14. Tamsyn #2
Le pegué un empujón en los anchos hombros para quitármelo de encima, zafándome así del contacto de su carne dura contra la mía.
No era Fell. Pues claro que no era Fell.
Con un gemido de pánico, eché el brazo hacia atrás y le di un puñetazo en la cara.
Él soltó un gruñido.
Retrocedí por la cama para coger un cojín y abrazármelo con fuerza sobre el cuerpo, utilizándolo como escudo para tapar mi desnudez, ya que el camisón estaba arrugado en el suelo, en alguna parte.
Lo miré de hito en hito con unos ojos como platos y el dolor pintado en el rostro, penetrando en la oscuridad que nos rodeaba.
Lo miré de arriba abajo, fijándome en los pequeños detalles que se me habían pasado por alto debido a mi confusión, a los residuos de esa pesadilla que seguía pegada a mí y que me había traicionado, que me había cegado cruelmente ante lo que ahora me parecían enormes diferencias.
El pelo, sí, pero también la postura de sus hombros, que, de algún modo, era más propia de un depredador. Su aroma tampoco era como el de Fell: la marga y la nieve fresca nadaban cerca de mi nariz. ¿Cómo no me había dado cuenta?
—Yo no soy Fell —gruñó con una voz que también era distinta. Era grave, sí, pero, de algún modo, más resonante, más lírica…, más excitada. Se tocó la barbilla, donde le había asestado el puñetazo.
—Está claro —respondí con un jadeo. Me temblaba todo el cuerpo; exhausta de repente, agotada, como si acabase de correr sobre arenas movedizas.
—No está tan claro, salta a la vista —me contradijo, con tanta precisión como un látigo al aterrizar sobre su objetivo. Hice una mueca ante mi propia ocurrencia; era demasiado pronto para hacer esa comparación.
—¿Qué haces en mi guarida? —No debería haber entrado así, en mitad de la noche, cuando yo estaba dormida y más vulnerable. Creía que aquel era mi santuario, que allí estaba libre de él.
—Has gritado. —Había un matiz acusador en sus palabras, una voz dura, ligeramente jadeante, como si siguiera afectado tras nuestro…
, tras lo que habíamos hecho—. Has gritado, así que he venido.
—Una explicación simple y, sin embargo, nada de todo aquello parecía simple.
Me miró exasperado—. Hemos estado durmiendo en el mismo espacio durante semanas, Tamsyn…
¿De verdad pensabas que no estaría alerta por si me necesitabas?
¿Que no estaría en tensión… para asegurarme de que te encontrabas bien?
Inhalé con una mueca. Por supuesto. Desde la rekon, no había sido sino atento y solícito conmigo. No podía simplemente desactivar ese instinto en cuanto yo volviese a mi propia guarida.
Flexioné de nuevo los dedos, y entonces…
Ahí estaba.
Fell. No solo en mi sueño.
Sentí que las protuberancias de la palma de mi mano, las líneas punzantes de esa «x» grabada en la carne, cobraban vida de repente, vibrando como una cosa salvaje y desesperada…, como un animal atrapado, dispuesto a arrancarse la propia pierna a mordiscos para liberarse de su trampa.
—He tenido una pesadilla —le expliqué sin darle muchos detalles con la esperanza de que con eso bastara—. A veces pasa.
—¿Y has gritado? Debía de ser una buena pesadilla.
Asentí una vez con brusquedad.
—Últimamente sueño más. —Me humedecí los labios—. Desde que desperté de mi svefn. —Y también durante. De hecho, mi svefn mismo había sido un sueño interminable.
Él me miró durante un largo momento antes de exhalar un suspiro.
—Aquí estás a salvo, Tamsyn. Lo sabes. El Terror no te va a encontrar aquí.
¿Lo sabía? ¿Había acaso algún lugar seguro? No me parecía una promesa que nadie pudiera hacerme… y mucho menos una que yo me pudiera creer.
Y ¿cómo le iba explicar que no era Stig quien me perseguía en sueños?
Que era Fell. Que lo sentía como nunca antes lo había sentido.
Que lo sentía conmigo incluso en ese momento, que había estado a mi lado durante el svefn.
Al menos… Al menos allí lo había sentido, en aquel punto entre sombras, a medio camino entre la vida y la muerte.
En ese descanso tan profundo y reparador, me había sentido conectada a él. Más que eso. Había estado conmigo.
Mis sentimientos, sus sentimientos… Había sido imposible distinguirlos, desenmarañarlos.
—Lo siento —murmuré, porque me parecía lo adecuado. Había entrado en mi habitación de buena fe, yo prácticamente me había abalanzado sobre él y, luego, le había dado un puñetazo.
Él se encogió de hombros.
—No pasa nada.
El aire era denso a nuestro alrededor. Me daba la sensación de que él estaba esperando algo.
—Cuando te he oído gritar… —Se le apagó la voz—. Me ha hecho pensar en todo lo que te pasó. —Alzó el pecho y los hombros al inhalar profundo, como si le costase admitir qué era lo que tanto le pesaba—. No quiero que te vuelvan a hacer tanto daño jamás.
«Este mundo es un lugar peligroso. Incluso aquí lo es».
Recordé que Vetr me había dicho aquello una vez, o algo parecido, después de que Nayden me atacase con su fuego.
