La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 21. Tamsyn
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21. Tamsyn

Tamsyn

E speramos varios minutos para asegurarnos de que el skelm se hubiese alejado lo suficiente antes de bajar del árbol.

—Nos hemos librado por poco. —Kerstin se limpió las manos en los pantalones—. Creo que habría preferido enfrentarme a los lobos que al skelm.

Asentí sin decir nada mientras miraba en la dirección por la que se habían marchado. Todavía veía esos inquietantes ojos enmarcados por un rostro macilento clavados en mí.

—Nos ha visto —susurré, a pesar de que ya no había razón para ello.

—Hum… Sí. —A Kerstin no parecía importarle mucho—. Por suerte para nosotras se ha quedado calladita.

—No tenía razón para desearnos nada malo.

—¿Tú crees?

La miré sin comprender.

Kerstin ladeó la cabeza y me observó, pensativa.

—A veces olvido…

—¿Qué olvidas?

—Lo poco que sabes —terminó. Las palabras parecieron deslizarse de su lengua con la mayor naturalidad, como si nada, como si nada en ellas pudiera ofenderme o afectarme—. Era una bruja.

Traté de ignorar la punzada de fastidio que me provocó su respuesta, aunque no se equivocaba.

Me habían criado en un mundo en el que se había eliminado la magia, en el que incluso se proclamaba que estaba muerta.

Nadie hablaba de ella, salvo en los cuentos que relataban los bardos, en los que se trataba como algo de ficción…

, como un entretenimiento que no debía tomarse en serio.

—Las brujas se merecen todo lo malo que les pase —sentenció Kerstin, arrugando los labios en un gesto de desdén.

Sus palabras de odio resonaron en mí como el tañido de un martillo contra una roca.

Solo que… Yo no odiaba a las brujas. Sabía que se suponía que debía hacerlo. Era lo que me correspondía hacer, como dragona que era. La maldición de Vala lo había cambiado todo para nosotros, y no precisamente a mejor. Podíamos atribuirles a ellas directamente la aniquilación de miles de dragones.

Volví a mirar hacia la dirección en la que se había ido el skelm, como si fuesen a reaparecer en cualquier momento.

—¿Cómo sabes que era una bruja?

—Hace ya un tiempo que sabemos que en el skelm tienen una bruja.

No sé de qué tipo. —Se encogió de hombros—.

Y la verdad es que no importa. Es su sierva.

La capturaron en una de sus incursiones a las Tierras Fronterizas o a Veturlandia, no lo sé.

—Se volvió a encoger de hombros, como si aquel fuese un detalle irrelevante—.

Vivía en un pueblo, fingiendo ser una humana entre los demás vecinos.

Es lo que hacen, ¿sabes? Intentan mezclarse entre ellos.

Sí. Sí, lo sabía.

Me sentía identificada. Suponía que era lo mismo que había estado haciendo yo, al menos durante los primeros veintiún años de mi vida. Había vivido en palacio, jugando a ser humana, tratando de encajar.

—Es su sierva —murmuré. Las palabras me sabían amargas. Aquello explicaría lo huecas que tenía las mejillas, los hombros flacos y huesudos que se intuían bajo la capa, esos ojos que parecían tan vacíos como pozos.

—¿Te lo imaginas?

¿Si imaginaba lo que era estar bajo el yugo de otros? No era tan difícil. No, tras haber sido la muchacha de los azotes. No después de haber escapado de Stig y de su regimiento de mil hombres.

Recordé al bruto que la había abofeteado y me volví a estremecer, como si yo misma hubiese sentido el tortazo. Sabía demasiado bien lo que era sentir dolor a manos de otros. Ese recuerdo estaba bien fresco en mi mente. Y tal vez fuese extraño, pero, si podía ahorrárselo a ella, lo haría.

Kerstin señaló hacia delante y empezó a caminar en la dirección opuesta en la que se habían ido ellos, aplastando el suelo cubierto de nieve, que crujía bajo sus botas.

—Seguimos por aquí, supongo.

—No. —Me sorprendió el sonido de mi propia voz.

Kerstin me miró enarcando las cejas en un gesto interrogante.

—¿No?

Señalé el camino de huellas que había dejado el skelm a su paso.

—¿Quieres ir detrás de ellos? —Su expresión vaciló con incertidumbre, como si estuviera a punto de echarse a reír, pero algo en la mía la hubiese detenido. Me miró con el semblante grave—. ¿Lo dices en serio?

—Quiero seguirlos.

—Lo que quieres es evitarlos, no seguirlos. Deberías saberlo ya, después de lo que le hicieron a Fell.

Sí, lo sabía. Y precisamente por eso sentía una ferviente compulsión de ir tras ellos.

—Tampoco es que vaya a acercarme a ellos y saludarlos. Mantendremos las distancias. —Coloqué el pie derecho en una de las profundas huellas que habían dejado—. Son los que enterraron a Fell.

Kerstin relajó los hombros al comprenderlo por fin.

—¿Y qué tienes pensando? ¿Sacarles la información de la ubicación de…?

