17. Tamsyn #2
Era espantoso. Era tan espantoso que no lograba asimilarlo. Era un destino indescriptible, tan horroroso como los tormentos que Stig infligía a la gente.
Y, mientras Fell existía en el agujero en el que el skelm lo había sepultado, yo había seguido allí, convirtiéndome en un dragón de cabo a rabo… y cayendo en el embrujo de su hermano.
De repente, recordé la sugerencia de Anders de enterrarme «en un puto agujero, lo más profundo posible», y comprendí que el «enterramiento» era una práctica conocida entre los dragones. Lo comprendí todo de golpe.
Y fue entonces cuando cedieron mis piernas. Vetr me cogió en brazos y se sentó en la cama conmigo en su regazo, mientras yo negaba con la cabeza a modo de protesta. Tenía ganas de vomitar. El estómago me dio un vuelco y me tapé la boca cuando me sobrevino una arcada que ya no pude contener.
Vetr me acercó a la jofaina a toda prisa, donde devolví, vaciando todo el contenido de mi estómago.
Me habría sentido humillada… si me hubiera seguido importando lo que pensara de mí.
Empezó a acariciarme la espalda para calmarme, pero yo me aparté de sus manos, las mismas manos que tanto había deseado, las que había ansiado tanto que me habían hecho ir a su guarida.
Me sequé los labios temblorosos con el dorso de la mano, tambaleándome.
Él me miró con compasión.
—Por eso no quería decírtelo. A él no le habría servido de nada, y solo habría conseguido que tú fueses más desgraciada.
Busqué en mi interior, tratando de dar con mi voz, perdida entre tanta bilis.
—Está enterrado… vivo.
—Sí, es probable. Por eso todavía lo sientes.
Lo fulminé con la mirada, de repente, llena de furioso resentimiento. No había sido mi esperanza. Ni un eco. Ni un fantasma.
—Me has engañado como a una tonta.
Él movió un brazo, como señalando el mundo que había más allá de aquellas cuevas.
—Es como si estuviese muerto. Está enterrado en algún lugar en la inmensidad de los Riscos. No hay forma de localizarlo. No hay forma de desenterrarlo. Cualquier intento de conseguirlo fracasará.
¿Y no sería eso lo que él quería? Lo miré con desconfianza.
—Tenemos que encontrarlo —insistí, negando con la cabeza.
—Si eso fuera posible, ya lo habría hecho.
—No. —Negué con la cabeza con vehemencia—. No pienso aceptar eso.
—Temía que reaccionaras así. —Me miró a los ojos—. Encontrarlo es imposible y no quería que pensaras que serías capaz de hacerlo… y luego vivieras con ese tormento una vez que te dieras cuenta de que no podemos hacer nada.
—Qué bondadoso —me burlé—. ¿Sabes qué es lo que oigo una vez tras otra? —pregunté con la voz entrecortada.
Me miró sin entender.
Sentí que mi rostro se tensaba y se contraía, arrugándose de rabia.
—Lo que quieres tú —le espeté. Vi en sus rasgos un destello de una emoción parecida al dolor.
No sabía si reír, llorar o, simplemente, pegarle un puñetazo—.
Yo no he firmado ningún documento entregándote mi vida —añadí, furiosa—.
Tú no eres nadie para tomar decisiones por mí.
Tú, que tan preocupado estás por mi tormento, pero ¿qué pasa con Fell?
¿Qué pasa con su tormento? ¡Está enterrado vivo! ¡Desde hace más de un año! ¡Tu hermano!
Me llevé un puño al centro del pecho y presioné, frotando con fuerza con los nudillos para calmar la punzada de dolor repentina que sentí al imaginarlo. Al imaginar a Fell, solo en la eterna oscuridad.
De repente, me sentí como si fuese yo la que estaba sepultada bajo tierra, con montones y montones de roca aplastándome.
No podía respirar. Mi cuerpo luchaba por obtener el aire que necesitaba, sacudiéndose y temblando como algo muerto, que se retorcía en el suelo sin aire, ansiando respirar una última vez.
Me incliné por la cintura y, agarrándome las rodillas con las manos, cogí aire con violencia.
—Tranquila —trató de calmarme Vetr, como si yo fuese algo frágil y quebradizo, un junco que el viento estuviese a punto de llevarse.
Alcé la vista para mirarlo. Ese tono conciliador hacía que me entrasen ganas de arrancarle los ojos.
Contemplé la tentadora posibilidad por un segundo…
, pensé en liberar mis garras y arañarle con ellas el rostro.
Era tanta la ira que me había invadido que aquella fantasía me fortalecía.
Saltaba a la vista que él no comprendía mi rabia, ni lo traicionada que me sentía.
De repente, la situación me resultó violentamente familiar. ¿Acaso no había aprendido nada? Esto ya lo había vivido. Ya conocía el sabor de la traición. Ya había experimentado su punzada lacerante. Era algo que conocía bien.
Primero habían sido mis padres —los únicos padres que había conocido— quienes me habían arrojado al altar. Me habían descartado, me habían sacrificado sin parpadear siquiera, como si yo no hubiera sido más que basura.
Luego, la traición de Stig.
Y ahora la de Vetr.
Fell era el único que nunca me había fallado.
«Pero tú lo abandonaste».
Vetr me rodeó la cintura con un brazo, como si pretendiera consolarme, pero yo lo empujé golpeándolo en el pecho y me aparté.