La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 17. Tamsyn #3
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17. Tamsyn #3

—Me juraste que estaba muerto… y ahora me dices que está vivo. —Tuve que respirar varias veces para seguir hablando—. Me ocultaste esto. —Sacudí el collar.

—¿Qué puedo hacer para arreglar…?

—Puedes encontrarlo —lo interrumpí, odiando el tono de súplica que embargaba mi voz.

Él hizo una mueca.

—Ojalá pudiera.

—¡Entonces iré yo! ¡Yo lo encontraré! —grité decidida.

Sentía esa convicción en lo más profundo de los huesos, en el cosquilleo de mi mano. Sabía que podía encontrarlo. No me daba miedo ir en su busca sola.

El mohín de tristeza se le borró del rostro, transformándose en una expresión dura, implacable como una piedra.

—Eso no es posible.

Me hacía sentir como un subordinado que se hubiera atrevido a desafiarlo. Peor que un subordinado… Me sentía prisionera.

Y pensar que había ido hasta allí porque estaba contemplando la posibilidad de formar un vínculo con él…

Respiré hondo de nuevo, con aliento tembloroso.

—Tienes que pasar página. Es lo que Fell habría querido.

Aquello era demasiado. ¿Cómo se atrevía a mentar el nombre de Fell para doblegarme a su voluntad? Sin embargo, al ver lo que pretendía, me mordí la lengua para no responderle como merecía. Eso me serviría de nada.

Nada de lo que le dijera lograría hacérselo entender, así que hice ademán de marcharme, diciendo con voz tensa:

—Estoy conmocionada. Necesito tiempo para pensar. —Me costó horrores pronunciar aquellas palabras, pero sabía que tenía que decir algo. No necesitaba tiempo para pensar, pero aquella frase vaga era necesaria para aplacarlo.

Él se interpuso en mi camino, irguiéndose ante mí, y me miró con una chispa hambrienta y salvaje en los ojos que se me antojó opuesta a las palabras amables y pacientes que salieron de su boca.

—Tómate todo el tiempo que necesites, pero no te olvides de por qué has venido a mi guarida.

Lo miré y parpadeé. ¿Cómo sabía él lo que me había llevado hasta allí?

Y, como si hubiese leído la pregunta en mi mente, añadió:

—Has venido aquí por mí. Porque me deseas tanto como yo te deseo a ti.

Sentí una punzada de culpa y di un paso atrás, para poner más distancia entre los dos. Aquello se acercaba demasiado a la verdad. Sí, había ido allí por él. Había. Pero eso había cambiado. Ese impulso había desaparecido, había muerto.

—Te lo estás pensando —prosiguió—. Estás pensando en mí. En lo que podríamos ser el uno para el otro. —Alargó una mano y me acarició la mejilla con los dedos cálidos.

Yo tragué saliva con esfuerzo.

—No eres quien yo creía.

—Fell ya no está, pero yo sí.

Aquellas palabras me desgarraron, me desollaron, se me clavaron tan hondo como lo habrían hecho unas garras. Me froté la palma de la mano, como si estuviera evocando a Fell.

—Él está dentro de mí —insistí.

Él asintió mirando hacia mi mano.

—Eso se desvanecerá y desaparecerá cuando aceptes un nuevo compañero.

Lo miré con la solemnidad de quien ha de enfrentarse a la horca.

—Mientras Fell siga con vida, no aceptaré ningún compañero.

«Y a ti no te aceptaré jamás. No después de esto. No después de haber visto cómo eres en realidad».

Y me marché a toda prisa, esquivándolo, todavía con el collar bien apretujado en un puño.

Corrí, pasando a toda velocidad por las demás guaridas, donde dormían los otros, a través de la niebla rizada y perpetua que esa noche me parecía más gruesa, más densa que nunca, como unos dedos que me agarraban los tobillos y trataban de detenerme, de devolverme a la guarida de la que acababa de huir.

Me pregunté cuántos de ellos sabrían la verdad sobre Fell. ¿Lo sabrían todos? ¿Era yo la única que lo ignoraba? ¿Era yo una estúpida sobre la que hablaban cuando no estaba presente?

Una vez de vuelta en mi guarida, empecé a pasearme arriba y abajo.

El collar de Fell estaba vivo, ardía en mis manos como carbón encendido.

Me sentía enjaulada…, alerta y tensa como un animal al acecho.

Dormir no me iba a ser posible, no tal y como me sentía, pero era mejor así.

Aunque hubiera podido, no habría querido abandonarme al sueño.

Lo que quería era echar la cabeza hacia atrás y aullar.

Quería abrir la boca y liberar mi fuego en un chorro incandescente.

Al cabo de un rato, me tiré en la cama sin molestarme en desvestirme. Mi corazón se negaba a ralentizar sus desbocados latidos. Me puse el collar del ópalo negro alrededor del cuello, para que se uniera al que ya llevaba puesto, y el peso de ambos me consoló, como un bálsamo para el alma.

Lo que le había dicho a Vetr iba en serio.

Yo sería capaz de encontrar a Fell. Simplemente, él no quería que lo hiciera, o no tenía fe en que pudiera conseguirlo.

Fuera cual fuese el caso, no me asustaba.

Había sobrevivido a mucho. ¿Qué sería una incursión a los Riscos?

Lo encontraría utilizando nuestro vínculo como guía.

Recorrí con los dedos las gemas susurrantes que me adornaban el cuello y luego me acaricié el centro de la palma de la otra mano. Froté la carne, la acaricié, resiguiendo la marca.

—Fell —susurré—. Ya voy.

Y la «x» respondió, crepitando, ardiente bajo mis dedos.