14. Tamsyn #3
—¿Por qué lo sigo sintiendo? —Me estremecí una vez tras otra mientras lo miraba—. ¿Cuándo parará? —le supliqué con voz ronca—. Si ya no está entre nosotros…, ¿cuánto más tiempo habré de vivir con su fantasma en mi interior? —Las palabras cayeron entre nosotros, tan serradas como pedazos de cristal.
—Se te pasará con el tiempo —me aseguró—. Es como un recuerdo. Al final, se atenúa y se difumina. Los vínculos de los dragones son muy profundos, pero cuando pases página y empieces de nuevo a vivir por ti misma…, cuando le abras la puerta a cosas nuevas…
Se interrumpió, sin dejar de acariciarme la palma de la mano con el pulgar. Sus caricias empezaron a electrizarse, como el aire antes de una tormenta, a hacerse más vigorosas y, de algún modo, también más sensuales. Inclinó la cabeza y me besó la palma de la mano, justo encima de la «x» vibrante.
«Cuando le abras la puerta a cosas nuevas…».
—¿Cómo? —susurré, inclinándome hacia sus labios, hacia la promesa del alivio—. ¿Cómo se hace eso?
Alzó la cabeza y me clavó la mirada plateada en los ojos, para luego recorrer con ella mi nariz, mis labios.
Me soltó la mano y acercó el pulgar a mi rostro y a mi boca, y me rozó el labio inferior con una sola y lánguida caricia.
—Llevaba mucho tiempo esperando para saborear esta boca, Llamita.
Parpadeé a toda prisa. Ese sobrenombre tenía cierto efecto en mí. No debería, pero así era.
—¿Ah, sí?
—La experiencia ha estado a la altura. Tienes una boca suntuosa. Es todo un festín. Cómo deseo volver a besarte. Cómo deseo saborearte entera…
Me ardía el rostro; el fuego se propagó por mi cuerpo.
Le dije que no suavemente, moviendo la cabeza.
Desearlo era peligroso. Estuve a punto de decírselo, pero me contuve al comprender que él no era alguien que se alejara del peligro.
Había vivido toda su vida en el filo de la navaja.
Volaba a territorios peligrosos todo el tiempo y se mezclaba con aquellos que lo odiaban y solo le deseaban el mal.
Era posible que, para él, el peligro fuese incluso un aliciente.
Sentía que su mirada me atravesaba.
Abrí la boca, pero no salió de ella ningún sonido.
Él, en cambio, prosiguió:
—Tienes que hacer sitio para cosas nuevas en tu vida.
—Quieres decir… sitio para ti.
Tardó mucho rato en responder, y temí, en un momento de duda, haberlo malinterpretado, haber comprendido mal sus desvergonzados susurros. Hasta que se encogió de hombros.
—¿Tan malo sería aceptarme?
¿Aceptar a Vetr? ¿El hermano de Fell?
Quería que esa idea me repeliera y, sin embargo, me oí decir:
—Aceptarte como… —Tragué saliva con dificultad; de repente, estaba mareada, como si hubiese bebido demasiado vino de bayas verda.
La niebla creció a nuestro alrededor, tornándose más densa. Se movió sobre mí, como unos dedos casi imperceptibles que se deslizaran sobre mi piel. Y supe que era él, desplegando su magia. Unas serpientes de humo me rozaron la mandíbula y me acariciaron el cuello.
Era Vetr quien lo hacía. Era él quien creaba y controlaba la neblina, quien la tejía a nuestro alrededor, quien manipulaba el vapor para que me acariciase como un amante.
La distancia que nos separaba había empezado a acortarse. Se estaba acercando a mí con tanta sutileza, con tanta quietud como la propia niebla.
Apreté el suave cojín con los dedos y me lo apretujé contra el pecho.
—Acepta que sea tuyo, Tamsyn, y entonces seré tuyo.
Nos perteneceremos el uno al otro. —Su voz era, en sí misma, otro tipo de magia, hipnótica y sutil.
Una de sus manos volvió a adueñarse de la mía para frotarme la «x», para masajeármela, para calmar el dolor con la presión de su tacto—. Si estás conmigo, esto se desvanecerá.
«¿Seguro?».
Bajé la mano y miré sus dedos, que trabajaban diligentemente sobre mi palma, y sentí una confusa mezcla entre alivio y tristeza al sentir cómo con sus caricias atenuaba el eco de Fell, cómo lo sometía.
Alivio y tristeza. Como el agua y el aceite. Dos cosas que no deberían existir al mismo tiempo, pero ahí estaban, enmarañadas y enredadas en un nudo, dentro de mí.
¿Quería yo perder a Fell para siempre?
Me miré la mano. ¿Para siempre? ¿Quería yo librarme de su eco? ¿De su fantasma? Si lo hacía, su pérdida sería permanente, definitiva, igual que lo son todas las cosas muertas.
De repente, la piel de la palma de mi mano dio un brinco; siseó y echó chispas, más viva y reactiva que nunca, casi como si la «x» estuviera luchando contra las caricias de Vetr, repeliéndolas, obligándolo a retroceder.
