La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 22. Tamsyn
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22. Tamsyn

Tamsyn

M e sentía terriblemente sola en lo alto de aquella cresta, con el viento azotándome desde todas partes.

Contemplé a los dragones que se habían llevado a Fell, y recordé la primera vez que los había visto, al menos a algunos de ellos, durante mi vuelo con Fell del Borg a los Riscos. Recordé el terror que había sentido al verlos aparecer a mi lado.

Recordé cómo nos habían atacado, abalanzándose sobre nosotros con una brutalidad pasmosa, tratando de derribarnos a pesar de no saber nada sobre nosotros. Era suficiente para que me entraran ganas de dar media vuelta, olvidar ese intento de rescate y poner tierra de por medio.

La tregua no me protegería de ellos. Vetr había acordado esa tregua para sí mismo y para la manada.

Allí, sola, yo no formaba parte de la manada.

Allí estaba sola, y esos otros dragones podían capturarme y reclamarme como suya, tal como habían hecho con la hermana de Brenna, poseerme como habían hecho con esa pobre criatura que roía un hueso como un animal famélico.

Y, sin embargo, seguía sin ser capaz de moverme de donde estaba.

La noche aullaba a mi alrededor. Me quité los guantes y seguí soplando calor en las palmas de mis manos, con cuidado de que el resplandor rojo de mi aliento no escapara de su refugio.

Me recordé que había estado sola antes, perdida en el skog, justo después de transformarme, justo después de incinerar a Arkin hasta convertirlo en un montón ardiente de cenizas.

Habían sido tiempos terroríficos. En ese momento, me pareció que nunca había estado tan sola, pero ahora estaba allí. Una clase distinta de soledad.

La desolación amenazaba con engullirme. Estaba allí, esperando en la oscuridad, sin saber qué paso daría a continuación, sin saber cómo me las iba a arreglar para liberar a esa bruja de sus captores.

Observé y esperé alguna señal, que me sobreviniera alguna idea mientras ellos se acostaban, mientras los movimientos del campamento empezaban a apagarse.

Me quedé un poco adormilada sobre la cresta, en un saliente de dura piedra, expuesta a la nieve y a un viento afilado como un cuchillo.

Estaba medio dormida cuando la señal apareció por fin, pero bastó para que me despertara de golpe, alerta.

Justo cuando pensaba que el skelm ya había dado la noche por terminada, uno de ellos se volvió a poner de pie.

Era la misma mole de antes. Se acercó a la bruja, que estaba encorvada en el suelo.

La agarró de un codo y la obligó a levantarse para luego llevársela a cierta distancia del campamento, adentrándose en los árboles.

Ella tenía que caminar el doble de rápido para seguirle el ritmo.

Me puse tensa y me incorporé un poco al darme cuenta de que se dirigían al mismo lugar donde los otros habían ido varias veces, presumiblemente a hacer sus necesidades lejos de donde dormían.

Aquella era mi oportunidad. Tal vez la única que se me presentaría.

Me di la vuelta, cogí el morral, me lo colgué y bajé por la pendiente del promontorio con el paso acelerado y resbalándome. Por suerte, el viento tempestuoso de la noche disimuló mi bajada, que fue todo menos sigilosa.

Aminoré la marcha al llegar abajo y me abrí paso con cautela en la oscuridad, casi sin respirar.

Mi corazón era como un caballo desbocado dentro de mi pecho.

Estaba a la altura del campamento, del que me separaban unas pocas decenas de metros.

Las siluetas de sus cuerpos dormidos me llenaban de terror.

Quería poner entre ellos y yo tanta distancia como me fuera posible.

Me mordí el labio reseco hasta notar el sabor de la sangre mientras seguía reptando como una sombra, deseando ser invisible, deseando ser un visiocriptor para poder desvanecerme en un segundo.

Me adentré entre los árboles y seguí abriéndome paso entre la maleza hasta que oí los ruidos del gigantesco ónice y la bruja: el crujido de las hojas, los pasos sobre la nieve compacta.

—Date prisa, ¿quieres? —le ladró él junto a una retahíla de maldiciones—. Me estás haciendo perder sueño. Ya me podrías haberme dicho antes que tenías que mear.

Me volví sigilosamente a mirar para asegurarme de haber dejado el campamento atrás. Podía dar buena cuenta de la mole. Solo era uno. Podía cogerlo desprevenido. Temblaba de miedo solamente de pensarlo, pero sobre todo porque todavía no sabía qué haría. ¿Me atrevería a… matarlo? ¿Sería capaz?

No sabía qué haría mi dragona. ¿Sería como lo que había ocurrido con Arkin? ¿Tomaría mi instinto las riendas? Fuera cual fuese el caso, iba a confiar en que ella —en que yo— supiera qué hacer.

Primero vi a la mole. Estaba cambiando el peso de su cuerpo de un pie a otro, nervioso.

Me daba la espalda, que era enorme, y veía su larga melena negra sobre su capa de piel.

Ni siquiera se había molestado en darle a la bruja un poco de intimidad.

