La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 18. Tamsyn #2
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18. Tamsyn #2

Lo cierto era que me vendría bien su ayuda. A Kerstin le estaba costando utilizar su talento, pero me sería útil para ayudarme a moverme por los Riscos y buscar a Fell.

—Ni siquiera me echarán de menos —prosiguió.

Eso sí que no me lo creía.

Negué con la cabeza, decidida. Por tentador que fuese tener una compañera de viaje, no podía permitir que viniera conmigo.

—No. —No podía arriesgarme. ¿Y si le ocurría algo? Como ella misma había apuntado, en los Riscos había demasiados peligros. No podía hacerme responsable de ella—. Tú te quedas aquí. Vuelve a la cama. No voy a llevarte conmigo.

Me miró ladeando la cabeza.

—Lo gracioso es que te pienses que tienes elección.

Parpadeé, perpleja.

—¿Qué?

—Ya me has oído. —Apoyó las manos en las estrechas caderas—. Voy contigo.

—No —repliqué con firmeza, cada vez más indignada—. ¡No vienes conmigo!

Enarcó una ceja con aire desafiante.

—O voy contigo, o abro la boca y grito lo bastante fuerte para que me oiga hasta el último miembro de la manada. Estarán aquí en menos de un minuto.

La miré boquiabierta.

—No serás capaz.

Se apartó la maraña de pelo castaño con reflejos de miel, siempre alborotada.

—Ponme a prueba.

—Kerstin, por favor. —La angustia me reconcomía. No podía permanecer ni un minuto más entre las paredes de esa cueva, en ese lugar en el que ya no encajaba, que me ataba y me hería tanto como la cuerda de dragón que Stig había utilizado para inmovilizarme contra aquel árbol—. Tengo que irme.

—Yo no pretendo impedir que te vayas. Lo único que tienes que hacer es llevarme contigo.

Exhalé con fuerza un aliento que, de repente, se me antojó tan denso como la niebla que nos acariciaba los tobillos.

—Eres imposible.

Suspiré y me dije que no sería tan malo tener compañía durante ese viaje. Una amiga. Aunque fuese más joven que yo, llevaba mucho más tiempo en esto de ser dragona. Quizá incluso mejoraría mis posibilidades de encontrar a Fell.

Ella sonrió al ver que cedía, y en ese momento me pareció tan joven como era.

—Ya verás como te acabarás alegrando de que haya ido contigo.

—Se dio unos golpecitos en la nariz—. Huelo a las harpías de lejos.

Todavía no has tenido que enfrentarte a ninguna, y yo las detecto por el olor más rápido que nadie.

Es una habilidad mía en particular. Y no quieres enredarte con una harpía, créeme.

Son bastante… agresivas. Y nos odian con todas sus fuerzas.

De repente, al contemplarla, me recordó a Alise.

Se me hizo un nudo en la garganta. Alise, tan dulce, tan inocente…

, condenada a estar con Stig. Me juré, en ese preciso instante, que no permitiría que le ocurriera nada a esa muchacha.

No pensaba perderla como había perdido a Alise.

No permitiría que también ella cayera en el abismo.

Negué con la cabeza y suspiré.

—No tengo elección, ¿verdad?

—No, no la tienes.

Al final, cedí y asentí.

—Vamos, pues. Cuando amanezca ya quiero estar bien lejos.

La nieve no nos daba tregua.

No había mentido cuando le había dicho a Kerstin que anhelaba un poco de aire fresco y salir al mundo exterior.

El problema era que aquel no era un mundo que yo hubiese visto nunca.

La blancura cegadora se me pegaba a las pestañas, me azotaba la piel y me aullaba en los oídos como un grito de muerte.

Caminábamos con gran esfuerzo y la cabeza gacha, decididas a poner tanta distancia entre la manada y nosotras como pudiéramos.

No podíamos detenernos, teníamos que aprovechar que nuestras huellas quedaban convenientemente borradas, devoradas por la nieve.

Tampoco podíamos volar en un aire tan denso y con tan baja visibilidad.

Corríamos el riesgo de chocar con alguna de las muchas paredes rocosas que se erigían a nuestro alrededor.

