20. Tamsyn
Tamsyn
A campamos temprano. Kerstin se olvidó de sus pies cansados y tomó las riendas, guiándome ella a mí.
Encontró una cueva. Tenía que admitir que se le daba mejor que a mí encontrarlas.
Era un instinto que yo no parecía poseer, un conocimiento de los Riscos que no me era inherente, y, además…
, mi fuerza de voluntad parecía haberme abandonado por completo.
Al menos, por esa noche. Esa noche, dejaría que ella cogiese el timón.
Colocó un poco de musgo bajo mi catre, me indicó con un gesto que me metiera en la cama y fue a buscar ramitas para encender un fuego.
Luego me trajo un trozo de madera para que lo encendiera, y yo obedecí, exhalando una llama de fuego que se rizaba en el aire.
Poco después, la hoguera crepitaba ante nosotras, arrojando sombras que danzaban por toda la estancia.
—Te sentirás mejor después de una buena noche de descanso —me dijo mientras me pasaba una manzana y un pedazo de carne seca de venado que había sacado de su morral.
La noche anterior habíamos asado un conejo al fuego, pero en ese momento no tenía muchas ganas de cazar. Y parecía que Kerstin tampoco.
Acepté la comida con los dedos entumecidos y la mirada perdida en las llamas danzantes.
—Ahora nunca podré encontrarlo.
Kerstin asintió con gesto sombrío.
—¿Quieres volver, entonces?
Alcé la mirada hacia ella con brusquedad. ¿Que volviera con Vetr y el peso de su mirada, el yugo de sus expectativas, su esperanza por nosotros? No. No podía hacerlo.
—Yo no puedo volver.
No podía volver a la manada y fingir que todo estaba bien. Que yo estaba bien.
—De acuerdo. —Kerstin lanzó el centro de su manzana a la hoguera—. Pues entonces no volvemos.
—Es muy amable de tu parte, pero tú tienes una vida esperándote en la manada, Kerstin. Es el lugar al que perteneces.
—¿Y a qué lugar perteneces tú?
Reflexioné unos instantes antes de responder.
—Estoy tratando de descubrirlo. —Me arrebujé bajo el manto de pelo.
—Bueno, pues yo no quiero volver. Así que ya pensaremos qué hacemos ahora. Juntas.
Me obligué a comer, dando un bocado a mi manzana, y me dije que quizá todavía podría encontrar a Fell.
Si deambulaba lo suficiente y abarcaba el terreno suficiente, si por casualidad pasaba cerca de donde estaba enterrado…
, quizá entonces se despertaría y se comunicaría conmigo. Por intentarlo no perdía nada.
Caminamos durante otra semana. Mi esperanza pendía de un hilo que estaba a punto de romperse.
Kerstin seguía a mi lado, apoyándome y animándome, pero notaba que a veces me miraba de reojo.
No me pedía nada: me seguía el ritmo y caminaba a mi lado a trompicones a través de la nieve y por los ásperos terrenos, sin interrogarme ni una sola vez sobre cuánto pensaba seguir antes de rendirme.
Y, si nos rendíamos, entonces ¿qué? ¿Adónde iríamos?
Era consciente de que estaba empezando a preguntárselo, pero yo no sabía la respuesta.
Solo sabía que no podía detenerme.
Todavía no.
—Hoy estás muy callada —comentó mientras acampábamos para pasar la noche.
—Solo estoy cansada.
No era mentira. El viaje era agotador, y mi cuerpo nunca dejaba de recordarme que no hacía mucho había estado destrozada, casi al borde de la muerte, con una vida tan frágil como la de la última hoja de otoño aferrada a la rama de un árbol. Pero no era solo eso.
Era también la energía que había gastado tratando de llegar hasta Fell.
Me había lanzado al vacío, arrojando una red con la esperanza de encontrarlo en algún lugar de ese plano, de ese éter en el que nos habíamos reencontrado…
Lo buscaba, estaba tratando desesperadamente de encontrarlo dondequiera que estuviese, y terminaba siempre con las manos vacías… Con nada.
No sé qué me despertó. Todavía no había amanecido. Parpadeé en el aire denso y me quedé quieta unos instantes, mientras fijaba la vista en las débiles llamas de la hoguera, permitiéndome sentir cada lamido abrasador como si fuese el aire que exhalaba de mí.
—¿Tamsyn? —me llamó Kerstin en voz baja. También estaba despierta.
Y entonces lo oí. Apoyé la mano sobre el suelo de la cueva, con los músculos tensos, preparados para pasar a la acción. Me coloqué en posición sentada y miré a mi alrededor.
Por encima del sonido de mi nombre…, un aullido atravesó largamente el aire. Un aire que se me antojaba más denso que cuando nos habíamos ido a dormir, que era viscoso como una sopa. Una pálida bruma se deslizaba a nuestro alrededor, enroscándose en nuestros cuerpos.
Lobos.
Nos quedamos muy quietas, congeladas en el miasma, con las miradas fijas la una en la otra. Nos comunicábamos en silencio. No necesitábamos palabras para entendernos.
