soportado, en lo que estaba soportando aún. Allí llevaba enterrado más de un año. En aquel lugar recóndito y desolador.

—Fell —susurré al aire viscoso, con la esperanza de sentir algún latido, alguna reacción de su parte. De sentirlo a él.

Nada.

—Aquí es donde lo metieron. —El viento azotaba los bordes de la capucha de Sylvi.

Parecía cansada; las oscuras ojeras seguían presentes en su rostro, y acusé una punzada de culpa por no haberle permitido ni un solo momento de descanso.

Sin embargo, la culpa desapareció en cuanto volví a pensar en Fell.

—¿Cómo estás tan segura? —Kerstin señaló a nuestro alrededor con la mano y aire escéptico.

Sylvi señaló un árbol que asomaba en la distancia. Era lo único que interrumpía el horizonte liso.

—¿Eso? —pregunté—. ¿Esa es la referencia que recuerdas?

—Sí. De ese día lo recuerdo todo. Los he visto hacer cosas horribles, pero ese día…

—Negó suavemente con la cabeza, como si lo ocurrido fuese demasiado espantoso para darle voz—.

No lo olvidaré nunca. —Señaló otro punto cercano—.

Yo estaba justo ahí. —Me sostuvo la mirada y se frotó las muñecas, que todavía lucían las atroces marcas rojas de sus ataduras—.

Luchó con todas sus fuerzas. Eran demasiados.

No tenía ninguna oportunidad, pero lo intentó.

Al imaginar ese momento, se me hizo un nudo en la garganta que no me dejaba respirar. Inhalé por la nariz. Pues claro que había luchado. La Bestia de las Tierras Fronterizas jamás se habría metido en un agujero de buen grado.

Miré a Kerstin. La necesitaba, era evidente. Desenterrar a Fell era una tarea adecuada para sus talentos.

Y ella lo entendió.

—Puedo intentarlo.

Asentí con firmeza. Si debía recurrir a mis propias manos para sacarlo de su sepultura, lo haría sin dudar, pero Kerstin era capaz de desenterrarlo con mucho menos esfuerzo del que me costaría a mí hacerlo.

Sylvi respiró hondo, alzando esos hombros huesudos.

—Bueno, ya he hecho lo que os he prometido.

La miré sin comprender.

—Pues sí —respondí, preguntándome si buscaría un reconocimiento—. Gracias.

—Te vas —anunció Kerstin con indiferencia.

Ah. Miré a Sylvi de arriba abajo. ¿Era eso lo que quería decir?

—¿Te vas?

Asintió.

—Llámame exagerada, pero no me siento del todo cómoda entre dragones. Sobre todo si uno de ellos ha pasado un año entero enterrado vivo. —Apretó los labios.

Tenía sentido. Yo no podía ni imaginarme lo que debía de haber sufrido durante su cautiverio. A juzgar por el breve tiempo que lo había observado, no había sido agradable.

—¿Estarás bien sola?

Se arrebujó la capa.

—No puede ser peor que cuando estuve en compañía de los de tu estirpe.

Hice una mueca.

—Esos no son de mi estirpe.

Me contempló con ojos astutos, y me pregunté si sería capaz de ver que yo era diferente. No solo distinta del skelm, sino de todos los dragones.

—Tal vez —concedió—. Al fin y al cabo, me has liberado. —Miró a Kerstin con desdén, dando a entender que tenía claro que ella no había apoyado mi plan. Se volvió de nuevo hacia mí y me sonrió—. Me has salvado la vida. No lo olvidaré.

Negué con la cabeza y señalé el suelo.

—Has saldado tu deuda.

Sus ojos adoptaron una expresión dubitativa, y vi algo en ella, en su mirada, en la inclinación de su cabeza. Percibí cierta incertidumbre cuando se volvió hacia la tierra bajo la que yacía Fell.

—Eso espero.

La ambigüedad de su respuesta me inquietó. ¿Por qué debería dudarlo? Si había visto que era allí donde lo sepultaban…

La miré con los ojos entornados. El aire se oscureció tenuemente a su alrededor; su aura se movía como una sombra trémula.