—No tengo ningún plan —la interrumpí. No quería que diese voz a lo poco probable que era que me revelaran dónde estaba enterrado Fell—. Solo sé que tengo que hacerlo.

Pasamos el día siguiéndolos, guardando las distancias y manteniéndonos bien alejadas de su vista. Empezó a nevar. No era una nevada al nivel de un temporal, pero era suficiente para esconder nuestro olor y para que el viento consumiera los ruidos que pudiéramos hacer mientras íbamos tras ellos.

Cuando se puso el sol, aprovechamos la oscuridad para acercarnos más, avanzando con cautela sobre una colina que daba a su campamento.

Curvé los dedos hacia dentro y acaricié de forma involuntaria mi palma silenciosa.

Era un acto tan automático como el de respirar.

Una tarea sin esperanza. Hacía días que no sentía a Fell.

Él no podía decirme dónde estaba…, pero ellos sí.

Lo habían encerrado bajo tierra en algún lugar que solo conocían ellos.

Eran lo único que me conectaba a él, ahora que lo que me unía a él en mi interior había enmudecido.

Nos arrastramos sobre la nieve para acercarnos más a ellos…, para ver mejor.

Desde lo alto, vimos cómo se preparaban para pasar la noche. Al cabo de un rato, sentí que Kerstin suspiraba a mi lado.

—¿Qué hacemos aquí, Tamsyn? Vámonos antes de que perciban nuestro olor.

Alcé la cara hacia el viento feroz.

—No nos va a pasar nada. Hace demasiado viento.

—Sí, pero ¿cuánto va a durar? ¿Y si deja de soplar por la noche, mientras dormimos, y no nos damos ni cuenta? Podrían venir a por nosotras cuando no estemos ni despiertas para defendernos. Larguémonos de aquí mientras podamos.

Tenía razón. Lo más razonable era irnos.

Y, sin embargo, vacilé, observando a la delgada figura acurrucada entre ellos en busca de señales de vida, de algo que me hiciera compadecerla un poco menos para poder mentirme a mí misma, fingir que la situación en la que estaba no era tan terrible y marcharme con la conciencia limpia.

Se acercó a ella uno de sus captores, una masa de músculos gigantesca y oscura como una montaña, silueteada contra el aire púrpura.

Mientras caminaba inestable, arrancó de un mordisco un pedazo de carne de un hueso del tamaño de un fémur, y me di cuenta de que iba bebido.

Al parecer, en esas cantimploras que llevaban no había agua.

Era probable que estuviera borracho de vino de bayas verda.

Le dijo algo a la bruja. Las palabras eran ininteligibles, pero el tono se entendía bien. Reconocí la burla. El odio inherente en ellas.

Ella no levantó la vista, pero no importaba. Él no necesitaba una respuesta.

Le lanzó el hueso, golpeándola tan fuerte que ella se encogió, y él soltó una carcajada que resonó en el aire. Luché contra la ira que estalló de repente en mi interior, llenándome con su calor.

—Vaya, es encantador —masculló Kerstin.

La montaña se dio la vuelta y vi que la chica diminuta se abalanzaba sobre el hueso en el suelo.

Su carita pálida era como una pincelada entre las sombras.

Cuando vi fugazmente sus dientes, arrancando con ansias la poca carne que quedaba sobre el hueso, exhalé.

En fin. Nada de todo aquello me iba a hacer compadecerla menos.

Kerstin me tiró del brazo.

—Vámonos, Tamsyn. Es su sierva y una bruja. —Añadió lo último como si fuese la peor ofensa de todas, quizá incluso peor que ser humana—. No podemos hacer nada por ella. Las cosas son como son.

Una sierva. Vetr nunca había capturado ningún siervo para la manada, y, ciertamente, podría haberlo hecho. Para mí, era una más de las cosas que diferenciaban a la manada del skelm.

Una sierva. Pensé en lo que significaba.

Una esclava. Alguien a quien utilizaban y manipulaban.

Alguien que debía soportarlo todo, alguien que debía aceptar y aguantar el dolor.

Sierva. Muchacha de los azotes. Comprendí que no era tan distinto, y me estremecí al pensarlo.

A aquella chica la utilizaban, la maltrataban y la mantenían cautiva para satisfacer los caprichos de otros. Ni siquiera su magia era suya.

Mi vida había sido parecida a eso cuando vivía en palacio. Simplemente, iba mejor vestida y me permitían sentarme en la mesa de mis captores y cenar junto a ellos.

«Las cosas son como son». Pero no deberían ser así. Que se hiciesen así, que se aceptasen así, no significaba que fuesen correctas.

—Ayudémosla —me oí susurrar de repente. Se me había prendido un fuego en las entrañas.

—¿Que la ayudemos? —La mirada bronce de Kerstin brillaba en la oscuridad—. Eso es una locura. Es una bruja. Las brujas no son amigas de los dragones.

