La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 23. Tamsyn
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23. Tamsyn

Tamsyn

P or suerte, Kerstin no estaba del todo exhausta: aún le quedaba un poco de energía para ayudarnos a borrar nuestras huellas.

Fue la bruja quien se lo sugirió, aunque Kerstin no la miró con mejores ojos porque demostrase ser útil.

Seguía lanzándole miradas recelosas, plenamente convencida de que era nuestra enemiga.

La bruja no lograría ganarse a Kerstin, por muy útil que resultara ser.

Borramos todas las huellas que dejamos durante la primera hora.

Kerstin barría la nieve sobre la tierra moviendo los dedos en el aire, sin tener que tocar el suelo.

Luego decidimos que con aquello ya era suficiente.

Esperábamos habernos alejado lo suficiente del skelm para entonces, y todavía nos quedaban varias horas antes de que se despertaran y se dieran cuenta de que su bruja ya no estaba… y de que les faltaban dos ónices.

El que estaba enterrado podrían recuperarlo. Verían la tierra removida y lo encontrarían: al dragón térreo que la bruja había mencionado no le costaría mucho esfuerzo. Y, cuando lo hicieran, este les contaría que una piroexhaladora y una dragona térrea habían osado atacarlos y llevarse a su sierva.

Y vendrían a por nosotras.

Debíamos darnos prisa, alejarnos todo lo posible. Poner toda la distancia que pudiéramos entre ellos y nosotras.

Mientras el alba pintaba el cielo de suaves colores, empecé a relajarme, pensando que quizá hubiéramos tenido éxito y hubiéramos logrado escapar.

Yo habría preferido seguir avanzando de todos modos, pero Kerstin insistió en que parásemos a descansar.

Seguía bastante agotada, y no me gustaba nada el color ceniciento de su piel.

Mientras se alejaba un poco para hacer sus necesidades en la intimidad, aproveché para rebuscar en mi morral y sacar algo de comida y bebida. No me acordaba de cuándo había sido la última vez que había comido, pero me moría de hambre. Le pasé la cantimplora a la bruja y le di un poco de pan.

La bruja. Caí en la cuenta de que no sabía cómo llamarla, así que le dije:

—Me llamo Tamsyn. ¿Y tú?

—Sylvi —respondió. Me devolvió la cantimplora tras dar un largo trago—. Eres la primera que me pregunta mi nombre en…, en mucho tiempo.

Estaba a punto de preguntarle cuánto tiempo era mucho tiempo cuando Kerstin volvió.

Miró a Sylvi de reojo mientras se sentaba a mi otro lado…, bien lejos de la bruja. Le pasé un poco de pan. Lo mordió con una ferocidad de la que el pan rancio de hacía una semana solo podía tener parte de culpa.

—La vamos a tratar como a una mascota, ¿no? —preguntó fríamente.

—¡Kerstin! —la regañé.

—No soy ninguna mascota —le espetó Sylvi, molesta.

—¿Ah, no? Pues allí lo parecías. El skelm te tenía atada con una correa.

El rostro de Sylvi se tiñó de furia. Alzó ambas muñecas, en las que todavía se veían las marcas de las cuerdas.

—Me tuvieron tanto tiempo atada que me olvidé de lo que se siente al moverse sin tener una cuerda alrededor de las muñecas. ¿Te imaginas lo que es eso? ¿No recordar qué se siente al ser libre?

Kerstin no reculó. Se limitó a fulminarla con la mirada, con los ojos de color bronce duros como el pedernal.

—Nada menos de lo que merecen las de tu especie.

—Kerstin —la reprendí—. Ya basta. No tenías por qué volver, ¿sabes?

—Ah, ¿en serio? —Me miró con el ceño fruncido y los ojos muy abiertos, dolida—. ¿Ese es el agradecimiento que merezco?

La nieve caía con suavidad, añadiendo cada vez más peso a las ramas, que ya crujían bajo él. El viento continuaba ululando a nuestro alrededor.

