La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 18. Tamsyn
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18. Tamsyn

Tamsyn

L a noche era mi única opción. Cuando nadie mirase. Cuando todos estuviesen dormidos.

Podría haber esperado, pero una feroz determinación ardía dentro de mí, fluyendo por mis venas, gruesa y caliente.

Mi mejor oportunidad era entonces, en mitad del temporal, cuando viajar era difícil y casi no había visibilidad.

Seguirme en esas condiciones sería imposible, si acaso alguien se empeñaba en ir tras de mí.

Aunque todavía había muchas cosas que desconocía sobre Vetr y su enigmática mirada plateada…

, a fin de cuentas, cuando yo me hubiese ido y él hubiera tenido tiempo de reflexionar y darse cuenta de que lo nuestro no habría funcionado, admitiría que estaba mejor sin mí.

Se olvidaría de mí y formaría un vínculo con otra para que la manada pudiera reproducirse.

Al fin y al cabo, eso era lo único que quería.

Yo rescataría a Fell y juntos decidiríamos adónde ir.

Nadie me vio escabullirme de mi guarida. Nadie me vio entrar en las cocinas para procurarme algo de comida y una cantimplora de zumo de bayas verda y metérmelo todo en el morral.

No sabía cuánto tiempo tardaría en encontrar a Fell, pero no podía salir a los Riscos sin provisiones, y las bayas verda, con sus propiedades curativas, siempre eran útiles.

Todavía no estaba recuperada al cien por cien, y necesitaría todas mis fuerzas para lo que tuviera que afrontar.

No hacía falta mucha imaginación para deducir qué podía ser: el skelm —con o sin tregua—, saqueadores del norte, saqueadores del sur y todo un abanico de amenazas desconocidas bajo la forma de criaturas con las que todavía no me había cruzado. Que me pillaran sola no sería lo ideal.

Sin embargo, aparté todas esas preocupaciones y me recordé que era una piroexhaladora. Era capaz de cuidarme sola.

La zona común de la manada estaba tan quieta y silenciosa como una tumba.

El fuego que ardía bajito en la gran chimenea arrojaba sombras parpadeantes sobre las piedras.

Nunca dejábamos que se apagara del todo.

No tardaría en venir alguien a avivarlo, así que tenía que marcharme antes de que eso ocurriera.

Me adentré en el túnel serpenteante que se alejaba de las cuevas y lo seguí, cruzando la montaña hasta llegar a la cascada.

Sin embargo, el rugido del agua al caer no estaba allí para darme la bienvenida.

La cascada había enmudecido, congelada por los efectos del temporal.

No era como la Gran Catarata, una cascada de los Riscos tan gigantesca que no se congelaba jamás.

Seguí el camino que se internaba tras ella. La pared de hielo de mi izquierda, con su quietud antinatural, casi hacía pensar que el tiempo se había detenido. Incluso un sinfín de gotitas se había quedado congelado mientras caía. Acaricié la barrera gélida al pasar.

El sendero por el que caminaba no se distinguía a primera vista.

Ni a segunda. Eso suponía una capa más de protección, un obstáculo que nos ayudaba a ocultarnos de ojos curiosos y de aquellos que estuvieran decididos a buscar pasadizos o cuevas que los condujesen hasta los dragones o hasta sus tesoros.

Salí de detrás de la cascada. En ese punto, la tierra se inclinaba en una escarpada cuesta.

Empecé a ascender por la empinada y resbaladiza pendiente, y, cuando ya casi había llegado a la cima, aún no me faltaba el aliento.

A pesar de mi largo svefn, todavía estaba en bastante buena forma.

El entrenamiento había surtido sus efectos: tenía unos brazos y unas piernas fuertes; la carne que en el pasado había sido blanda estaba tonificada y musculosa.

Cuando llegué a la cima, esperé y me quedé allí erguida, contemplando el mundo que me aguardaba desde la entrada de la cueva. Escuché el ulular del viento y la nieve en aquella montaña esculpida por los siglos, con Vetr y la manada a mi espalda.

Donde habrían de quedarse.

—¿Vas a algún lado?

Contuve un grito y me di la vuelta a toda prisa.

Kerstin estaba terminando de subir la pendiente en dirección a mí, con una expresión de arrogancia y las largas y desgarbadas piernas enfundadas en unos gruesos pantalones de lana.

Llevaba en los pies unas gruesas botas de pelo, y eso me dijo todo lo que necesitaba saber. Iba vestida para viajar.

Me llevé una mano al corazón desbocado y, con una exhalación, respondí.

—Qué susto me has dado. No deberías acercarte con tanto sigilo.

—Ni tú deberías escaparte en mitad de la noche con tanto sigilo —replicó con una sonrisa.

—No me estoy escapando —mentí, devanándome los sesos para dar con una razón que justificase que estuviese a pocos pasos de la salida de la cueva.

—¿Ah, no?

—Solo he salido a tomar un poco el aire. Yo no soy como vosotros… No estoy acostumbrada a pasar tanto tiempo bajo tierra. Necesito aire fresco.

—Ya —respondió despacio—. No eres como nosotros. —Se cruzó de brazos y dirigió una mirada cargada de intención a mi morral, que estaba lleno de provisiones—. Pero tampoco has salido a tomar el aire. Te estás largando.

Abrí y cerré la boca varias veces antes de admitirme a mí misma que no conseguiría desalentar a Kerstin con mentiras y medias verdades. Disponía de un par de ojos y un cerebro. No tenía sentido seguir negándolo.