Mi interior ardía; era como un horno que me mantenía lo bastante caliente. Esa era mi ventaja. Kerstin era una dragona térrea, así que su sangre no era tan caliente como la mía, pero, como dragona que era, también era capaz de soportar temperaturas extremas.

Éramos de naturaleza caliente. No solo yo, no solo los piroexhaladores, sino todos. Tal vez fuese yo la que tenía una temperatura más alta, ya que el fuego nadaba en mis venas, fluía bajo mi piel y se acumulaba en el fondo de mi garganta, pero, en realidad, todos los dragones ardían.

Y, a pesar de mi sangre caliente, era capaz de reconocer que aquello era frío de verdad. Un frío amargo y terrible.

A Kerstin le castañeteaban los dientes.

—Tenemos que encontrar cobijo y acampar.

Era una figura borrosa en mitad de la nevada. El frío no podía matarla, pero sí hacerla muy desgraciada.

—No puede durar mucho más —grité por encima del ulular gélido del viento.

Ella negó con la cabeza e inclinó el cuerpo hacia delante para resistir contra las ráfagas gélidas y cortantes.

—Si solo es un temporal pasajero y no se pasa así todo el invierno.

«¿Si?». «¿Todo el invierno?». ¿Era eso posible? ¿Cómo iba a encontrar y desenterrar a Fell en esas condiciones?

—Por favor, Tamsyn… Busquemos cobijo y encendamos un fuego.

—Solo un poco más —la animé. La cogí de la mano y traté de transmitirle mi calor. De vez en cuando, me quitaba los guantes, me soplaba fuego en las manos y luego presionaba las palmas calientes en sus mejillas.

Seguimos así un buen rato, avanzando despacio, pero avanzando. Eso era lo único que importaba.

No había salido con una dirección concreta en mente, pero sentía hacia dónde debía ir. Levantaba las botas todo lo posible, una tras otra, para abrirme paso entre la densa nieve, mientras la sensación cálida fluía en la palma de mi mano como las olas del mar, indicándome qué rumbo seguir.

Llegamos a una enorme grieta en la montaña. No era una cueva exactamente, aunque se le acercaba mucho. Bastaría para protegernos de los elementos. Rodeé a Kerstin con un brazo y nos refugiamos en su interior.

—Se suponía que era yo la que te iba a ayudar a ti —se quejó mientras se dejaba caer al suelo y exhalaba con fuerza.

—Y me ayudarás. En cuanto termine esta tormenta. —Porque terminaría. Tenía que terminar.

Encontré un poco de musgo y unas ramitas secas y encendí un fuego. Nos acurrucamos juntas al lado del calor.

—¿Crees que ya será por la mañana? —preguntó, mirando la nieve feroz que arremetía contra el aire a menos de cuatro metros de distancia. Era imposible saberlo. No disponíamos ni del cielo ni del sol para orientarnos.

—Tiene que serlo. Llevamos horas caminando.

El fuego crepitaba y chisporroteaba. Una rama se partió y una nube de ascuas se arremolinó hacia arriba.

—Me encantaría ver sus caras cuando se den cuenta de que nos hemos ido. Seguro que les da un ataque. —A Kerstin se le dibujó una sonrisa en los labios, pero a mí no me hacía tanta gracia imaginarlo. Me estremecí y fingí que era por culpa del frío.

Me incliné hacia delante y añadí más leña a la hoguera.

Era extraño lo mucho que la vida podía cambiar en un solo día. En menos tiempo aún: apenas en un abrir y cerrar de ojos. En el instante que separa un latido del siguiente.

Solo un día antes, pensaba que mi vida estaba unida a la de la manada, y, con ella, a la de Vetr. Pensaba que estaba pasando página, que seguiría adelante.

Y ahora iba hacia atrás.

Hacia Fell.

Solo que ahora sabía la verdad. Él nunca me había abandonado.

Moví los dedos dentro de los guantes y la tela me rozó la «x» brillante. Desde que había decidido desertar de la manada, no hacía más que soltar destellos de calor.

Y no dejaría de hacerlo. No hasta que lo encontrara.