Incliné la cabeza una sola vez a modo de reconocimiento.

—Yo me alegro de que volvieras, y aprecio tu ayuda, pero si vas a seguir dirigiéndote a Sylvi con tanto odio será mejor que nos dejes y vuelvas a la manada.

Kerstin arrugó la nariz. Una expresión de dolor asomó a su rostro un instante, pero enseguida se recompuso.

—No quiero volver a casa todavía.

Asentí.

—Bien.

—No tienes de qué preocuparte —intervino Sylvi—. No tengo pensado quedarme con vosotras mucho tiempo.

—Es la mejor noticia que he oído en todo el día.

—¡Kerstin! —salté. Estaba harta de su mala educación. Me volví hacia Sylvi y, con voz más amable, le pregunté—: ¿Adónde irás?

—Hacia el sur. No creo que quede nada de mi pueblo.

Los dragones lo quemaron hasta sus cimientos y dudo que lo reconstruyan.

No quedó nadie vivo para hacerlo. —Confesó aquella verdad con gran parquedad, como si no le afectara—.

Pero hay otros pueblos. Encontraré un lugar en el que instalarme.

Encontraré un nuevo esposo y empezaré una nueva familia.

—Pronunció aquellas palabras con los rasgos firmes, como si haber perdido el anterior no le causara ningún pesar, pero yo sabía que eso no podía ser cierto.

Me bastó mirarla una vez para ver la emoción que brillaba en sus ojos, que indicaba que sentía la pérdida en lo más profundo de su alma.

—¿Un nuevo esposo?

Asintió.

—Estaba casada. Era un hombre decente. Sencillo. No sabía lo que yo era. No lo habría comprendido, pocos humanos lo hacen. Pero era bueno conmigo y lo echo de menos.

—Claro que lo echas de menos. Lo siento —respondí con sinceridad… Sabía qué se sentía cuando se perdía a alguien—. Yo también perdí a mi marido —añadí, sorprendiéndome a mí misma con aquella confesión.

Ella me miró con curiosidad.

—Pero eres una dragona.

Y los dragones no nos casábamos. Nos uníamos. Entre nosotros no había ni esposos ni esposas. Aquello era una convención humana.

Negué con la cabeza suavemente; no pensaba contarle mi pasado.

—Bueno, y ¿qué clase de bruja eres? —preguntó Kerstin.

Al parecer, una capaz de mezclarse entre los humanos… Hasta que el skelm había aparecido por allí y había destrozado su vida y el pueblo entero.

Sylvi miró a Kerstin un largo momento, con ademán frío, evaluador, como si estuviese sopesando de qué era capaz.

—Eso no tiene por qué preocuparte. No tardaré en irme.

Sería lo mejor, y no solo por el odio que latía entre ambas. La bruja no estaba a salvo en los Riscos, no entre los dragones. En Penterra, al menos, podría volver a confundirse con los humanos. Allí nadie la identificaría como bruja, siempre que no volviera a cruzarse con el skelm.

Yo también lo sentía. Lo que el skelm había reconocido en Sylvi cuando la habían encontrado en el pueblo, fuera lo que fuese. Lo que Kerstin había sentido en cuanto la había visto, lo que le había alertado de que era una bruja… Yo también lo sentía. Lo sentía y lo reconocía.

Cuanto más tiempo pasaba con Sylvi, cuanto más la miraba…, con más facilidad lo veía. Era una especie de aura que vibraba débilmente, un fulgor pálido que irradiaba de ella. Aquella era la marca de una bruja, y yo podía verla.

Era muy sutil. Me pregunté si siempre habría estado allí, visible a mis ojos, y simplemente nunca antes me había percatado de que existía, igual que no me había percatado de que era una dragona.

Cuando vivía en la Ciudad y me dedicaba a vivir mi vida en palacio, ¿habría habido también brujas a mi alrededor y yo, simplemente, no me había dado cuenta?

