15. Tamsyn #2
Kerstin apartó la vista del grupo que charlaba junto al fuego y volvió a mirar a Vetr.
—¿Tú no lo elegirías a él? ¿Si tuvieras que elegir a alguien?
Si tuviera que elegir a alguien…
¿A eso habíamos llegado? ¿Tendría que acabar eligiendo a alguien para quedarme allí y formar parte de esa comunidad, de esa familia, como la llamaba Vetr?
¿Y de verdad no me había dado cuenta hasta ese momento?
¿Acababa yo de entender lo mismo que una muchacha de dieciséis años tenía más que asimilado?
Asentí, distraída, mientras me mordisqueaba el labio inferior.
—Supongo. —Me obligué a apartar la vista de Kerstin y a mirar mi cesto de ropa cuidadosamente doblada, como si despertase mi fascinación.
—Es evidente que te parece atractivo —insistió Kerstin.
Alcé la vista hacia ella con un movimiento brusco, con el pulso acelerado, alarmada.
—¿Por qué es evidente?
¿Había hecho o dicho algo que le diera a entender a alguien que yo miraba a Vetr con esos ojos? ¿Que lo veía como un potencial compañero?
Me miró como si la respuesta fuese lo más lógico del mundo.
—Su hermano gemelo era tu compañero. Eran iguales —contestó encogiéndose de hombros.
Claro. Mi estado de alarma remitió, convirtiendo mi pulso en unos latidos rítmicos en mi garganta.
—Ah. Fell era mi esposo, pero nuestro matrimonio fue…
de conveniencia. —Era la explicación más fácil.
No era necesario contarle que nuestra unión se había fundamentado en engaños y un fraude miserable—.
Nadie eligió nada. —Al menos, ninguno de nosotros dos.
Fell pensaba que estaba eligiendo a otra persona y le impusieron cargar conmigo, y esa traición había manchado toda nuestra relación.
—Entonces ¿no te parecía atractivo?
—Yo… no he dicho eso. —Me ardieron las mejillas al recordar nuestra noche de bodas…
y la ceremonia de consumación. Tenía esa memorable noche y muchas otras ocasiones para atestiguar lo atractivo que me parecía Fell.
Durante la travesía. Las noches en la cama que compartíamos en el Borg, cuando yacía a su lado enferma de anhelo, en las que no nos tocábamos, en las que no nos uníamos, porque yo era un dragón y él —pensaba yo— no lo era.
Y luego estuvo la última vez que estuvimos juntos, inmediatamente después de nuestro primer vuelo.
En ese momento, con el sudor todavía sobre la piel, con su sabor en los labios y la sangre ardiéndome en las venas, me dije que pasara lo que pasase, que viniera lo que viniese, nos tendríamos siempre el uno al otro.
Qué equivocada estaba.
Kerstin esbozó una sonrisilla y me dio un suave codazo.
—Pues claro que no has dicho eso. Porque sería una mentira.
Fuiste afortunada de tenerle. —Cuando su mirada se detuvo sobre Vetr, comprendí que estaba pensando en lo mucho que los dos hermanos se parecían, al menos de forma superficial.
Lo oí en su suspiro de anhelo—. Vetr es lo más bonito que he visto nunca —añadió.
Era joven. Para ella, el aspecto y la atracción eran lo que más importaba.
Volví a mirar a Vetr con la bebé en brazos. No pude evitarlo. Sentí que algo respondía en mi vientre, algo que tiraba de lo más profundo de mí.
Quizá fuese por lo mucho que se parecía a Fell.
Quizá, en parte, yo fuese tan superficial como Kerstin.
O quizá fuese porque tener a la pequeña en brazos lo hacía parecer más tierno, y eso me hacía mirarlo con otros ojos…
, me hacía pensar en las cosas que me había dicho en la oscuridad…
, en esos susurros que se me habían clavado en las entrañas, en esas manos y esa boca, moviéndose por mi piel como un ruego.
«Tú mereces la pena».
