16. Tamsyn
Tamsyn
L a noche rebosaba niebla, magia y anhelo.
La niebla y la magia eran propias de los Riscos y de las cuevas laberínticas que formaban el hogar de la manada. El anhelo, en cambio, era solo mío.
Y, aun así, cuando entré en la guarida de Vetr me pregunté si habría ido demasiado lejos atreviéndome a entrar allí, si ese sería uno más de los errores que contaría al final de mis días, junto a todos los demás.
Pero entonces me recordé que él también había entrado en mi guarida sin invitación —y en más de una ocasión—, que el único error posible era no actuar, hacer caso omiso de la voz de mi cabeza y que habían sido los latidos y esa atracción que tiraba de mis entrañas lo que me habían llevado hasta allí.
Algo había cambiado dentro de mí, de un modo profundo y esencial.
No sabía identificar en qué momento exacto se había producido ese cambio, pero había tenido lugar.
No había sido de la noche a la mañana. No me había ido un día a la cama y me había levantado a la mañana siguiente total y singularmente transformada… , pero lo estaba.
Había sido por obra de una serie de detalles y acontecimientos.
Me habían cambiado de forma, suavizando mis bordes, afilando mis dientes, ahondando mis huecos.
Todo había empezado cuando había perdido a Fell, aunque no terminó ahí.
Luego, me habían derribado en la arena una vez tras otra.
Había mordido el polvo y me había vuelto a poner de pie, había escupido sangre una vez, y otra, y otra.
Había saboreado el viento con mi piel de dragón.
Había sentido las caricias de las nubes en el rostro, y cómo mis alas se extendían tras de mí como las velas de un barco.
Y, por último, el látigo había vuelto a mi espalda con toda su furia, más brutal, cruel y despiadado que nunca.
La sangre.
El dolor.
Y Vetr.
Vetr…
Sus manos, su boca y sus palabras roncas habían lanzado un hechizo sobre mí.
Yo era todo eso. Momentos más y menos importantes y todo lo que había habido en medio, todo lo que había crecido y se había desarrollado durante un año entero. Guijarros que se habían ido acumulando hasta formar la orilla rocosa sobre la que me encontraba.
«Ir demasiado lejos». ¿Acaso seguía existiendo algo así?
Además, ¿dónde si no íbamos a mantener una conversación privada?
Todo el mundo estaba atrapado en el interior de las cuevas, esperando a que pasase la tormenta.
No había un lugar donde ir en el que no hubiera ya alguien más, en el que no chocaras con algún otro cuerpo tenso como una cuerda, vibrando de energía e inquietud, con unos ojos que parecían presentes y no presentes a la vez, con las pupilas temblorosas, un momento contrayéndose y al siguiente dilatándose con un hambre desesperada de estar en cualquier otra parte.
Fuera. En el abrazo de las nubes. Suspendidos en el viento. En el aire.
Las cuevas de la manada eran espaciosas, tenían sus habitaciones y sus cámaras, pero, tras una semana encerrados todos juntos, no había en la tierra espacio suficiente para los veintinueve que éramos. Todo el mundo estaba subiéndose encima de los demás. Literalmente.
Las cópulas eran desenfrenadas. Todo el que tenía edad para hacerlo lo hacía para escapar a los placeres y distracciones de la carne.
Sobre todo, los que estaban emparejados, pero también los que no.
Todos exorcizaban así el exceso de energía.
De noche, de día… En cualquier momento en el que apremiara la necesidad.
El aire estaba repleto de gemidos y de gritos, y el olor penetrante del sexo había cubierto las cavernas como grueso musgo.
No podía recorrer ni un solo túnel sin escuchar las pruebas de lo que ocurría, sin aspirar los aromas.
No hacía sino exacerbar la tensión, crear una energía pulsante y sofocante.
Ni siquiera yo era inmune. Cuando olía el miasma del deseo, sentía que la piel se me prendía fuego, que era demasiado tirante para mi envergadura.
