19. Tamsyn #2
Mientras me ovillaba en mi catre, escuchando las gotitas de agua que caían de un saliente de roca, me apoyé la mejilla en la mano y busqué a Fell en la oscuridad.
Y allí lo encontré. El pulso débil, los latidos de su corazón, no tan poderosos como de costumbre, pero aún presentes.
Últimamente estaba más callado. O tal vez fuese cosa mía, que estaba cansada y obcecada en continuar con mi camino.
—Ya voy —susurré—. Aguanta. Solo un poquito más.
El sol brillaba, calentándome la piel. Costaba imaginar que hacía apenas unos días estábamos atrapadas en una tormenta.
Aquello casi habría parecido primavera…, de no ser por la gruesa capa de nieve que lo cubría todo.
Los carámbanos que colgaban de las ramas goteaban, pero sabíamos que ese tímido deshielo no duraría mucho.
El invierno había llegado y avanzaba a paso lento e inexorable.
Kerstin estaba sentada en una roca que asomaba del vasto manto blanco, frotándose la planta del pie descalzo. Tenía las botas en el suelo; se las había quitado, igual que los gruesos calcetines de lana.
—Estos pies no están hechos para andar.
—Están hechos precisamente para eso —la contradije, apoyándome en un pedrusco rugoso. Quería retomar la marcha, pero decidí tener un poco más de paciencia y dejar que Kerstin se recuperase.
—Pero no distancias tan largas —protestó—. ¡Soy una dragona! —Me dirigió una mirada penetrante que no se me pasó por alto: su intención era recordarme que ella y yo éramos lo mismo—. Estoy hecha para volar. No soy una humana, hecha para caminar.
—Eres las dos cosas —insistí. Las dos lo éramos.
Ella me lanzó otra mirada.
—Eres una criatura muy extraña, Tamsyn. —Negó con la cabeza y soltó una suave carcajada que me hizo sentir tonta, como si lo hubiese entendido todo al revés. Como si fuese yo la que estaba equivocada—. No soy las dos cosas. Y tú tampoco.
Me encogí de hombros, como si no mereciera la pena discutir por eso, y aparté la vista.
Me pregunté si tal vez ella entendería mejor que yo la naturaleza de lo que éramos.
Eso me inquietaba… y me molestaba. Hasta que se me ocurrió que tal vez fuese al revés.
Tal vez fuese yo quien comprendía mejor cuál era nuestra naturaleza.
Al fin y al cabo, era yo la que había podido probar los dos mundos.
A mí me habían criado como humana, y podía empatizar tanto con los humanos como con los dragones.
En la manada no había nadie que pudiera decir lo mismo.
Quizá yo fuese la única que entendía que éramos las dos cosas. Dragones y humanos.
«Eres una criatura muy extraña, Tamsyn».
Yo no quería ser una criatura extraña. Yo quería encajar, encontrar mi lugar en alguna parte.
Me froté la palma de la mano contra un lado del muslo. La suave vibración era tan débil que había empezado a sentirme tensa y angustiada. Fell llevaba un tiempo muy callado. No es que estuviésemos yendo sin rumbo, pero tampoco me sentía tan segura sobre la dirección que habíamos tomado como antes.
Miré a Kerstin con impaciencia.
—¿Estás ya? Tenemos que seguir.
—Vale —gruñó, cogiendo sus botas.
Reemprendí la marcha, pero no había dado sino unos pasos cuando mi mano se quedó fría de repente. Los latidos que vibraban a un ritmo constante en el centro de la palma se detuvieron. Se apagaron. Como si hubiesen cortado un hilo.
Sacudí la mano con fuerza, como si se me hubiera dormido y así pudiera estimular el pulso que antes había vibrado y canturreado, el que me había guiado como el timón de un barco.
Nada.
Mi mano no sentía nada.
El miedo me atravesó de golpe el corazón; las piernas me temblaron.
Giré sobre mí misma, rotando en un círculo tambaleante, como si fuese a atisbar algo en el paisaje rocoso y salpicado de nieve que pudiera aclarar mi confusión.
