19. Tamsyn
Tamsyn
C uando despertamos, el cielo estaba despejado.
Kerstin soltó un grito de alivio y alegría al ponerse de pie.
—¡Por fin!
Al ver el cielo, noté una punzada de apremio. Si había salido el sol, también habría salido la manada.
—Vamos —dije, con mucha prisa—. Tenemos que ponernos en marcha.
—¿Y el desayuno?
Saqué un pedazo de pan de mi morral, lo partí en dos y le lancé la mitad.
—Toma. Podemos comer por el camino. Salgamos ya.
Quizá el temporal hubiese amainado, pero había dejado nieve acumulada por todas partes. Nos hundíamos hasta las rodillas con cada paso que dábamos. Íbamos muy lentas, y al cabo de unas horas mi cuerpo empezó a recordarme que solo dos semanas atrás había estado cerca de la muerte.
Respiraba con dificultad, jadeaba y sudaba por debajo de la ropa. Pero, cada vez que mi energía flaqueaba, pensaba en Fell y mi motivación se renovaba.
Kerstin se quejaba constantemente mientras trataba de seguirme el ritmo.
—¿Por qué no podemos volar? Así cubriríamos mucho más terreno. ¿Es que no puedes sentir a Fell desde el aire igual que lo sientes a pie?
Sabía lo de nuestra conexión y que, desde mi svefn, lo había sentido con más fuerza que nunca, como si lo hubiese encontrado allí, en ese estado nebuloso a medio camino entre la vida y la muerte. Cuando me había despertado en la enfermería, una parte de él había regresado conmigo.
Flexioné la mano y estiré mis dedos enguantados.
—Sí que puedo, pero, si volamos, corremos el riesgo de que nos vean.
Kerstin gruñó, admitiendo que estaba en lo cierto, y siguió caminando.
Tenía las mejillas sonrosadas del esfuerzo.
Sabía que tenía razón. Era una dragona y había nacido en ese mundo, así que no necesitaba que yo se lo recordase.
No nos podíamos arriesgar a que nos viera la manada, que, sin duda, nos estaba buscando…
, ni a que nos viera el skelm o las demás criaturas que merodeaban por aquellas montañas.
A veces, me daba la sensación de que sentía unos ojos sobre mí, pero, cuando miraba a nuestro alrededor, no veía nada. Ni a nadie. En aquella hermosa y cruel blancura, parecía que nosotras dos éramos las únicas criaturas sobre la faz de la tierra.
Sin embargo, la sensación de que nos estaban observando no desaparecía.
Me acompañaba durante nuestra travesía, en cada paso cauteloso y medido.
El terreno estaba cubierto de una gruesa capa de nieve, pero el suelo era irregular, serrado y duro, lleno de rocas que podían cortarnos la suela de las botas o hacer que nos torciéramos un tobillo.
Ninguna de esas cosas habría supuesto un daño irreparable, pero habría ralentizado nuestro avance, e ir a paso más lento podía costarnos muy caro.
Tal vez fuera lo único que necesitase la manada para atraparnos.
Cada sonido que oía despertaba todas mis alertas: el silbido del viento, la nieve al caer y mover las ramas quejumbrosas de los árboles. Oteaba a mi alrededor todo el tiempo, buscando, atenta a cualquier cosa que no debiera estar ahí.
Cualquier cosa que no pareciera formar parte del paisaje.
Recordé a la huldra que casi había acabado con Fell y sus guerreros en el skog.
¿Habría más de esas criaturas en los Riscos?
Ya me había enterado de la existencia de las harpías, un enemigo que no tenía muchas ganas de conocer.
A diferencia de las solitarias huldras, vivían en pequeñas manadas para representar una amenaza mayor.
Me las habían descrito como una especie de demonios alados, de tamaño más pequeño que los dragones pero rápidas y agresivas, con largas garras afiladas como cuchillas y unas caras pálidas que parecían casi humanas, salvo porque tenían varias hileras de colmillos en la boca.
Kerstin me cogió de la muñeca y tiró de mí hacia una arboleda.
—¿Qué…?
Me indicó que me callase con un gesto y luego señaló hacia el cielo. Alcé la vista, pero no vi nada más allá de las gruesas ramas cubiertas de nieve de los árboles.
Pero, de pronto, atisbé un movimiento. Un destello de cuerpos que surcaban la inmensa vastedad del cielo azul. Estiré el cuello para ver mejor por entre los huecos que dejaban las ramas.
Los pájaros que habían construido sus nidos en aquellos árboles se pusieron como locos: batían las alas, chillaban y graznaban al ver lo que percibían como depredadores volando por encima de ellos.
Eran dragones. Al menos seis de ellos, volando por encima de nosotras, y de colores distintos.
Sin embargo, el enorme cuerpo de Vetr era inconfundible.
Era el que lideraba al grupo, y su piel de dragón parpadeaba en el aire, tan iridiscente como una perla sobre la que se reflejara la luz del sol.
Vi los tres ónices que iban con él, la piel de color bronce de un dragón térreo y el amarillo resplandeciente de un anunciador.
Me tapé la boca con ambas manos sin hacer ningún ruido, sabedora de lo agudo que tenían el oído. No me atreví ni a exhalar hasta que hubieron pasado y quedaron fuera de nuestra vista.