¿Si no las había visto era solo porque cuando me encontraba con una no sabía lo que tenía delante?

Qué clase de bruja era —y por qué no había sido capaz de usar su poder para escapar del skelm— era algo que no me sentía con derecho a preguntar. No sabía por qué, pero me parecía… maleducado. Entrometido.

—Vendrán a por vosotras dos —dijo Sylvi—. No será ni siquiera por mí, aunque eso también les enfadará. —Se encogió de hombros con suavidad—. Kaldr, sobre todo, disfrutaba mucho atormentándome.

—Y, si no es por ti…, ¿por qué? —pregunté.

—Dos hembras. —Me miró como si con esa información bastara, pero luego añadió—: Están desesperados por aumentar el grupo. No cuentan con muchas hembras.

Tragué saliva con esfuerzo, recordando la conversación en la que Vetr me había explicado lo importante que era que la manada creciese. Aquello empezaba a convertirse en un cuento demasiado recurrente.

—Además, una de vosotras es una piroexhaladora —prosiguió. Negó con la cabeza, dejando la mirada fija sobre mí—. No tienen dragones como tú. Irán hasta el último rincón de los Riscos para darte caza.

—Estupendo —masculló Kerstin, dando una patada a la nieve con la punta de la bota.

No, no era estupendo. No era estupendo en absoluto. Sabían que estábamos por allí, en algún lugar de los Riscos. Jamás dejarían de buscarnos.

—Mejor será que volvamos a la manada y aceptemos su protección —gruñó Kerstin.

—No —respondí al instante, de forma automática.

Kerstin me miró frustrada.

—Prefiero verme obligada a unirme a uno de los nuestros que terminar atrapada con uno de esos brutos del skelm. ¿Los has olido? No creo que se hayan bañado en toda su vida.

—Yo no quiero verme obligada a hacer nada.

Vivir en la manada, no vivir en la manada. Unirme a un dragón, no unirme a un dragón. Criar o no criar. Vivir entre los humanos o no vivir entre los humanos. Aquellas eren mis opciones, lo entendía. Pero la elección sería mía. Era yo quien iba a decidir.

Sylvi esbozó una pequeña sonrisa.

—Ni tú ni nadie —dijo.

Me sentí estúpida entonces. Como alguien quejándose del tiempo a pesar de no poder hacer nada por cambiarlo.

—En fin. —Kerstin suspiró y dio otra patada a la nieve—. Si no vamos a volver a la manada, tendremos que ir hacia el sur, igual que ella. —Resopló—. Quizá nos vaya mejor con los humanos. —Soltó las palabras como si nada; era evidente que no las decía en serio.

Pero yo ladeé la cabeza, pensativa, reflexionando sobre esa idea.

—Pues quizá deberíamos —me oí decir.

Me miró con incredulidad.

—¿Ir hacia el sur? No. —Negó ferozmente con la cabeza—. No, no, no, no. Los dragones no viven fuera de los Riscos.

Le dirigí una mirada penetrante.

—¿Y por qué no?

Se quedó en blanco unos instantes. No sabía qué decir. Abrió y cerró la boca varias veces y, por fin, respondió:

—Porque las cosas nunca se han hecho así.

—Bueno, pero las cosas están cambiando, ¿no? Y no es seguro que sigamos caminando por aquí, sin rumbo. —Señalé a nuestro alrededor.

Ella enarcó una ceja.

—¿Y qué hay de Fell?

La flecha dio en la diana. Kerstin había apuntado con astucia.

Me puse muy roja. Miré a Sylvi, pero luego aparté la vista, ocultándome de sus ojos demasiado perspicaces.

—¿Quién es Fell? —preguntó. Yo negué con la cabeza—. ¿Tu marido?

Me volví bruscamente hacia ella, molesta por su perspicacia. ¿Formaba parte de sus dones de bruja?