—No puedo quedarme aquí ni un segundo más —admití.

Ella me miró un largo momento y asintió una única vez.

—¿Adónde vas?

Exhalé, aliviada de que no me pidiera que defendiera mi decisión de marcharme. Pareció aceptarlo. No quería saber por qué me iba, solo adónde.

—Está en alguna parte —me limité a decir, señalando a mi alrededor, como si «alguna parte» no fuese una inmensidad que se extendía kilómetros y kilómetros. Ni siquiera la manada podía conocerlo todo. Los Riscos eran demasiado vastos.

Ella asintió con solemnidad.

No se me pasó por alto que no me preguntó a quién me refería: me había entendido perfectamente. Me pregunté de nuevo cuánto sabría. ¿Acaso la manada entera sabía que Fell estaba enterrado vivo en algún lugar de aquellas montañas? ¿Era yo la única que había estado viviendo en la ignorancia?

—¿Lo sabías? —le pregunté, notando el calor que trepaba por mi rostro, por todo mi cuerpo, ansioso por abrirse camino a fuego vivo a través de mí—. ¿Sabías que Fell no estaba muerto?

—¿Yo? —Resopló y puso los ojos en blanco—. No pertenezco precisamente al núcleo duro de la manada. —Me volvió a mirar fijamente—. No, claro que no lo sabía.

—Pero no estás sorprendida —repliqué—. No te sorprende que esté en algún lugar… enterrado vivo.

Vaciló unos instantes, pero luego asintió.

—El skelm es capaz de cosas terribles. Enterrar vivos a sus enemigos es una de ellas. Todos lo sabemos.

«Todos lo sabemos».

—¡Yo no lo sabía! —salté—. A nadie le pareció adecuado contármelo.

Ella se encogió de hombros.

—No puedes esperar conocer todas nuestras costumbres. Pero estás aprendiendo. Has avanzado mucho.

Sí, eso era cierto. Estaba aprendiendo.

—Voy a encontrarlo —anuncié alzando la barbilla, desafiándola a tratar de detenerme.

—Por supuesto. —Descruzó los brazos y se puso firme, como un soldado preparado para la batalla—. Pero no puedes hacerlo sola.

Parpadeé, desconcertada.

—¿Qué quieres decir?

—Espera aquí. —Me pidió con gestos que me quedase donde estaba y desapareció túnel abajo. Me quedé allí unos instantes, inquieta en mi propia piel, tratando de dar sentido a sus acciones.

Seguí caminando hacia la entrada de la cueva, ansiosa por largarme y nerviosa por si Kerstin había ido a alertar a Vetr de que me había escapado en mitad de la noche, pero enseguida me lo quité de la cabeza.

Si ese era el caso, no había nada que yo pudiera hacer al respecto. O me habían pillado o no.

No tardó mucho en volver. Me alcanzó justo cuando el silbido del viento me llegó a los oídos.

—Tamsyn —dijo, jadeando y sin aliento—. Te he dicho que esperaras.

Me volví hacia ella. Al menos estaba sola. Nadie había venido con ella…, pero ahora tenía su propio morral. Lo señalé.

—¿Eso qué es?

—Necesitaba algunas cosas para nuestro viaje. No creo que hayas cogido suficientes provisiones para dos.

—¿Cómo que nuestro viaje?

—Claro. Voy contigo.

—Ah, no. —Solté una carcajada sin alegría—.

Ni hablar. Ya no les va a gustar un pelo que me vaya yo, pero si te pierden a ti también…

—¿Otra hembra? No, no les gustaría nada.

Tal vez solo tuviera dieciséis años, pero era una futura criadora para la manada, y yo sabía de buena tinta cuánto valor le daban a eso.

Ella se encogió de hombros.

—No puedes hacer esto tú sola. No conoces los Riscos tan bien como yo.

—Kerstin, no te van a dejar marchar. Nos seguirán.

—Lo harían de todos modos. Por ti. Eres tan valiosa para ellos como yo.

—Yo no estoy tan segura de eso…

Ella resopló.

—Pues yo sí. No es a mí a quien sigue Vetr todo el tiempo con la mirada, te lo aseguro. No como te sigue a ti. No te va a dejar marchar.

Me limité a mirarla, confiando desesperadamente en que estuviera equivocada.

—La manada nos seguirá —continuó—. Seas tú o sea yo.

En eso tienes razón. ¿No prefieres que esté contigo para ayudarte a despistarlos?

Conozco sus tácticas. Y también los Riscos y todas sus amenazas.

El skelm no es lo único que debería preocuparte, ¿sabes?

—Sí, lo sabía—. En el mundo exterior hay peligros para los que tú sola serías una presa fácil.

Tienes más posibilidades si yo te acompaño.

Me mordí el labio. Estaba empezando a dudar.

Y ella debió de percibir mi indecisión.

—Vamos —insistió—. Cuando encontremos a Fell, volveré con la manada. Y vosotros dos podréis iros, ser felices y comer perdices. ¿No es así como terminan los cuentos de hadas?

Los cuentos de hadas. Nunca había creído en ellos, pero deseaba fervientemente hacerlo. Deseaba creer que estaba viviendo uno y que mi destino era tener un final feliz. Y, si Fell estaba vivo, me parecía posible.

—Deja que te ayude hasta entonces —me tentó.