Otro siniestro aullido se alargó en el aire, cerniéndose sobre nosotras.
No podíamos quedarnos allí, donde pudieran atraparnos. Así era como los lobos cazaban a los dragones. Eran expertos en esa estrategia.
En los días de la Trilla, nos rastreaban por los túneles hasta rodearnos y acorralarnos en nuestras guaridas. Nunca nos atacaban en un espacio abierto. Solo en cuevas como aquella perecíamos.
Kerstin y yo nos pusimos de pie, cogimos nuestros morrales y apagamos el fuego.
Nuestra visión se aclimató a la oscuridad; nuestras pupilas se agrandaron en la negrura.
Nos cogimos de las manos; necesitábamos esa conexión por razones que nada tenían que ver con la oscuridad y mucho con el pánico repentino que se había adueñado de nosotras.
Salimos de la cueva para aventurarnos en la noche, en el mundo salvaje, preparadas para emprender el vuelo si era necesario: si una manada de lobos aparecía ante nosotras.
Se oyeron más aullidos.
Uno, otro y otro más, respondiendo a la llamada apremiante del primero.
Estaban cerca. No tardarían mucho en percibir nuestro olor y acorralarnos.
Era lo que hacían. Se les había inculcado desde siempre.
A los lobos de antaño los habían alimentado con sangre de dragón.
A los primeros de todos, engendrados por el mismísimo Fenrir, los habían condicionado para ansiarla.
El sabor de la sangre de dragón y el hambre que les despertaba se remontaba hasta más allá de la memoria, estaba incrustado en lo más profundo de su ser.
Era una necesidad grabada en sus huesos.
Mi fuego era un arma útil según cuántos fuesen los adversarios a los que nos enfrentásemos, pero en una manada de lobos podían llegar a contarse hasta veinte e incluso treinta individuos.
Para vencernos necesitaban que los números estuvieran de su parte.
Para matar a un dragón, necesitaban una fuerza formidable…
Así que la cosa no pintaba muy bien para Kerstin y para mí.
Más lobos dieron voz a la noche: sus aullidos solo se interrumpían con algunos gruñidos y gemidos de dolor, cuando se atacaban los unos a los otros como niños revoltosos.
Nos dirigimos hacia los árboles a toda prisa.
Allí, entre los abetos, los pinos y las píceas, había un árbol que yo solo había visto en los Riscos, con un tronco anchísimo, casi cinco veces más ancho que yo, que se elevaba hasta el cielo con gran cantidad de hojas a las que no les había afectado el frío.
La corteza oscura estaba salpicada de brotes perfectos para trepar, y sus ramas prometían ser un buen refugio.
Así que trepamos. No fue difícil; no tuvimos que transformarnos en dragonas.
De haberlo hecho, solo habríamos conseguido destrozarnos la ropa, y únicamente habíamos metido una muda de recambio en nuestros morrales.
No, lo mejor era trepar y encontrar un lugar seguro entre aquellas ramas, donde los lobos no pudieran alcanzarnos.
Nos acomodamos en las gruesas y robustas ramas, apoyando la espalda en el ancho tronco, mientras la cacofonía de aullidos continuaba bajo nosotras. Nos quedamos quietas, incapaces de hacer nada que no fuese escuchar aquellos lamentos y esperar.
Me desperté de repente bajo las motas de luz del sol.
Miré a mi alrededor asustada, tratando de orientarme, y cuando vi a Kerstin recordé lo ocurrido. Estábamos juntas en un árbol. Nos habíamos quedado dormidas en las ramas, esperando a que…
Los lobos.
Me incorporé y miré hacia el suelo por entre las ramas y las hojas, que crujían y se agitaban respectivamente, para asegurarme de que las bestias no nos hubiesen seguido. No había lobos a la vista. Al menos ese peligro había pasado. No había lobos, pero…
No estábamos solas. Me mantuve inmóvil, con los ojos muy abiertos.
Dragones.
No en forma de dragón, pero dragones de todos modos.
Su aroma me llegó como una bofetada. Olían a viento y a niebla y a tierra y a bosque…
, igual que los dragones que conocía, igual que yo, y a la vez no.
Había algo distinto en ellos. Algo además de su almizcle terroso.
Otra capa que rodeaba todos los aromas que me resultaban familiares.
La peste a sudor y a sangre. A furia y a muerte.
Nunca los había visto, no a aquellos dragones, pero los reconocí igual que me reconocía a mí misma. Sabía quiénes eran.
Eran la otra cara de la moneda, la que todavía no había experimentado. La otra cara de mí. Eran lo que yo podía ser si me rendía a lo salvaje. Si dejaba que mi naturaleza feroz se apoderase de mí.
Kerstin y yo intercambiamos una mirada. Tenía los ojos alerta, asustados, el cuerpo rígido.
Alargó una mano hacia mí para estrechar la mía, y yo le apretujé los dedos con fuerza para tranquilizarla.
Juntas, bajamos la vista para observar, para atisbarlos a través de los huecos y los espacios entre las hojas y las ramas, para vislumbrarlos bajo nosotras.