La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 15. Tamsyn
54%

15. Tamsyn

Tamsyn

E l invierno llegó antes de hora.

Trajo consigo más nieve de la habitual. No era como la nieve del invierno anterior, ni como la que cubría el suelo y los picos de las montañas todo el año.

No, aquella nieve no era fresca y blanda.

Aquella era una nieve brutal y asfixiante, incluso para los dragones, que tan bien se desenvolvían en un clima frío.

Una tormenta inesperada nos pilló a todos desprevenidos. Nos obligó a recluirnos en las cuevas y nos mantuvo allí encerrados, como hormigas escondiéndose de un maremoto. La ventisca nos impedía volar, y aventurarse a recorrer terreno en esas condiciones no era una opción.

Mientras el mundo exterior ululaba sin cesar, nos resguardamos en nuestras cavernas y tratamos de mantenernos ocupados mientras esperábamos a que aquella blancura cegadora llegara a su fin.

Al parecer, incluso los dragones, con sus muchos talentos y su gran capacidad de adaptación, tan afines a la vida en los Riscos, tenían sus límites.

Todos estábamos nerviosos. Nuestra naturaleza era la de ser criaturas salvajes, y esa cautividad forzosa, a pesar de que dispusiéramos de todas las comodidades y tuviésemos provisiones de sobra, iba en contra de nuestro instinto.

Necesitábamos estirar las alas. Literalmente.

El entrenamiento en la arena se volvió especialmente violento, pues era donde canalizábamos toda nuestra energía contenida.

Se rompían huesos, se partía piel y la sangre salpicaba el aire.

Brenna estaba allí para curar y recomponer los cuerpos lo mejor que podía.

La enfermería se encontraba siempre llena, y el vino de bayas verda fluía como el agua, pues era un bálsamo para el cuerpo y para el alma.

Cada vez que se llevaban a alguien de la arena, yo miraba a Vetr para ver si detenía por fin todo aquello y ponía fin a tanta brutalidad, pero el alfa se limitaba a observar con los robustos brazos cruzados con decisión ante su pecho, con los dientes apretados y con una tensión que emanaba de él como nunca había visto antes.

Me pregunté si también él sentiría aquella inquietud, aquella necesidad desesperada que nos causaba el estar encerrados, atrapados.

¿O sería otra cosa lo que le confería ese aspecto, como si estuviera tan rígido como las montañas rocosas que nos rodeaban?

No podíamos hacer nada más que esperar.

Esperar mientras la tormenta continuaba durante días.

Al cabo de otra semana me permitieron entrenar de nuevo, aunque con algunas limitaciones, y siempre con el peso de la mirada de Vetr sobre mí, como si estuviera preparado para intervenir en cuanto juzgase que me estaba pasando de la raya.

Seguí cumpliendo con mis obligaciones, tomando mis comidas en el asiento designado para mí y escuchando la cháchara de Kerstin, que siempre se sentaba a mi lado.

Me esforzaba hasta el agotamiento y bebía gran cantidad de vino de bayas verda durante la cena con la esperanza de dormir sin ser asaltada por las pesadillas plagadas de Fell.

Trataba de hacer caso omiso de la piel susurrante de mi palma marcada, que seguía empeñada en hacerse notar.

Trataba de no pensar en Vetr y en lo que me había dicho.

Trataba por todos los medios de que nadie se fijara en mí en esos tiempos tan tensos, en los que parecía que nos faltaba el aire o el poco que había sabía a hielo, a sangre y a sudor…

, como si, si yo no llamaba la atención, Vetr se fuese a olvidar de mí.

Igual que yo me había propuesto olvidarme de él.

«Cómo deseo saborearte entera…».

«Te necesito».

Era más fácil decirlo que hacerlo.

Pasé junto a la sala común haciendo equilibrios con un cesto de ropa limpia apoyado en la cadera. Con aquel frío y aquella humedad, la ropa tardaba más en secarse, así que estaba contenta de que por fin mis prendas se hubieran secado lo bastante para descolgarlas del tendedero de la lavandería.

La neblina aparecía por momentos y se me arremolinaba en las botas mientras caminaba.

Mientras la tormenta seguía causando estragos en el exterior, la niebla perpetua se había mitigado.

Vetr y nuestro otro ocultador, Vestar, no emitían tanta bruma como de costumbre.

Con un clima así, no necesitábamos la capa extra de protección, pues la nieve nos proporcionaba cobertura suficiente.

Nadie se aventuraría a explorar los Riscos ni se atrevería a atacarnos en esas condiciones.

Los guerreros de Veturlandia tampoco viajarían tan lejos en ese clima, aunque estuvieran acostumbrados al frío.

En los meses de verano, habíamos atisbado sus filas gracias a sus cascos alados característicos. Marchaban hacia Penterra, enviados por el rey para presentar batalla y atacar a su enemigo del sur.

La tregua que habíamos pactado con el skelm parecía aguantar. No había habido más encuentros, a pesar de que se habían presentado algunas oportunidades y de que algunos miembros de las respectivas manadas se habían visto desde lejos.

