17. Tamsyn
Tamsyn
C ogiendo el collar con todas mis fuerzas, apretujándolo en mi puño tembloroso, me di la vuelta de golpe para encararme con Vetr. No lo había oído entrar. No había oído el murmullo de las cortinas. Tampoco había oído sus pasos.
Lo único que había oído era el martilleo de mi corazón, que siguió latiendo desbocado mientras yo levantaba la mano, con la cadena oscura colgando de mis dedos.
—¿Qué hace esto aquí? —Mi voz sonó queda y meliflua, a pesar de la ligera sensación de alarma que se propagaba por mi cuerpo, advirtiéndome de que fuese con cuidado, y a pesar del fuego que había cobrado vida en mi interior y que buscaba ya una forma de liberarse, como siempre, preparado para defenderse, para atacar.
La expresión de Vetr era inescrutable. No era capaz de interpretar qué debía de estar pensando, pero su voz reverberaba en mis oídos. «Veo que lo has encontrado».
No lo había negado. No me había ofrecido ninguna explicación. No había mostrado preocupación ni arrepentimiento ante mi hallazgo.
—¿Por qué tienes esto tú? —insistí, esperando una razón lógica que me tranquilizase y extinguiera el sabor acre del miedo que me impregnaba la boca. Volví a mirar el baúl—. ¿Por qué estaba escondido debajo de tus cosas?
En lugar de responder a mi pregunta, contraatacó con otra:
—¿Qué estás haciendo en mi guarida?
«He venido a seducirte». Negué con la cabeza, atragantándome con esa verdad vergonzosa, esa verdad que me revolvía el estómago y que ya nunca osaría admitir.
Lo miré con recelo y respondí:
—Eso no importa.
Una sombra cruzó sobre sus rasgos, como una nube de tormenta. Se acercó a mí, imponente como una montaña, invadiendo mi espacio.
—No habías puesto nunca un solo pie aquí… ¿Y ahora entras a revolver mis cosas?
Di un paso atrás, todavía negando con la cabeza, y levanté el ópalo negro, poniéndolo entre los dos. Lo que me había llevado hasta allí ya no importaba. Lo único que importaba era eso.
—¿Por qué tienes tú el collar de Fell?
—Cuando nos atacaron y se lo llevaron…, se le cayó. Yo lo recogí.
Tal vez parecieran palabras muy simples, pero no había nada simple en todo aquello. Se notaba sobre todo en cómo esquivaba mi mirada una y otra vez, apartándola para luego volver a mirarme de nuevo.
«¿Se lo llevaron?».
De aquello no se desprendía en absoluto que Vetr hubiera sido testigo de la muerte de Fell, y, no obstante, en su día había dado a entender que estaba completamente seguro de que estaba muerto. Había asegurado que había visto cómo el skelm lo mataba.
Una mentira.
Me ardía el rostro. Me escocían los ojos.
Traté de asimilar aquella realidad, la verdad, por fin. La tragué como si fuera un brebaje repugnante.
¿En qué más me habría mentido? Vetr había explicado que le habían permitido irse a cambio de revelar la ubicación de la mina de gemas más valiosa de la manada. ¿Era eso cierto? ¿O había algo más que no había revelado?
Inhalé con fuerza, con esfuerzo, y lo miré como si lo estuviera viendo tal y como era por primera vez… Y me di cuenta de que no era quien yo creía.
Abrí y cerré la boca varias veces antes de balbucear:
—¿Está muerto de verdad?
Los latidos ardientes de la palma de mi mano estallaron como unas ascuas que acabaran de avivar, cobraron vida, reaccionando a mi pregunta y respondiéndome por él. La «x» me gritaba, me decía lo que ya sabía. Lo que, en el fondo, había sabido todo ese tiempo.
—Vetr —insistí, pronunciando su nombre con furia, mordiéndolo como algo duro que tuviera entre los dientes.
El tiempo se alargó, suspendido en el aire que crepitaba entre los dos.
—Sospecho que está vivo —confirmó, asintiendo con severidad.
Solté todo el aire que tenía dentro con una gran exhalación.
—¿Cómo es posible? —pregunté con voz ronca.
Él me miró con el rostro inexpresivo.
—Como te dije, el skelm se lo llevó, pero creo que sigue vivo. No lo sabía con certeza, no hasta la otra noche. No hasta que vi cómo te brillaba la «x» de la mano, como recién grabada a fuego. Eso solo puede ocurrir si sigue vivo. Es el vínculo.
De repente, sentí que me fallaban las piernas. Me tambaleé sobre mis pies, a punto de derrumbarme, de romperme como una ramita ante la más mínima presión.
«Vivo».
Era la única palabra que había oído. Fell estaba vivo en alguna parte. Había pasado un año entero… y seguía vivo.
De repente, Vetr se puso a mi lado, rodeándome con un brazo para sujetarme. Me zafé de él como si me hubiese quemado al tocarlo. Retrocedí tambaleándome y me choqué con el escritorio, así que me agarré a él con tanta fuerza que me empezaron a doler los nudillos. Y ni siquiera entonces me solté.
—¡No me toques!
—Tamsyn… —murmuró con una voz tan suave como un lago sin viento.
—Te creí —le reproché con voz acusadora, una voz que en absoluto recordaría a un lago de aguas calmas. Era como un río de pedacitos serrados de cristal que dejara un reguero de sangre a su paso.