Negué con la cabeza con suavidad. La imagen de Thora afloró en mi mente. Recordé que había sido amable conmigo. Ella sí había sido mi amiga cuando me había encontrado sola y asustada. Podría haberme abandonado, podría haberme echado de allí, pero me ayudó.

Humanos, dragones, brujas… ¿Por qué teníamos que estar enfrentados? ¿No nos habíamos matado suficiente? ¿No habíamos sembrado suficiente destrucción? ¿Acaso no podíamos, simplemente… coexistir?

Miré a Kerstin a los ojos.

—Yo la voy a ayudar.

Y, una vez que hube afirmado aquellas palabras, supe que eran ciertas. Que lo decía en serio. No tenía ni idea de cómo me las arreglaría, pero, de un modo u otro, lo haría.

La mirada de Kerstin osciló varias veces de mí a la desventurada figura.

—¿Y qué esperas que pase? Aunque consiguieras bajar ahí a hurtadillas sin que te pillaran, cosa que harán, ¿te crees que después te dará las gracias y un fuerte abrazo? No. Eres una dragona. Es lo único que verá. Una enemiga. En cuanto le des la espalda, en cuanto pueda, acabará contigo.

—Las brujas no pueden matar con hechizos —rebatí. Había muchas cosas que no sabía sobre las brujas, pero eso sí lo sabía.

Ella ladeó la cabeza.

—Eso es cierto, pero tienen otras formas de sembrar el caos y la destrucción. Podría convertirte en cabra, o algo así. —Soltó un ruidito que podría haber sido una risa, pero que enseguida se convirtió en una especie de sollozo—. Por favor, Tamsyn. Vámonos de aquí.

Hinché el pecho y exhalé con fuerza; mi aliento cálido formó una nubecilla en el aire frío.

—La voy a liberar. Puedes ayudarme o no. Entenderé que no puedas…, pero yo lo voy a hacer.

Kerstin volvió a mirar a la muchacha ovillada entre el grupo de dragones.

«No es una muchacha», me recordé. Era una bruja, y haría bien en recordarlo.

En eso, Kerstin no se equivocaba. Una vez que la hubiera liberado, tendría que mantenerme alejada de ella y decirle que se fuera por su camino.

Una cosa era tratar de ayudarla y otra cometer una estupidez. Y yo no pensaba ser estúpida.

—¿Qué estamos haciendo, Tamsyn? —La frustración le hizo alzar la voz, y tuve que pedirle con gestos que no hiciera ruido. Continuó hablando con voz ronca—: Pensaba que estábamos intentando encontrar a Fell.

—¿Y cómo voy a encontrarlo si ya ni siquiera puedo sentirlo? —Negué con la cabeza con vehemencia y apreté los dientes, decidida.

No podía salvar a Fell, pero tal vez pudiera salvar a aquella chica.

Había perdido tanto… A Fell, el esposo que tanto había empezado a necesitar, al que ansiaba con cada bocanada de aire que respiraba.

El hogar y la familia que pensaba que tendría para siempre.

A Stig. Su traición y haberlo perdido eran una gruesa cicatriz, cuyo tejido deformado seguía causándome punzadas de dolor de vez en cuando.

Y, por si eso fuera poco, Alise se había convertido en su esposa, una herida profunda que me haría sufrir durante el resto de mis días.

Extinguí de golpe esos dolorosos pensamientos. No me servían de nada. Nada de todo eso podía deshacerse.

En cambio, esa bruja y lo que le estaba ocurriendo… Eso sí.

Yo podía deshacerlo.

Fuera lo que fuese yo, fuera lo que fuese en lo que me había convertido… No era alguien capaz de quedarse de brazos cruzados mientras otro sufría, ya fuera humano, bruja o dragón.

Y, como si tuviera un asiento de primera fila a mis pensamientos más íntimos, Kerstin miró de nuevo a la bruja prisionera y dijo:

—Sabes que salvarla a ella no es lo mismo que salvar a Fell, ¿no? —¿Y qué significaba eso? ¿Que salvarla no era lo correcto, no era honroso o no merecía la pena?

Inhalé profundo, temblorosa.

—Sigue siendo alguien. Alguien que no merece lo que le ha ocurrido.

Kerstin negó con la cabeza.

—No deberías.

—He de intentarlo.

—Entonces tendrás que hacerlo sola —replicó—. Lo siento. —Su tono sombrío no me parecía de disculpa. Su sesgo contra las brujas estaba demasiado enraizado para que lo fuera.

Tras dirigirme una última mirada que me dolió como una espada arañándome la piel, se dio la vuelta hacia el atardecer y empezó a alejarse, agachada, por si acaso a alguno de los de abajo se le ocurría levantar la vista.

Yo volví a mirar a la bruja, que seguía encorvada en el suelo. Sus hombros flacos subían y bajaban como las esquinas gemelas de una pala mientras roía con desesperación el hueso que le habían tirado.

No me volví a mirar cómo Kerstin se alejaba. Me limité a escuchar los suaves sonidos de su partida hasta que dejé de oírla. Hasta que se hubo marchado, engullida por la nieve y el viento.