14. Tamsyn
Tamsyn
M e desperté de golpe con un grito grueso y urgente que escapaba de mis labios, que hacía temblar las paredes de mi guarida. El sabor de la ceniza yacía en mi lengua, áspera como arena, y me cubría el paladar y los dientes.
Me interrumpí, acallando mi grito tan de golpe como la muerte de un viento repentino.
Temblaba, presa de violentas sacudidas. Me balanceé y me caí de espaldas en la cama, intentando coger aire, tragando saliva contra ese sabor acre, luchando por contener el fuego que amenazaba con escapar.
El interior de mi cuerpo había estallado en sollozos, y estos se abrían paso entre las llamas crepitantes para salir por mi boca.
Una pesadilla. Otra.
Mi svefn había estado plagado de ellas, y parecía que habían decidido seguirme.
Extendí los dedos de la mano y los flexioné ante mí; los estiré y los moví lentamente en el aire turbio, difuminado con el arcoíris de colores que emanaba de las gemas de mi pared.
Por las noches, los colores se tornaban más suaves y apagados, como la conciencia, como si supieran que necesitaban atenuarse para permitirme dormir.
Me palpitaba la palma de la mano. La «x» grabada sobre mi piel había cobrado vida y resplandecía, como si la pesadilla la hubiera despertado, perturbándola también a ella. La sensación se propagó hasta las yemas de mis dedos, hasta los bordes cortantes de mis uñas.
Mi pecho subía y bajaba al compás de mis jadeos, como si acabase de correr a toda velocidad una larga distancia. Cerré los ojos y apreté la mano con fuerza en un puño, tratando de apagar la presión y el cosquilleo.
Sacudí la cabeza para ahuyentar los resquicios ensombrecidos de mi pesadilla, pero esta seguía aferrada a mí como una vid retorcida, tan fuerte como una cuerda alrededor de mi mente. Se negaba a soltarme.
Fell estaba allí, de pie, en mi sueño, tendiéndome la mano, pero justo antes de que lograra alcanzarlo me lo arrebataban, arrastrándolo de nuevo a la oscuridad.
Su rostro se contorsionaba con una maraña de sombras fracturadas, dejando tras él nada más que su voz, que gritaba mi nombre desde un abismo oscuro, un vacío en el que yo no podía adentrarme… , en el que no podía ver.
—Fell —dije con un hilo de voz, débil; no parecía la voz de alguien que pudiera rescatar a nadie.
El sueño me había parecido tan real…
Él me había parecido real.
Era imposible, por supuesto. Fell no podía estar allí. No estaba en ninguna parte. Ya no.
Sin embargo, volví a hablarle a la habitación, con palabras que no eran más que un susurro trémulo e interrogante.
—¿Estás ahí?
No habría ninguna respuesta, ninguna contestación.
Era lo lógico, y lo sabía, pero aun así lo pregunté y aun así esperé, tratando de no sentirme estúpida mientras prestaba atención ante lo que pudiera oír, esperanzada.
Al fin y al cabo, el mundo era un lugar mágico.
Yo era mágica, y Fell también lo era… Podía permitirme unos momentos en la noche en los que albergar esperanzas por lo imposible.
Y, justo entonces, las cortinas que hacían las veces de puerta se abrieron de par en par, y la silueta oscura de un cuerpo cruzó el umbral antes de que las telas volvieran a su lugar, emitiendo un suave susurro.
Me puse tensa. Mis ojos cambiaron, agudizándose, aclimatándose a la oscuridad y al calor que emanaba del centro de mi ser. El fuego empezó a crecer, a alzarse hacia mi garganta, mientras me preparaba para defenderme del intruso. Al fin y al cabo, en esa manada no todos eran mis amigos.
El cuerpo se acercó en dirección a mi lecho de pieles, donde yo me acurrucaba, a paso ligero sobre la alfombra que cubría el suelo de piedra.
Entonces vi su rostro y toda la tensión, la presión brutal que me aplastaba el pecho, se liberó, destensándose como un elástico roto.
¡Fell!
Fell estaba allí, como si yo misma hubiera conjurado su presencia. No era un sueño. No había sido una pesadilla. Era real.
Se me escapó un sollozo de júbilo cuando se agachó a mi lado y me estrechó entre sus brazos.
Empezó a arrullarme con ternura; notaba en el pelo la vibración de sus labios.
Recorría mi espalda arriba y abajo con sus enormes manos, en movimientos tranquilizadores que me prendían chispas en la piel.
Con una mano me sujetó de la nuca y con la otra me empezó a acariciar el brazo, y yo temblaba de la cabeza a los pies.
Fell…
No estaba muerto. No lo había perdido. Estaba allí, conmigo.
Un sollozo ardiente estalló en mi garganta atenazada.
Le rodeé el cuello con los brazos y me subí en su regazo, montándolo a horcajadas…
y deseando poder trepar y meterme dentro de él, fundirme con su cuerpo hasta que no hubiese distinción entre los dos, hasta que no se supiese dónde acababa el uno y dónde empezaba el otro.
Como si no hubiéramos perdido un año entero juntos.
Jamás lograría estar lo bastante cerca de él. Sentirme lo bastante cerca de él.
Oía un zumbido en mi mente; el dragón que había en el centro de mi ser vibraba fuerte, lleno de él, de su aroma, de su tacto, de su deliciosa firmeza.