La bebé chilló y me volví hacia el otro lado de la sala. Era bonito oír sus gorjeos; me regalaban la sensación de que mi vida allí era casi corriente, a pesar de habitar en un lugar en lo que lo corriente no existía.

No veía a la niña a menudo. Normalmente ya estaba acostada cuando cenábamos, dormida en una cuna que no se encontraba lejos de la mesa principal ni de los ojos vigilantes de Brenna, y yo nunca me cruzaba con ella durante el día, pues ninguna de mis tareas me requería entrar en la habitación donde la pequeña pasaba casi todo su tiempo.

La única cría de la manada era una representación de la esperanza.

Del futuro. La primera de la siguiente generación.

Me detuve unos instantes y estiré el cuello para verla, buscándola con la mirada.

Allí estaba. Brenna, que se hallaba sentada a la mesa, la llevaba sujeta al pecho mientras dividía hierbas en ramos que luego ataba con un cordel.

La bebé trató de agarrar las manos de su madre, que movía ante ella, pero Brenna siempre lograba esquivar sus dedos regordetes. Iba más lenta por su culpa, por supuesto, pero, a juzgar por la dulce sonrisa que tenía pintada en la cara, no le importaba.

Noté que se me borraba la sonrisa cuando vi que Vetr se acercaba y se detenía junto a ellas.

Intercambiaron unas palabras, inaudibles a tanta distancia, y luego él alargó los brazos hacia la bebé y la levantó del arnés con las grandes manazas, como si para él aquel gesto fuese lo más natural del mundo.

Me quedé observándolo mientras se la colocaba en un costado y le sonreía.

La pequeña Mirja le agarró la nariz, pero a él no pareció importarle. Dejó que la bebé explorase su rostro con las manitas como si fuese un juguete fabricado especialmente para ella.

—En fin, creo que mi útero está dando volteretas.

Me volví de golpe y vi a Kerstin. Ni siquiera la había oído acercarse, cautivada como estaba con la escena compartida entre el mayor y la menor de la manada.

—¿Qué?

Señaló a Vetr con la cabeza y curvó la boca en una sonrisa.

—Cuando lo veo con un bebé…, la idea de expulsar a uno por la vagina no me parece tan objetable. Estoy segura de que me lo pasaría muy bien haciéndolo.

Solté una carcajada y negué con la cabeza.

—Eres un caso.

—Al menos si el padre fuera Vetr —añadió, como si fuese un detalle importante.

Dejé de reírme y contemplé la enorme sala común y a aquel dúo, imaginando que la niña en sus brazos era de él. ¿Qué clase de padre sería? Negué suavemente con la cabeza. Esa pregunta no debería ni habérseme ocurrido, pues su respuesta no importaba. No tenía nada que ver conmigo.

—¿No es un poco mayor para que lo mires con esos ojos? —pregunté, señalando a Vetr con la cabeza.

—Oh… Tampoco es tan mayor. Y dentro de poco seré mayor de edad.

—Se le formaron dos arruguitas entre las cejas, como si tener la edad suficiente para elegir un compañero no fuese un futuro que esperase con muchas ganas.

Con eso me sentía identificada. Casarme tampoco había sido el destino que yo había querido para mí, aunque lo hubiese aceptado.

Y era justo eso lo que oía en la voz de Kerstin.

Aquello me perturbó, me devolvió a los tiempos en los que también a mí me dijeron cuál era mi obligación.

—Solo tienes dieciséis años. Aún hay tiempo.

—No tanto como crees. —Apartó la vista y, con la consternación todavía en el rostro, miró al grupo que estaba sentado junto al fuego, cuyas graves voces se interrumpían las unas a las otras mientras conversaban sobre la limpieza de sus armas.

Entre ellos estaba Nayden, que, por una vez, no me fulminó con la mirada—.

Aunque Vetr no tiene ningún interés en mí.

Tendré que conformarme con alguno de ellos.

—Pronunció aquella última frase con gran disgusto.

Tragué saliva, tratando de no pensar en que Vetr había declarado su interés por mí de manera muy directa. Me guardé ese dato para mí, cerca de donde ocultaba todos mis secretos.

Al mirar a Kerstin, pensé en Alise. Eran más o menos de la misma edad y a Alise ya la habían condenado a un matrimonio. Para ella ya era demasiado tarde, pero esperaba que Kerstin tuviera algo de tiempo antes de entregarse al matrimonio… o a la maternidad.

Pero, cuando eras joven y mujer, nadie te preguntaba por tus preferencias.

¿Era ese el destino de las mujeres jóvenes en todas partes?

Aquí, en Penterra; al norte de los Riscos, en Veturlandia; al otro lado del Canal Oscuro, en Acton; en la lejana Isla de Meru…

El destino de atarte a alguien que no habías elegido tú.

Que tu valor solo se midiera según la efectividad de tu vientre.

Pero sabía que no todas se veían sometidas a esto.

Recordé fugazmente a la valerosa Mari, una de las muchas doncellas armadas del ejército de Fell.

A esas mujeres nadie las forzaba a aceptar un marido.

En el Borg, las mujeres parecían disfrutar de más autonomía.

O, al menos, así era antes de que llegase Stig.