—Me acabas de decir que aquí estoy a salvo —le recordé.
Inclinó la cabeza a modo de asentimiento, pero vaciló de todos modos. Entonces, con una voz aterciopelada y ronca que me había recordado a cuando me había dicho eso de «qué caliente estás, Llamita…», añadió:
—Si fueses mía, también estarías más segura aquí, en los Riscos. Nadie se atrevería a hacerte daño. No tendrías ninguna razón para tener pesadillas.
Me ruboricé y un enjambre de mariposas echó a volar en mi estómago, rebeldes y desconcertantes.
«Si fueses mía»…
Respiré con brusquedad, tratando de asimilarlo.
—Creo que he demostrado que se me da bastante bien cuidar de mí misma.
Él asintió.
—Así es. Nadie estaría en desacuerdo con eso. Pero nos podría ir muy bien juntos, Tamsyn. —Guardó silencio unos instantes—. Y no tendrías que dormir sola nunca más. Yo estaría a tu lado si tuvieras pesadillas.
De repente, no podía quitarme de la cabeza que estábamos completamente a solas, y que yo estaba completamente desnuda, y que él también estaba también casi desnudo, con el pecho al descubierto, con esa vasta extensión de piel a la vista.
El mismo pecho contra el que yo tan impúdicamente me había frotado.
Tragué saliva con dificultad. Todavía podía saborearlo, todavía sentía un anhelo entre las piernas, donde nos habíamos restregado el uno contra el otro. Era abrumador, y excitante, y…
Mi cuerpo había decidido que lo deseaba, y yo me sentía traicionada por él.
Decidí hacer caso omiso del «si fueras mía». En lugar de eso, señalé:
—Fell no estaba a salvo aquí. Y tú te salvaste por muy poco. —Tuvo que sacrificar la ubicación de una mina muy codiciada para conseguir que lo soltaran.
—Lo que le ocurrió a él no te va a ocurrir a ti.
—Eso no puedes saberlo.
Él parpadeó y exhaló un aliento tembloroso.
—Si pudiera volver atrás, nunca…
—Calla —lo interrumpí.
No quería saber qué cosas querría cambiar.
Fell y él habían elegido cuáles serían sus actos ese día.
Se habían ido juntos y Vetr había vuelto solo.
El arrepentimiento no servía de nada. Yo podría haber llenado todos mis días y todas mis noches solo enumerando todas las cosas que habría hecho de un modo distinto.
Me froté la palma que latía con el pulgar de forma involuntaria. No podía evitarlo. Me ardía aún, como una picadura reciente. Cada vez que deslizaba el pulgar sobre la marca recibía una respuesta, una chispa que me contestaba. Era molesto. Y desconcertante.
Tal vez mi cuerpo hubiese sanado durante el svefn, pero yo ya no era la misma. Los sueños con Fell, la sensación de tenerlo conmigo, de su tacto, de su voz en mi cabeza. Las intensas palpitaciones de la palma de mi mano… Por extraño y disparatado que sonase, yo no me había despertado sola.
Tragué saliva, me aclaré la garganta y me atreví a preguntar lo mismo que había decidido aceptar hacía unos meses.
—¿Estás seguro de que Fell está muerto? ¿Muerto de verdad? ¿No podría seguir vivo y encontrarse en algún lugar de los vastos Riscos?
¿Había Vetr visto con sus propios ojos como Kaldr, el líder del skelm, lo mataba?
No era la primera vez que acudía al alfa con esas cuestiones. Lo había hecho varias veces, los primeros tiempos tras perder a Fell. Él siempre había rechazado esa posibilidad y me había aconsejado que dejase de albergar esperanzas.
Y la lógica me decía que tenía razón: Fell no estaba en ningún sitio. No podía estarlo… Pero la esperanza era algo muy difícil de matar.
Era un mundo grande, y había otros mundos dentro de él. La magia podía esconderse en los rincones más profundos. Vetr podía estar equivocado.
—Tamsyn… —dijo Vetr con voz calmada, con los ojos de escarcha clavados en mí, como si necesitase que sus siguientes palabras se enraizasen en mi interior—.
El skelm no es famoso por su piedad, sobre todo Kaldr. Lo mataron.
Lo siento. Cuanto antes aceptes que Fell no sigue vivo, antes te sentirás en paz.
—Lo afirmó con increíble franqueza, y su voz me envolvió igual que la niebla, como si de verdad quisiese eso para mí. Que me sintiera en paz.
Yo también deseaba esa paz.
Mi mano empezó a palpitar de nuevo, como burlándose de mí. Me la llevé al pecho y presioné la palma contra él, como si así, solo con mi cuerpo y mi fuerza de voluntad, pudiera silenciar la marca latiente.
Vetr siguió mi movimiento; nada se le pasó por alto.
Al cabo de un instante, como si se hubiese detenido a pensárselo mejor, alargó una mano hacia mí.
La dejó suspendida sobre la mía, como si quisiera darme tiempo de reaccionar, de apartarme; cuando vio que no lo hacía, me la cogió.
Sin dejar de observar mi rostro, recorrió la marca con la yema del pulgar, acariciando las gruesas líneas con una ternura que yo ya empezaba a esperar por su parte.
Se me desplomaron los hombros entonces, toda la energía y las ganas de resistirse abandonaron mi cuerpo y mi agotamiento quedó al descubierto.