Estaba allí conmigo. Un milagro hecho carne.
Su aliento cálido y dulce me acariciaba un lado del rostro. Me volví hacia él para buscarlo, para adueñarme de su boca como una mujer hambrienta. Hambrienta de él. Hambrienta de un bálsamo para el dolor, para el sufrimiento, para la terrible soledad que tanto tiempo me había asolado.
Y, por una razón incomprensible, él se quedó rígido contra mis labios.
—Por favor… Por favor… —gruñí, desvergonzadamente decidida a que fuese mío, a retenerlo a mi lado. A no volverlo a perder nunca.
—Tamsyn… —murmuró, pero me negué a dejarle terminar.
Le cogí la cabeza con ambas manos y retomé mis esfuerzos, besándolo, deslizando la lengua por sus labios.
Y sentí cómo se estremecía. Cómo un enorme suspiro elevaba su ancho pecho y entonces, como si un hilo invisible se hubiese roto de golpe, emitió un gruñido y me bajó a la cama, deteniéndose en el último minuto para depositarme con suavidad sobre el colchón.
Sentí su peso sobre mí, atrapándome, hundiéndonos a ambos en las suaves pieles. Un peso reconfortante, cuyo gran tamaño y presión me engulleron, me prendieron.
El fuego burbujeó en mis venas cuando llevó las manos a mis caderas para levantarlas y poder quitarme el camisón con un ágil movimiento.
Sentí la fugaz caricia del frío, pero él no tardó en volver junto a mí. Era un muro palpitante y radiante que me aplastaba.
Lo acogí entre mis piernas, notando su miembro enorme y duro, caliente y apretado contra el interior de mis muslos.
Alcé las caderas, buscándolo, hambrienta de él, y gimoteé ansiosa por calmar tanto anhelo, deseosa de retomar las cosas donde las habíamos dejado un año antes.
Apenas habíamos empezado antes de que nos arrancasen el uno del otro.
Malgasté mucho tiempo manteniendo las distancias con él, recelosa y asustada, cuando podríamos haber hecho esto todas las noches, en la travesía hacia el norte y en el Borg…
Su boca se adueñó de la mía, y luego se deslizó por mi cuello, por la curva de mis hombros.
Me moví debajo de él.
Colocó su parte más dura contra mi sexo. Rotó las caderas y se frotó contra mí, justo donde más húmeda y anhelante estaba.
Avivaba mi fuego, hacía crecer el deseo dentro de mí, un deseo que palpitaba tan profundo que la necesidad se afiló hasta convertirse en dolor.
Solo nos separaba una fina tela, y quería hacerla desaparecer.
Me faltaba el aire, estaba desesperada porque nuestros cuerpos volvieran a unirse como habían hecho en el pasado, para que todo aquello fuese más que un recuerdo, para que fuese real, para que ocurriese ya.
Hundí los dedos en su larga melena y acaricié los mechones hasta la mitad de su espalda, donde arañé la suave curva de su columna, complacida por el siseo de placer que se le escapó junto a mi oído.
Pero entonces fruncí ligeramente el ceño: algo empezaba a despertarse dentro de mí y se abría paso a través de la bruma que había invadido mi mente, como una brisa que se estuviera levantando.
Una sensación. Una intuición. Un pálpito.
Alcé las manos hacia su cabeza y acaricié su melena de nuevo, siguiendo los mechones de rayos de luna que caían más abajo de sus hombros, extendiéndose por su espalda.
Fell nunca había llevado el pelo tan largo. Fruncí más el ceño. Le llegaba justo a los hombros.
Me quedé quieta. Dejé de frotarme húmedamente contra él.
Y entonces me fijé también en otras cosas. Le toqué el cuello, acariciándole suavemente la piel, buscando la gruesa cadena de su collar de ópalo. No estaba. ¿Lo habría perdido? Nunca lo había visto sin él.
El miedo se empezó a apoderar de mí.
La marca de mi mano…
Flexioné los dedos y los sacudí un poco, los moví como si estuviese tocando un instrumento, probando, buscando la sensación.
La palma de mi mano se había quedado muda, inmóvil y apagada como un viento dormido.
No irradiaba calor, ni siquiera un cosquilleo.
No vibraba, como ocurría cuando lo tenía cerca.
Como siempre que lo tenía cerca.
Nada.
Me acarició el cuello con los labios y me rascó suavemente la piel con los dientes duros, para luego lamerme y cerrar la boca para succionar en el punto donde me palpitaba el pulso.
Era una sensación demasiado erótica, demasiado envolvente, y gemí mientras me arqueaba contra él, frotando los pechos contra la firme losa de su pecho.
Y fue entonces cuando gruñó con la boca pegada a mi piel:
—Qué caliente estás, Llamita…
Me quedé paralizada.
Él siguió amando mi cuello, completamente ajeno a mi repentino retraimiento.
Me aclaré la garganta para susurrar su nombre, para dejarlo aterrizar dubitativamente en el aire entre nuestros alientos ardientes como un deseo, una esperanza…, un ruego.
—¿Fell?
Se puso rígido. Se convirtió en un bloque de piedra sobre mí, confirmando así mis temores, mi error.
Mi terrible, terrible error.
Ese no era Fell.