—Pero también es un dragón —añadió la bruja—. Como tú.

Kerstin respondió por mí:

—Sí. El skelm se lo llevó y lo sometió a un enterramiento. Pero dejaron libre a su hermano, a cambio de…

—De una mina —terminó Sylvi por ella.

—Ah, sabes lo que ocurrió. —Kerstin la miró con una desconfianza renovada, como si, de algún modo, la bruja fuese la responsable de los actos del skelm. Tras soltar un bufido desdeñoso, se volvió de nuevo hacia mí—. Entonces ¿quieres ir hacia el sur y olvidarte de Fell?

La fulminé con la mirada sin esconderme.

—Jamás podría olvidarme de Fell —le dije con la voz contenida.

Doblé los dedos hacia dentro para acariciarme un momento la palma enguantada, donde la piel se había quedado dormida.

Seguía sin sentir nada. Y, cuando se trataba de Fell, esa ausencia de sensaciones iba acorde con lo que había ocurrido en mi interior.

Estaba adormecida, insensibilizada, algo que me había esforzado mucho en conseguir.

Porque había decidido que insensibilizarme era, por mucho, preferible. Mucho mejor eso que el anhelo, la pena o la furia, que todas las emociones que había sufrido desde que lo había perdido, porque ninguna de ellas me había servido demasiado.

—Pensaba que querías hallar dónde lo había enterrado el skelm —insistió Kerstin.

Y me sobrevino entonces la misma impotencia que de costumbre.

—¿Y cómo quieres que lo haga? —Le hablé con más brusquedad de la que pretendía.

Kerstin sabía que era imposible, y me parecía cruel que se comportara como si tuviéramos alguna oportunidad de encontrarlo.

Como si yo me estuviera rindiendo, cuando ella misma me había explicado lo absolutamente imposible que era conseguirlo.

—Yo puedo llevarte.

Las palabras cayeron en el aire como rocas, una tras otra.

Tardé unos instantes en comprenderlas. Me la quedé mirando.

Parpadeé. Di vueltas a cada una de ellas, como si quisiera examinarlas una a una para encontrarles el sentido.

Las reproduje de nuevo en mi mente, resistiendo al impulso de abandonarme a ellas…

, de dejar que la esperanza volviera a apoderarse de mí.

Kerstin y yo cruzamos una mirada, y me pregunté si yo parecería igual de perpleja. Fue ella la primera en encontrar la voz.

—¿Cómo has dicho?

—Yo estaba allí cuando el skelm lo enterró.

—Sylvi me miraba fijamente, con esos agudos ojos, casi de otro mundo, clavados en mí.

Sus palabras se me antojaron como una mano metiéndose dentro de mí y sacando todo lo que tenía dentro, abriéndome de par en par y desnudándome hasta el alma—. Te puedo llevar.

Me mordí el labio unos instantes antes de responder:

—¿Y por qué harías eso? ¿Por qué querrías ayudarnos?

—Me habéis salvado. —Se encogió de hombros—. Mi madre siempre decía que no había que estar en deuda con nadie. Pagaré mi deuda y luego me marcharé.

Kerstin y yo intercambiamos una mirada.

—Muy bien —dije, alzando la barbilla. Por supuesto que iba a aceptar su oferta—. Llévanos hasta él.

—Tamsyn —me advirtió Kerstin con los dientes apretados, mirando a Sylvi con recelo—. No te puedes fiar. ¡No sabemos nada sobre ella! ¡A saber adónde nos lleva!

Estudié el pálido rostro de la bruja. Tenía la piel casi translúcida, sus delgadas venas azuladas se atisbaban bajo la superficie. Si era de fiar o no, no importaba. No pensaba irme si existía la oportunidad, por remota que fuese, de liberal a Fell.

Alcé una mano para acallar a Kerstin. Con la mirada fija en Sylvi, respondí:

—Adelante, tú primero.