La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 20. Tamsyn #2
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20. Tamsyn #2

Vestían de forma parecida a nosotras, con pieles y prendas de lana gruesa.

Su olor fétido me llegó a la nariz y hasta me empezaron a escocer los ojos: era agrio como cebollas podridas.

O bien no se bañaban, o llevaban mucho tiempo viajando.

Tenían un aspecto tan salvaje como cualquier animal que habitase los Riscos, con melenas largas que caían por su espalda, apelmazadas y enredadas.

Casi todos ellos tenían el pelo negro, con un lustre púrpura que indicaba que eran dragones de ónice. Los más fuertes, los más fornidos, y los más comunes, los soldados rasos de toda manada, gracias a su increíble tamaño y su gran fuerza.

A Kerstin le temblaba la mano. Que estuviera asustada me decía todo lo que necesitaba saber sobre ellos. Había una razón para tenerles miedo. Hubiera tregua o no.

El skelm.

Se me hizo un nudo en el estómago. Deseé que fuesen lobos. Los lobos eran simples: cazaban, mataban y se alimentaban. No torturaban. No maquinaban ni ideaban tormentos para infligírselos los unos a los otros. No, eso solo lo hacían los dragones. Y los humanos. Quizá también las brujas.

Observé al grupo de desaliñados individuos.

Llevaban las pieles de varios lobos; dispuestos los pelajes en unos palés de madera que arrastraban.

Al menos no estaban allí porque nos estuvieran dando caza a nosotras.

Que se encontraran justo debajo de nuestros pies no era más que una desafortunada coincidencia.

Iban tras los lobos —los mismos que habíamos oído por la noche—, para obtener sus pieles y también para acabar con posibles depredadores.

Así funcionaba el mundo de los Riscos: o cazabas o eras cazado.

Continuamos observándolos, y esperando, y deseando ser invisibles.

No había nada que pudiéramos hacer más que quedarnos lo más quietas posible hasta que pasaran de largo.

Sabía a ciencia cierta de qué serían capaces esos dragones si nos descubrían. Lo que le habían hecho a Fell era una severa advertencia.

Respiraba despacio, con cuidado de no hacer ningún ruido. Dejé de llenar y vaciar mis pulmones del todo. El viento había amainado, por fortuna. Lo último que nos faltaba era que llevase su aroma a los dragones que había bajo nosotras.

Se sentaron en unas rocas que sobresalían de la nieve y sacaron sus cantimploras, de las que daban largos tragos mientras hablaban entre ellos. Parecían cómodos, como si tuvieran pensado quedarse allí un buen rato. Alguno de ellos incluso sacó algo de comer.

Kerstin y yo nos miramos preocupadas. ¿Cuánto tiempo se quedarían allí?

Al cabo de un rato, me empezaron a temblar los músculos del esfuerzo de estar tan quieta, pero no había nada que hacer.

Tendríamos que aguantar cuanto fuera necesario.

A pesar del aire congelado, en el labio superior de Kerstin resplandecían unas gotitas de sudor.

Me apretó la mano con fuerza cuando uno de los miembros del skelm, un hombre corpulento y gigantesco con tanto pelo negro en la cara como en la cabeza, arrastró a una figura delgada envuelta en una capa hasta la sombra del árbol en el que estábamos.

No me había percatado hasta entonces de ese individuo diminuto que llevaban con ellos.

El encapuchado era pequeño; era posible que fuese un niño.

Una capucha bien calada le ocultaba el rostro.

No se veía ni una pizca de piel por ningún sitio.

Entorné los ojos para ver a través de los huecos que dejaban las hojas y las ramas, y fue entonces cuando atisbé las muñecas y los dedos enguantados, tan delicados como los tallos de unas copas de vino.

Una cuerda ataba sus frágiles muñecas con saña, clavándosele en la tela azul de los guantes.

Me quedé sin aliento. Era una prisionera, que, además, no parecía tener fuerzas para resistirse.

Cuando él la colocó al pie del árbol, para luego darse la vuelta y dejarla ahí, ella se dejó hacer, fláccida como una muñeca de trapo.

Sin embargo, con la violencia del movimiento la capucha se le bajó lo suficiente para revelar un mechón de pelo dorado como el sol, y también una parte de su rostro.

Piel pálida, mejillas hundidas, unas ojeras oscuras como moratones bajo los ojos.

Alzó la barbilla, como si estuviera hambrienta por recibir la suave luz del sol que se colaba por entre las ramas. Sin embargo, no fue posible.

El bruto la miró y soltó un gruñido al ver que ella había levantado la vista.

Se fue hacia la cautiva y le dio un tortazo con tanta violencia que me estremecí, aunque el grito de ella sofocó cualquier sonido que se me pudiera haber escapado.

El tipo le agarró la capucha con las dos manos y se la volvió a bajar, reprendiéndola con una voz lo bastante alta para que llegase hasta nosotras.

—¡Te lo he dicho! ¡Esconde la cara de la luz!

Miré a Kerstin. Apretó los labios en una fina línea y negó con la cabeza una única vez pero con vehemencia, como si temiera que yo dijera o hiciera algo. Como si yo fuera tan estúpida como para emitir sonido alguno.

El bruto se reunió con sus hermanos haciendo caso omiso de la chica, sin ofrecerle comida o bebida. Supuse que los prisioneros del skelm no tenían derecho a esas atenciones tan básicas.

Contemplé la cabecita encapuchada, preguntándome quién sería y cómo habría acabado con ellos.

Se pusieron todos de pie. Se marchaban. Por fin.

Exhalé en silencio, llena de alivio.

El mismo bruto peludo de antes volvió, le gruñó a la chica algo ininteligible y la cogió de la cuerda. Le dio la espalda y tiró de ella para obligarla a seguirlo. No pude evitar preguntarme si sería el infame Kaldr. ¿O sería alguno de los otros?

La desgraciada muchacha lo siguió, dando un paso tras otro, pero, mientras lo hacía, alzó la cabeza y nos miró. Sus ojos entre dorado y avellana se clavaron en los míos, y vi en ellos un vacío que se me antojó interminable.

Kerstin también la vio: cogió aire con brusquedad a mi lado. El sonido fue un poco demasiado fuerte, demasiado audible, pero no fui capaz de lograr que en ese momento me importara. No con la mirada de la prisionera clavada en mí.

Kerstin me apretó la mano con fuerza, tanta que la presión hizo que me crujieran los dedos.

Su advertencia estaba clara, pero no sabía qué quería de mí.

No podía estar más quieta: congelada como una roca, inmóvil como el árbol en el que nos habíamos refugiado.

No parpadeaba. No respiraba. El frío me envolvía, y el calor perpetuo que había dentro de mí se extinguía como un viento al calmarse mientras esos ojos penetrantes me observaban.

Había pensado que era una chica por su diminuto tamaño, pero, ahora que la miraba, ya no estaba tan segura.

En sus ojos había un mundo de conocimiento, una riqueza de experiencias que podría haber dado para varias vidas, y recordé entonces que las brujas, como los dragones, vivían vidas extremadamente largas.

Quizá la mirada que nos dirigió duró solo un momento, pero a mí, allí agachada, tensa como la cuerda de un arco y haciendo equilibrios sobre una rama, se me antojó eterna.

Pero entonces bajó la cabeza y miró hacia delante, ofreciéndome solo la vista de su cabeza encapuchada. Sin dar muestra alguna de haber advertido que estábamos escondidas en una rama, siguió a sus captores.