Estaba acuclillada a unos metros de distancia, haciendo sus necesidades, y él seguía refunfuñando y maldiciendo.

No estaba atento al suave crujido de mis pasos.

Pero yo tampoco estaba atenta.

No tanto como habría debido. Estaba demasiado confiada de haberme alejado lo suficiente de los demás.

Por supuesto, debería haber pensado que habrían puesto un vigilante, alguien apostado más allá del campamento, fuera de mi campo de visión, cuando estaba observándolos desde lo alto.

O quizá uno de esos dragones que había creído dormido no lo estaba en realidad.

Fuera como fuese, me habían visto, y cuando me di cuenta de mi error ya era demasiado tarde.

De repente, oí unos pasos que corrían tras de mí. Casi se me salió el corazón por la boca. No conseguí ni volverme del todo hacia la amenaza antes de que me embistiera y me lanzara bien lejos, derribándome sobre la nieve compacta.

Me recordó a todas esas veces que me habían hecho morder el polvo en la arena, solo que esta vez me habían embestido aún con más fuerza, con más brutalidad que en cualquier combate que hubiese soportado durante mis entrenamientos.

Caí de lado y el dolor del impacto se propagó por mi hombro, tan fuerte que me castañetearon los dientes e hizo que mi costilla, que todavía no se había curado del todo, chillara de dolor.

—Vaya, vaya, un pajarito ha decidido hacernos una visita.

—Esto no es ningún pajarito.

Alcé la vista para ver quién me había derribado. Dos dragones de ónice se cernían sobre mí, el que yo había seguido y el que me había derribado. Intercambiaron una mirada de satisfacción antes de volver sus despiadados ojos negros e iridiscentes hacia mí.

—¿Es eso…?

—Una piroexhaladora —lo interrumpió el otro, acercando su manaza hacia mí.

Maldito fuera mi pelo. Me delataba cada vez, al menos ante aquellos que sabían lo que tenían delante. Pero, por supuesto, no era eso lo único que me descubría. Mi piel se sonrojó de calor, se estiró y se estremeció, tensándose y vibrando de un modo que anunciaba que mi dragón se acercaba.

Me bastó un vistazo al dorso de mi mano para confirmarlo. Mi piel se emborronaba y centelleaba, resplandeciendo levemente, como ámbar atrapado en la luz del sol, aunque fuese de noche. Lo vi yo y lo vieron ellos también. Lo sabían.

—¿De dónde ha salido? —preguntó la mole, que parecía contrariado porque me hubiese acercado tanto sin que me hubiera descubierto y porque hubiese estado tan cerca de vencerlo.

—Da igual. Ahora es nuestra.

«Nuestra».

Como si yo no fuese más que un objeto que pudieran poseer. Aquellas palabras fueron suficientes para prender la mecha de mi furia. Un súbito impulso de supervivencia. No. Yo no sería propiedad de nadie.

En ese momento eran solo dos. El resto del grupo sería alertado de un momento a otro. Tenía que actuar.

Abrí la boca para expeler un torrente de fuego, pero ya se lo esperaban. Fueron rápidos, más rápidos que yo. Una mano me agarró del tobillo, me arrastró y me dio la vuelta.

Me aplastó la cara contra el suelo para que no pudiese escupir mi fuego hacia ninguna parte —ni hacia nadie— que importase, hacia ninguna parte que me pudiera ser de ayuda.

Se me llenó la boca de nieve. Me retorcí, atragantándome, tratando de liberarme, pero uno de ellos me puso la bota enorme sobre la espalda, clavándomela en la columna con un terrible crujido, y me inmovilizó.

Mi costilla chillaba y palpitaba de dolor.

Ellos se rieron.

—Ve a despertar a los demás —ordenó la mole—. Enséñales lo que hemos atrapado.

El otro ónice obedeció. Torcí el cuello para mirarlo, para ver su rostro de satisfacción mientras se alejaba.

Pero no pude ver nada.

Porque el suelo se hinchó de repente, elevándose en una enorme ola bajo nosotros, como si una bestia inmensa hubiera despertado para sacudirse la piel de la tierra de la espalda y quitarse a ese dragón de encima.

La tierra se levantó por todas partes como un gran maremoto, cegándome ante todo lo que me rodeaba. Parpadeé rápidamente ante la avalancha, luchando por recuperar la visión y, a través del monzón de tierra y nieve, vi cómo el suelo agarraba al dragón de ónice que había empezado a alejarse.

Y aún hizo más. La tierra se abrió, partiéndose en una enorme grieta, y se lo tragó, lo engulló, para luego cubrirlo a toda prisa. Lo enterró tan de golpe que no le dio tiempo ni a gritar antes de que la boca se le llenara de nieve fangosa.

La presión de mi espalda desapareció. Rodé hacia un lado, libre, y miré hacia todas partes, tratando de entender lo que había ocurrido.

El dragón ya no estaba. Había desaparecido.

Estaba enterrado en las profundidades de la tierra.