—¿No quieres quedarte y asegurarte de que esté…?

—Creo que es mejor que yo no esté cuando lo desentierres.

Su expresión era inescrutable, pero la examiné de todos modos, preguntándome si estaba ansiosa por marcharse o era solo una impresión mía.

Metí la mano en mi morral y saqué lo que me quedaba de comida, un paquete de pan y cecina, para dárselo.

—Muy bien. Toma. Llévate esto para el viaje.

—No tenemos suficiente para compartir —protestó Kerstin, indignada.

—Nosotras podemos cazar —repliqué, fulminándola con la mirada.

Sylvi aceptó el paquete y se lo echó al hombro.

Yo volví a mirar al suelo. Y en ese momento, cuando por fin había llegado la hora de la final revelación…, me embargó una vacilación desconcertante.

Sentí la mirada de Kerstin mientras me arrodillaba.

Se me mojaron los pantalones de inmediato, pero no me importó.

Me quité los guantes, los tiré y, tras inclinarme, hundí las manos desnudas en la tierra gélida como si así pudiera llegar hasta él.

Las hundí bien, hasta más allá de mis muñecas, doblando los dedos y arañando la nieve con ellos.

El hielo se derretía en diminutas partículas contra mi piel cálida, convirtiéndose en agua.

Fruncí el ceño. Estaba convencida de que cuando lo tuviera tan cerca, sabría, lo sentiría, pero la palma de mi mano seguía muda. Muerta.

—¿Kerstin? —Levanté la vista para mirarla.

Ella asintió, leyendo mi petición en mis ojos. Apretó los labios con determinación.

—Lo intentaré.

Volví a mirar hacia Sylvi, pero no vi más que su espalda mientras se retiraba a paso rápido, subiendo la colina, convertida en un puntito en la distancia. Al cabo de un instante, había desaparecido de nuestra vista.

Dirigí la vista a Kerstin.

Ella exhaló, como si estuviese aunando fuerzas con su aliento, me ayudó a ponerme de pie y me apartó.

—Dame un momento.

Asentí, luchando por ser paciente. Mientras esperaba, la miré a ella, al suelo y luego de nuevo a ella.

Kerstin alargó las manos con las palmas hacia abajo.

Le brillaban los ojos, y las pupilas temblorosas se alargaron hasta convertirse en dos rayas verticales.

El suelo empezó a cambiar. Se formó una grieta serrada cada vez más profunda; la nieve se apartaba, deslizándose hacia los lados.

Kerstin gruñía del esfuerzo; su piel refulgía con destellos de color bronce que se mezclaban con la piel iridiscente de su dragona.

Retrocedí varios pasos para alejarme de la grieta, que era cada vez más ancha.

—¡Lo estás consiguiendo!

Se le veía el rostro cada vez más rojo del esfuerzo por debajo del brillo bronce de su piel de dragón, pero no apartó las manos, que movía como si estuviese despedazando algo, como si estuviese abriendo algo de par en par: las costuras de la tierra misma.

Se le dilataron los agujeros de la nariz, que se le ensanchaba a medida que brotaban las crestas protuberantes, lo que le permitía respirar más rápido, más fuerte, inhalar más aire. Le temblaban los brazos, que trataban de resistir contra la intensidad de sus esfuerzos.

Bajé la vista y contemplé cómo la tierra seguía abriendo sus fauces y la grieta se hacía cada vez más y más y más profunda…

Cerré las manos en puños. Me temblaban, como si por fin el frío hubiese empezado a afectarme, pero por supuesto que no era frío. Era expectación, que vibraba en mi interior como electricidad.

A pesar del aire gélido, Kerstin tenía el rostro cubierto de perlas de sudor.

Me asomé a las oscuras profundidades de ese abismo cada vez más profundo, con la esperanza de ver a…

—¡Ahí! —grité.

Las nubes de tierra cenicienta y nieve se asentaron y la tierra reveló una caja. Un rudimentario ataúd de hueso de dragón.