Mi mente iba a toda velocidad, mis pensamientos daban vueltas, frenéticos, ansiosos por aferrarse a algo.
Quizá solo habíamos avanzado demasiado en una dirección incorrecta. Quizá mi palma había enmudecido porque nos habíamos alejado de Fell.
Eché a andar hacia un lado, con la capa ondeando con violencia tras de mí. Luego hacia otro. Y otro. Busqué desesperadamente alguna señal de él, por débil que fuera. Solo un destello. Algo a lo que aferrarme. El hilo que siempre había estado ahí.
Fui de un lado a otro sin rumbo, como un corderito sin madre, caminando sin sentido, alargando la mano ante mí como si fuese una especie de brújula rota. Eso me parecía. Un instrumento que me había fallado.
—¿Tamsyn? ¿Qué pasa? ¿Estás…?
Conteniendo un sollozo, me volví hacia ella de golpe y le enseñé la mano como si fuese una antorcha que se hubiera apagado.
—¡No lo siento! ¡Ha desaparecido!
Ella frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con «desaparecido»?
—Pues que hace un momento lo sentía, como siempre, ¡y ahora ya no! —Me llevé la mano al pecho, donde había empezado a propagarse un fuerte dolor. Un daño hueco. Una sima en el punto donde había estado el corazón de Fell, acurrucado contra el mío—. ¿Qué está pasando? ¿Dónde está?
Su expresión se tornó severa, su mirada se llenó de amabilidad y de tristeza y… de compasión.
—Oh, Tamsyn… Lo siento. —Me cogió de la mano, cuya palma tendría que haber estado viva y palpitante.
—¿Adónde ha ido? —pregunté con voz ronca.
—Si el vínculo ya no está…, él tampoco.
El pánico se adueñó de mí, el mismo pánico que había sentido el día que un Vetr ensangrentado y destrozado había llegado a casa trastabillándose con la noticia de que Fell estaba muerto. Dolor. Desesperación. Sentía todo eso otra vez.
Solo que esta vez era cierto. Era real.
—No. Es imposible. Estaba conmigo, no es posible que…
—Sin espacio para moverse, para respirar.
Sin comida, ni agua, ni compañía durante tanto tiempo…
—Kerstin negó con la cabeza mientras enumeraba todas aquellas cosas—.
La magia necesita espacio para florecer.
Si no tiene adónde ir, puede… hacerte ciertas cosas.
Puede romperte tanto que ni siquiera el svefn sea capaz de seguir protegiéndote.
Al final, tienes que liberarte o… —Se interrumpió y me miró a los ojos.
—¿O qué? —pregunté con voz apremiante—. ¿Te mueres? Pensaba que un dragón no podía morir así.
—Bueno…, no. —Hizo una mueca—. No es una muerte tradicional.
—¿Una muerte tradicional? —Me reí con amargura—. ¿Qué significa eso?
—El svefn puede ahondarte y arrastrarte a un lugar más oscuro, más profundo…
, imposible de alcanzar. —Me miraba con los ojos de color ocre muy abiertos, rebosantes de compasión.
Vi mi propia pena reflejada en ellos—. Un lugar donde ni siquiera tú podrías encontrarlo.
—Movió con suavidad la cabeza a un lado y al otro—. Y él no te puede encontrar a ti.
—Entonces… ¿es demasiado tarde?
Ante su silencio, retrocedí, alejándome de ella.
Al ver que no respondía con una negativa a mi pregunta, me di la vuelta y oteé las fauces de lo salvaje.
Los fuertes vientos soplaban y silbaban, azotándome el rostro.
Miré a mi alrededor, a la vasta inmensidad de nieve y rocas y árboles cubiertos de blanco.
De nuevo, eché a andar hacia un lado, y luego hacia otro…
Hasta que, abrumada por la imposible vastedad del terreno que se extendía ante mí, ante el número ilimitado de lugares donde podía estar, me detuve.
Me desplomé sobre las rodillas. Todo era inútil.
Mi mirada revoloteó de un lado al otro, salvaje, como un pájaro buscando refugio, un lugar adonde ir, un lugar donde aterrizar.
No había ninguno.