O quizá fuese porque me había traído volando desde Penterra, acunándome en sus brazos como si fuese algo precioso, y porque luego se había pasado semanas sentado al lado de mi cama, cuidándome, tratando de persuadirme para que lograra despertar de mi svefn.
Me froté la palma dolorida en la pernera de mis pantalones de lana, como si así pudiese extinguir esos latidos acuciantes de mi piel.
Por primera vez, me molestó tener aquella marca.
Me molestó esa vibración constante que subía y bajaba como las mareas, sin detenerse nunca, sin apagarse nunca, sin darme nunca paz.
No quería seguir sintiéndola.
Quería que el eco guardase silencio.
No era real. No podía serlo. No era Fell, así que… debía parar.
«Para. Déjame marchar».
Quería ser libre. Quería sentirme como el resto de los dragones de la manada, vivir el momento. Disfrutar de la vida, vivirla lo mejor que pudiese. Juntos.
—Dudo que Vetr siga estando disponible cuando yo pueda elegir compañero. —Me miró con cierta amargura—. Hay demasiadas babeando tras él. No tardará en elegir a alguna, estoy segura.
Se me encogió el estómago. Mi cuerpo reaccionaba, se rebelaba visceralmente contra sus palabras. Sentí la presión del tiempo, que se cernía sobre mí, pero no dije nada. ¿Qué iba a decir? «Me desea a mí». No. Kerstin no comprendería que no estuviera receptiva a su proposición.
—Dentro de un par de años tendré que elegir a alguien —continuó.
Volvió a mirar al grupo que estaba junto al fuego y suspiró. Al observarlos, yo no vi más que muchachos, apenas hombres. Ella veía otra cosa… Su futuro.
Cambié el peso de un pie a otro, incómoda, y me recoloqué el cesto. No sabía qué me perturbaba más, que Kerstin eligiera a alguien que no deseaba o que Vetr acabase por elegir una compañera que no fuese yo. Pensar en la última posibilidad fue como un jarro de agua fría, y eso me desconcertó.
Sentí que me invadía el pánico, que un nudo invisible me apretaba más y más el cuello, advirtiéndome de que me arrepentiría si daba lugar a que él hiciera eso, si elegía a otra mientras yo seguía indecisa, mientras yo seguía tratando de discernir lo que quería.
Una parte de mí se preguntaría siempre si había cometido un error.
Me había dicho que sería paciente…, pero ¿cómo de paciente podía ser si tenía la responsabilidad de la manada sobre los hombros y la presión de elegir una compañera y perpetuar la especie, y a alguien tan hermosa como Gudru colándose en su guarida por las noches?
Mi estómago siguió revolviéndose mientras lo miraba.
No lo deseaba.
«No quiero».
Entonces, él alzó la cabeza, que hasta entonces tenía inclinada hacia la bebé, y su mirada se clavó en la mía inequívocamente, como si supiera que llevaba todo ese tiempo observándolo.
Sus ojos plateados se deslizaron sobre mí, recorriendo mi cuerpo despacio y prendiendo fuego a cada lugar que contemplaba, y luego volvieron a mi rostro y se detuvieron en él.
Al menos, no creía que lo deseara.
Pero tampoco quería que eligiera a otra.
No estaba bien, lo sabía. Estaba siendo tan voluble y caprichosa como una niña mimada incapaz de elegir qué lazo quería ponerse en el pelo. Era un comportamiento que habría juzgado propio de Feena o Sybilia.
Pero también sabía que tenía que hacer algo, porque no hacer nada era una decisión en sí misma, y no pensaba permitir que mi vida siguiese siendo algo que me pasaba. Ya no.
Yo decidiría mi propio destino. Jamás volvería a ser la chica que obedecía y cumplía con su obligación según la dictaran otros. Aquella chica ya no existía. Quien había ocupado su lugar era yo, y tomaría mis propias decisiones, fueran acertadas o erróneas.
No aparté la vista de él, ni de esos ojos de plata fundida que veían hasta lo que había dentro de mi alma. Poco a poco, las comisuras de su boca se elevaron para esbozar una sonrisa, y mi estómago dio otro salto mortal.
Yo también le sonreí.