Y allí me hallaba, en mitad de la guarida de Vetr. El pulso me latía como una llama parpadeante en la garganta. Me giré poco a poco en un pequeño círculo, evaluando el espacio. Él no estaba allí, solo su aroma. A marga y nieve fresca.
La cena ya había terminado, aunque había un sinfín de cosas que podía estar haciendo. Siempre iba de un lado a otro, dando órdenes, dirigiendo. Era el único que no parecía afectado por nuestro confinamiento.
Decidí esperarlo. Si lo posponía más, quizá me acobardara.
Su guarida no era mucho mayor que la mía.
Estaba amueblada de forma similar, con la diferencia de que la mía tenía un aire de cámara de invitados, de alojamiento pensado para alguien que estuviera de paso, mientras que de aquella se desprendía una permanencia, la sensación de que era un lugar en el que alguien vivía, lo que yo envidiaba.
Era un espacio que le pertenecía a él tanto como él pertenecía al espacio, y no pude evitar imaginarme cómo me sentiría viviendo allí, con él, durmiendo en esa cama de pieles a su lado cada noche, alargando la mano para tocarlo cuando quisiera.
Su cama era más grande que la mía y también estaba cubierta con gruesas mantas de pelo y pieles, y también estaba situada cerca del suelo.
Cerca había un soporte con una jofaina para lavarse y su espejo correspondiente colocado encima, en la pared.
En lugar de un único baúl, tenía varios, y también disponía de un escritorio y un armario.
Sobre el escritorio había montones de papeles y otras cosas.
Al haber vivido toda una vida en esas montañas, había acumulado más posesiones, como era natural.
A diferencia de mí. Lo único que yo poseía era el collar que adornaba mi cuello.
Todavía no había acabado de dar forma a las palabras que quería decirle. Y en ese momento, allí, en su espacio, no me sentía segura de nada. Quizá porque, en realidad, no hacían falta palabras.
Tragué saliva y me llevé una mano a la barriga, al estómago revolucionado, con la esperanza de calmar las mariposas que revoloteaban en su interior.
Quizá el tiempo de hablar ya hubiese terminado y fuese hora de pasar a la acción.
El aire se me escapó en un suspiro tembloroso al contemplar esa posibilidad. La posibilidad de tocarlo y besarlo y saborearlo…, de fundirme con ese cuerpo duro como la piedra hasta que fuéramos uno solo.
Me paseé de un lado a otro, tratando de calmar mis nervios sobreexcitados.
Volví a otear la guarida y admiré las gemas incrustadas en las paredes mientras me preguntaba si alguna de ellas tendría un significado especial para él.
No pude evitar buscar entre ellas un ópalo negro. Se había convertido en una costumbre.
Todavía no había visto ninguno entre todas las joyas de la manada.
Sentí una punzada en el pecho al preguntarme si algún día volvería a ver uno, si, quizá, también habría perdido para siempre la posibilidad de contemplar una gema como aquella.
Si sería una página ya pasada que no podría volver a leer, solo recordar.
Suponía que el ópalo negro de Fell estaba en algún lugar de la inmensidad de los Riscos, probablemente, colgado del cuello de uno de sus asesinos. Quizá del cuello del infame Kaldr.
Aparté ese sombrío pensamiento y seguí evaluando la estancia, pensando en ella como un posible hogar futuro. Levanté el talón de mi zapato y lo volví a apoyar en el suelo de piedra, y me recordé que fisgonear no estaba bien.
Pero seguí moviéndome, explorando bajo el resplandor de las gemas, mirando sus cosas y recorriendo el paisaje de su vida con la mirada, suave como una brisa.
En el enorme escritorio había mapas y libros desperdigados.
Cogí un pequeño instrumento, parecido a una flauta.
Me pregunté si la tocaría, y se me escapó una pequeña sonrisa.
Me gustaría oírlo tocar. La dejé en su sitio y continué hasta detenerme ante uno de los baúles.
Era mucho más grande que el mío. Me incliné hacia delante, me detuve, y miré hacia atrás furtivamente, como para asegurarme de que seguía estando sola, de que Vetr no había llegado.
Sabía que no estaba bien ser tan fisgona, pero todavía había muchas cosas que no sabía sobre Vetr, sobre ese mundo, sobre la manada.