Pensé en cómo me había mentido, con tanta facilidad, con tanta naturalidad, con ojos y voz amables. «Fell está muerto», me había dicho, y yo me había tragado su traición, la había masticado y engullido.
La bilis me trepó por la garganta, donde se mezcló con el carbón ardiente. Luché contra ella, me la tragué, decidida a no vomitar allí, a sus pies. Moví la cabeza a lado y lado en un gesto de desdicha.
Fell no habría renunciado a mí como yo había renunciado a él. Me había rendido. Aquella certeza me sobrevino con una claridad cegadora. Él no habría creído a Vetr. Habría exigido pruebas. La desolación se enrollaba a mi alrededor, asfixiándome como una serpiente.
Vetr inclinó la cabeza, reconociendo su mentira.
—Siento haberte mentido…, pero no podía contarte la verdad. Tenías que creer que estaba muerto. Fue… un acto de bondad. —Sus ojos plateados se clavaron de nuevo en mí, penetrantes, apresándome como los hilos plateados de una telaraña apresarían a un insecto.
—¿De bondad? —repetí con la voz entrecortada—. ¿Dónde está la bondad? ¡No la veo por ninguna parte!
Me miró con el semblante sombrío.
—La verdad es peor.
Se me cayó el alma a los pies. ¿Que la verdad era… peor?
—¿Qué puede ser peor que pensar que está muerto? —susurré. La respuesta me aterrorizaba, pero estaba decidida a escucharla.
Apartó la vista y miró a su alrededor como si la pregunta le incomodara. Por fin volvió a mirarme y apretó los labios en un gesto de determinación.
—Estaba intentando protegerte. Todavía lo intento. Creo que es lo que Fell habría querido.
—¡Ni siquiera me conocías cuando decidiste no contarme la verdad!
¡Y no conocías a Fell! —Volví a respirar de forma entrecortada; me faltaba el aliento—.
Yo no formaba parte de la manada. ¡Y sigo sin hacerlo!
—Hizo una mueca al escucharme, como si aquello le hubiese herido—.
Así que ¿de qué cosa horrible estás intentando protegerme? ¡Dímelo de una vez!
Se tomó su tiempo para responder.
Flexioné los dedos sobre el collar de Fell, dejando que la gruesa cadena se me clavara en la piel blanda. No lo pensaba soltar. No pensaba soltarlo jamás.
—No somos fáciles de matar —dijo al fin.
—¡Eso ya lo sé!
—Y los dragones no siempre… —Se detuvo. Era evidente que le estaba costando encontrar las palabras adecuadas; nunca lo había visto mostrar tantas dificultades para hacerlo.
Era un guerrero que parecía tener siempre claro quién era, qué debía decir y cuál era su lugar en el mundo.
Eso era algo que envidiaba de él y, sin embargo ahora, cuando lo miraba, no sentía más que decepción.
Desconfianza. Me sentía traicionada—. Los dragones no siempre dan muerte a sus enemigos.
A veces deciden infligir otros castigos.
Di vueltas a aquella nueva información en mi mente. Resultó que mi educación en lo relacionado con los dragones no era tan completa como pensaba.
—Y, si no matan a sus enemigos…, ¿qué hacen con ellos?
—Los someten a… enterramientos.
Fruncí el ceño y me froté la frente, donde se estaba despertando un dolor sordo.
—No entiendo. Me acabas de decir que no siempre matan a…
—Y no los matan. Pero los soterran.
Lo miré sin comprender. ¿Qué era eso de que los soterraban? ¿A qué se refería?
Con una expresión ligeramente arrepentida, explicó:
—Los ponen en… —Se detuvo con brusquedad y, por fin, aclaró—: Entierran vivos a sus enemigos. Porque eso es peor que la muerte.
«Porque eso es peor que la muerte».
Era como si me estuviera hablando en otro idioma, como si sus palabras fuesen piezas de un rompecabezas que yo tuviera que girar y recolocar antes de que encajaran bien y tuvieran sentido. Lo miré a los ojos, tratando de comprender aquello que me estaba contando.
—Pero los dragones… —dije, con los labios entumecidos—. Nosotros… vivimos durante siglos. —Siempre que no nos hirieran de gravedad con armamento de dragón, claro.
—Precisamente. —Asintió con gesto lúgubre—. A veces, en lugar de matar a un prisionero, lo entierran vivo.
Pero ¿qué horrorosa atrocidad era esa?
Me lo quedé mirando sin pronunciar palabra. Hablar me resultaba imposible: no existía el modo de describir una barbaridad como aquella.
Era posible que Fell estuviese vivo. No. No solo posible: estaba vivo. Estaba enterrado vivo.
Comprender aquella verdad supuso para mí un golpe más duro y atroz que el de un látigo.
Y pensar que yo había sentido a Fell todo ese tiempo, sobre todo desde que me había despertado del svefn…
Lo había sentido más fuerte que nunca desde entonces.
El hilo que nos unía seguía entero, aguantando la distancia, vivo y palpitante; zumbaba como una abeja en mi interior.
Simplemente, Vetr me había persuadido de ignorarlo.
Me había convencido de que era otra cosa.
Un eco. Un fantasma. Me había convencido de que no era Fell, en realidad.
Pero sí que era Fell. Era Fell, tratando de alcanzarme desde una tumba bajo tierra, donde permanecería encerrado durante años. Décadas. Siglos.