Y eso fue justo lo que hizo.
Me soltó y dio un paso atrás como si se hubiese hecho daño, y me miró la palma de la mano, que resplandecía como fuego en la oscuridad.
—¡Es él! —exclamé con la voz entrecortada.
Vetr me miró a la cara y luego la marca ardiente, visiblemente inquieto.
—Está muerto. —Su tono de voz se había tornado más duro, autoritario, y no supe a ciencia cierta si se estaba dirigiendo a mí o a sí mismo—. Tienes que dejar de atormentarte. No puedes seguir así.
Digerí lo que me acababa de decir, deseando que fuese tan sencillo, poder elegir no sentirme así y ahuyentar los sueños, los recuerdos, los anhelos, ahuyentar la vibración incesante de mi mano.
Respiré hondo; de pronto, necesitaba más aire en ese espacio que parecía empequeñecerse a mi alrededor, que parecía cercarme. Me lo quedé mirando, segura de que nunca antes lo había visto como era, a ese hombre, ese dragón, que quería que yo fuese su compañera.
«Llevaba mucho tiempo esperando para saborear esta boca, Llamita».
—¿Cuánto tiempo? —le pregunté abruptamente—. ¿Cuánto tiempo hacía que querías besarme?
Él apartó la vista. Pensé que no respondería, pero entonces me volvió a mirar con los ojos brillantes, como hielo ardiente.
—¿Recuerdas la primera vez que te derribaron en la arena?
Hice una mueca. Habían pasado ya unas semanas desde que había perdido a Fell, y, tras decidir que había llegado la hora de retomar mi vida, por mucho que hubiera cambiado, me había arrastrado hacia el ruido.
—Luché contra Bodin. —A sus trece años, era el más joven de la manada (a excepción de la pequeña Mirja), y me había hecho morder el polvo de todos modos.
—Te ganó.
—Eso es un eufemismo.
—Te tiraba al suelo una vez tras otra.
—Y sin hacer ningún esfuerzo. Casi no me había puesto de pie todavía y ya estaba tirada en el suelo de espaldas. Estaba tan avergonzada…
—Estuviste magnífica —me contradijo con sinceridad.
El cumplido me provocó una punzada en el techo.
—No es así como me describiría yo —le respondí sin aliento.
—Cada vez que te derribaba, volvías a ponerte de pie. No te rendías…, y yo… —Se calló, con la mirada fija en mis labios—. Yo no podía dejar de mirarte.
No hizo falta que dijera nada más. Fue entonces cuando empezó a pensar en saborear mi boca.
Me humedecí los labios.
—No estoy preparada, Vetr. No deberías esperarme. Hay otras que merecen más tu tiempo. Estrid, Gudru… —le sugerí a toda prisa, como si fuesen mías para ofrecérselas.
Curvó ligeramente los labios, casi esbozando una sonrisa.
—¿Estás intentando decirme a quién debería desear?
Tragué saliva. «Desear». Otra vez esa palabra.
—Sería menos complicado que eligieras a una de ellas.
—Te deseo a ti, Tamsyn. Si he esperado tanto tiempo es por ti. Puedo ser paciente y seguir esperando. No me importa que sea complicado. Algo me dice que la espera merecerá la pena. Que tú mereces la pena.
Me estremecí, aunque lo último que sentía era frío. En ese momento, con su mirada sobre mí, con sus palabras vibrando a través de mí, estaba en llamas.
Siempre había sido intenso cuando se trataba de entrenar y de la defensa y la protección de la manada.
Los demás pasaban su tiempo libre jugando o coqueteando, pero él no.
Era demasiado serio para eso. Demasiado serio para frivolidades.
Él siempre estaba trabajando en alguna tarea, o concentrado en alguna estrategia con uno de sus skeppars, supervisando un ejercicio de entrenamiento o planificando la próxima rekon.
Imaginaba que había sido siempre así, incluso de niño… Un niño salvaje al que habían dejado solo no debía de haber tenido tiempo para el ocio. Ni entonces ni ahora.
Abrí la boca para decirle que no tenía ningún interés en vivir un romance ni en formar un vínculo, ni con él ni con nadie. Que ya tenía bastante con aprender a sobrevivir en ese nuevo mundo.
Pero él dio media vuelta antes y se alejó de mí con sus andares audaces y fieros, de eterno cazador.
En el umbral de mi puerta se detuvo un momento y se volvió para mirarme.
—Algún día tendrás que pasar página. Ahora tu familia es la manada, quieras o no quieras darte cuenta… Y tu familia te necesita. —Hizo una pausa y carraspeó como si tuviera algo atorado en la garganta, algo que le estuviera impidiendo el paso a su voz—. Yo te necesito.
Apartó las cortinas y desapareció, dejándome sola con mi mano y sus latidos desbocados, y con mis pensamientos, que lo estaban aún más.
Me juré que no volvería a pensar en ello. Ni en sus palabras, ni en sus labios, ni en sus caricias.
Olvidaría todo lo que había ocurrido esa noche y también lo olvidaría a él.