Ellos habían pasado toda una vida juntos y se comprendían los unos a los otros tan bien como se comprendían a sí mismos.
Yo todavía estaba tratando de seguirles el ritmo, de aprender; me sentía como si me faltara el aire todo el tiempo, en una carrera imposible de ganar.
Me dije que si fisgonear me ayudaba en ese aspecto, si al menos me permitía seguir compitiendo en esa carrera, era un acto perdonable.
Y había algo en ese baúl… Justo en ese. Estaba construido con una madera ligera y cenicienta, y su superficie estaba atravesada por unas barras de metal. Me intrigaba. Me llamaba. Una voz susurraba en mi interior, arremolinándose en mi mente como en ráfagas de viento. Me pedía que abriera la tapa.
Me arrodillé delante del baúl y cogí los lados de la tapa con impaciencia.
No estaba cerrado. La tapa se alzó con facilidad, sin que las gastadas bisagras de hierro gimieran en ningún momento.
Contenía todo tipo de cosas. Varios libros, más joyas, un peine y un cepillo, coleteros y bandas de cuero, un anillo, una baraja de cartas y un pequeño surtido de herramientas.
Nada extraordinario…, teniendo en cuenta que allí las joyas de valor incalculable eran tan comunes como los carámbanos de hielo que colgaban de las ramas de los árboles. Lo que debía hacer era cerrar el baúl antes de que Vetr se presentara allí y me pillara rebuscando entre sus cosas.
Volví a mirar tras de mí con cautela.
Y aquella voz susurrante se tornó más intensa. La acompañaba una corriente de energía que caminaba de la mano con ella. Venían juntas hacia mí, alargando los brazos con las manos abiertas.
Al principio pensé que la energía emanaba de las joyas que estaban en el baúl, en una bandeja, pero cuando deslicé los dedos sobre la superficie fresca y pulida de esas gemas me di cuenta de que no era así.
No. Esas gemas estaban calladas, durmientes; no emanaban más que un suave arrullo melódico. No eran ellas. Había algo más…
Aparté la bandeja y metí la mano hasta el fondo del baúl.
Allí, mis dedos rozaron algo duro cubierto de tela.
Cuando lo cogí me di cuenta de que era un saquito.
Lo extraje enseguida, guiada por algo mucho más fuerte que la conciencia, más poderoso que las reglas que normalmente me gobernaban y que me decían que husmear entre las cosas que no me pertenecían estaba mal en cualquier caso. Eso ya no me importaba.
Lo que fuese que había dentro de ese saquito me llamaba, me atraía como una luz que te guía en un puerto, y me sentía impotente ante su invocación, incapaz de resistirme.
Abrí las cuerdas y miré dentro, ansiosa. El corazón me latía desbocado, trepándome hasta la garganta.
Estaba demasiado oscuro para ver lo que había dentro, así que metí la mano y cogí algo sólido con dedos temblorosos. Lo saqué y abrí la mano, dejando que la luz lo iluminara.
Se me paró el corazón en un latido interminable, para luego volver a palpitar con un frenesí de terror que parecía que me iba a partir el pecho en dos.
No podía respirar. Lo que resplandecía ante mí era el collar con el ópalo negro y la gruesa cadena que tan bien conocía, con su miríada de colores parpadeando desbocados.
Mi piel se estremeció al instante. El fuego empezó a crepitar en mi interior.
El collar de Fell. El que había visto por última vez en el cuello de Fell. Que era donde debía estar, y no allí.
Aquel primer día con la manada, cuando Fell se había separado de mí para seguir las órdenes del demonio que le había pedido que fuese a visitar el lugar donde su madre había muerto, el ópalo negro se había ido con él.
«Entonces ¿por qué está aquí, entre las cosas de Vetr?».
Se me nubló la vista mientras contemplaba la piedra vibrante. Bajé los dedos para acariciarlo, pero me detuve al ver lo mucho que me temblaban. La enorme grieta que había en mi interior se llenó de miedo al instante.
—Veo que lo has encontrado.