—Ya se han ido —susurró Kerstin a mi lado.
Aun así, esperamos un poco más bajo las copas de los árboles antes de continuar, a oír que los pájaros se calmaban y que el viento soplaba de nuevo a través de los árboles.
—Menos mal que los has oído a tiempo.
Ella se pavoneó, orgullosa.
—Te dije que te vendría bien tenerme contigo.
—No han tardado mucho. —Me mordí el labio, preocupada. De todas las direcciones que podrían haber elegido, habían ido directos por el camino que habíamos tomado.
—¿Pensabas que no saldrían a buscarnos en cuanto se dieran cuenta de que no estábamos? ¿De que no estabas tú?
Me encogí de hombros.
—Tenía la esperanza de que no estuvieran tan cerca de encontrarnos. —Un segundo más y nos habrían visto.
—No te preocupes. Buscarán por el aire. No podrán rastrearnos por tierra, gracias a la tormenta. Solo tenemos que estar atentas al sonido de las alas… Y quedarnos lo más cerca posible de los árboles para escondernos si es necesario.
Asentí. No iba a ser una tarea fácil: no siempre había árboles o vegetación cerca de nosotras. Una gran parte de los Riscos no eran más que… rocas y riscos.
Pero de momento, al menos, nos hallábamos en una zona boscosa, así que seguimos hacia delante protegidas por el follaje.
Yo lideraba el camino, mirando de vez en cuando hacia el cielo mientras rodeábamos los árboles por el camino, guiada por la sensación palpitante de la palma de mi mano, aunque no dejaba de pensar en la imagen de los seis dragones que habíamos visto, como aves de presa, evaluando el mundo que se extendía bajo ellos.
—¿Quién crees que era? ¿Orm o Aksel? —le pregunté a Kerstin en referencia al anunciador amarillo. Desde tanta distancia, era imposible saberlo con certeza.
—Diría que Orm. Es el más fuerte de los dos… y controla mucho mejor su talento.
Me detuve de golpe, alarmada, y la miré de hito en hito:
—No creerás que puede usar su talento para encontrarnos, ¿verdad? —Los anunciadores, gracias a su habilidad para prever lo que estaba por venir, eran muy valiosos para la manada. Tal vez Orm representase una grave amenaza para mí—. ¿Y si puede ver dónde vamos a ir y nos están esperando allí?
Me eché a temblar ante la posibilidad de doblar una esquina y encontrarme a Vetr y a los demás, preparados para nuestra llegada.
—No funciona así —me aseguró Kerstin—. La magia no se puede usar con tanta precisión.
Orm no puede verlo todo, y tampoco puede elegir qué cosas ve, ni cuándo las ve.
No hay forma de forzarlo. Una vez, oí decir a Aksel que no son capaces de ver el futuro.
La mitad del tiempo no es más que un pálpito, un estado de ánimo…
Una sensación general de lo que se avecina.
—Caminamos unos instantes más y añadió—: Nuestros talentos no siempre se presentan cuando los necesitamos.
—Había ido bajando la voz hasta ponerse más gruñona, y comprendí que ya no se estaba refiriendo a Orm.
De todos los dragones térreos de la manada, ella era la más débil. La más joven, sí, pero la más débil de todos modos, y no se perdonaba por lo que consideraba un defecto. Le resultaba difícil doblegar y manipular la tierra.
Repetí las palabras tranquilizadoras que había oído que le decían los demás.
—Todavía eres joven. Tu talento crecerá. No seas tan dura contigo misma.
Ella se encogió de hombros como si le diera igual, pero yo sabía que le importaba.
Caminamos durante horas. Descansábamos solo brevemente, incluso después de que el sol se escondiera tras las montañas y las sombras que se alargaban sobre la nieve se hicieran más largas todavía.
Había llegado el invierno y los días eran más cortos, el sol, un astro fugaz en el cielo, así que confiamos en nuestra aguzada visión y seguimos adelante, incluso cuando la tierra se convirtió en una larga sombra y el aire a nuestro alrededor se había tornado púrpura y amoratado.
—¿Todavía lo sientes? —preguntó Kerstin sobre el crujido de nuestros pasos.
Asentí. No me hacía falta preguntar a quién se refería. Sabía que me lo preguntaba solo para comprobar que siguiéramos yendo en la dirección correcta, que no la estaba guiando sin rumbo.
Pero, al cabo de un rato, preguntó:
—¿Qué se siente?
Miré adelante. La colina nevada era más suave y clara que la noche que nos rodeaba. Al caer la oscuridad, para avanzar más rápido, habíamos abandonado la protección que nos ofrecían los árboles, ya que el riesgo de que nos vieran ya no era tan alto.
—Pues siento… —me encogí de hombros con suavidad—, siento que ya no soy solo yo. Que dentro de mí está mi corazón y —me di unos golpecitos en el centro del pecho— ahora también el suyo, justo al lado del mío.
—O sea que nunca estás sola. —Suspiró—. Debe de ser bonito.
Bonito, sí. Y un tormento.
Por fin buscamos un refugio para pasar la noche en uno de los muchos túneles que horadaban las montañas. Nos acomodamos en una pequeña cueva que se abría tras un serpenteante pasadizo de tierra, una de las miles que había en los Riscos.