Ahora solo quedaba uno, la mole del principio, que se hallaba de pie sobre una tierra que de repente se había quedado quieta.

La nieve y el barro se recolocaron en su sitio, y el suelo dejó de doblarse y de cambiar.

Pero ¿cómo era posible?

Y entonces la vi. Era Kerstin.

Exhalé un fuerte suspiro de alivio. ¡Había vuelto! Al final, no me había abandonado.

Parecía a punto de desplomarse. Se estaba tambaleando, con las piernas abiertas y las manos suspendidas en el aire. Dio un paso torpe y tembloroso, y los brazos, que también temblaban, cayeron a los lados de su cuerpo como si de pronto pesaran demasiado.

—¡Kerstin! —grité.

El ónice reaccionó de inmediato y se abalanzó sobre ella. Era evidente que había llegado a la misma conclusión que yo.

Que aquello lo había hecho ella. Que había sido ella quien había arrastrado a su camarada a las profundidades de la tierra.

Lo vi todo como si ocurriera muy despacio, en una horrible sucesión.

Él fue a por Kerstin.

Y ella, debilitada tras haber usado su talento en un raro despliegue de fuerza, trató de alzar las manos para defenderse, pero no pudo hacerlo.

Me di cuenta enseguida: no lo iba a lograr.

Él ya casi había llegado hasta ella: tenía los brazos estirados, con las garras surgiendo de las puntas de sus dedos, preparado para despedazarla.

Cerré los ojos con fuerza, un solo instante. Y, cuando los abrí, el mundo era distinto. Mi visión había cambiado, se había aguzado. Lo veía todo con una claridad infinita, a todo color, incluso en mitad de la noche.

Y absorbí todo aquello en un instante, el mismo en el que el fuego brotaba de mí, llameando en el aire y devorando al ónice en un estruendoso incendio.

Sentí el crujido y la tirantez de mis huesos, el ardor crepitante de mi piel febril, mientras exhalaba ríos y ríos de fuego.

Mi dragona trataba de surgir bajo la ropa, pero resistí.

En esto había mejorado: se me daba mejor controlarme, gestionarme a mí misma.

Ya era capaz de recurrir a partes de mi dragona sin transformarme por completo, a no ser que quisiera.

La mole se desplomó a los pies de Kerstin. No había logrado alcanzarla: el fuego ya lo estaba devorando. Ya no era más que un cuerpo, carne ennegrecida bajo las llamas ardientes que derretían la nieve y carbonizaban el suelo a su alrededor.

Volví a tragarme el fuego, guardándolo dentro de mí misma.

Fui hacia Kerstin, no sin antes contemplar a mi paso el montón de carne y huesos carbonizados que yacía en el suelo.

Un momento que ya había vivido. Quizá no fuese tan impactante como la primera vez, pero no por ello era menos terrible.

Yo no quería matar a nadie. No quería ser una criatura capaz de extinguir una vida con tanta facilidad. No quería que esa fuera mi normalidad.

Kerstin seguía jadeando violentamente, agotada tras su esfuerzo. Yo nunca la había visto hacer algo como aquello. Cuando entrenábamos, apenas era capaz de mover la tierra de la arena, y mucho menos de hacer algo así.

—Has estado increíble —murmuré.

—Ya. Tú también. —Exhaló con el aliento tembloroso y se apoyó en mí, como si necesitase que la sujetara—. No sabía que era capaz de tanto. Es una pena que no hubiera aquí nadie de la manada para verlo.

—Supongo que nunca sabes de qué eres capaz de hacer hasta que te toca —murmuré, recordando cómo había logrado yo, por fin, controlar mi sangre cuando Stig me había azotado.

—Siento interrumpir este bonito momento de alabanzas mutuas, pero deberíamos largarnos de aquí.

Nos volvimos hacia la chica…, la mujer. La bruja.

Estaba de pie, observándonos con impaciencia.

Me había olvidado de que se encontraba allí. De que la mole la había llevado hasta ese lugar para que hiciera sus necesidades.

Nos miraba con aquellos ojos sabios rodeados de oscuras ojeras, solemnes, debajo de la capucha.

Seguíamos estando en peligro: el campamento del skelm estaba a metros de distancia.

—Sí, tenemos que irnos —coincidí.

La bruja asintió.

—Allí duerme un dragón térreo que no sería ni por asomo tan fácil de derrotar como estos dos. Podría derrumbar una montaña entera si quisiera. Lo he visto.

—Pues no creo que nos gustara mucho enfrentarnos a él. —Miré a Kerstin.

—En absoluto —respondió ella. Asintió con vehemencia mientras miraba a la bruja con desconfianza.

Escapamos las tres juntas, conscientes de que el tiempo de huir era precioso.

No tardarían mucho en darse cuenta de que les habían atacado en mitad de la noche y les habían robado a la bruja en sus narices.

Esperaba que ese momento no llegase hasta la mañana, pero, aun así, eso solo nos daría unas horas.

Para entonces deberíamos estar muy lejos de allí.