13. Tamsyn #3
El festín de esa noche no era el primero al que atendía desde que me había unido a la manada, pero no por ello quedé menos boquiabierta.
La comida, la bebida, la música, el baile…
Todo el mundo se movía y se mezclaba mientras comía.
Esa noche, los asientos asignados eran más bien una sugerencia, y supongo que por eso acabé sentada al lado de Orm, que, normalmente, se ponía más hacia la cabecera de la mesa, cerca de su hermano Aksel.
Quería saber sobre el tiempo que yo había pasado con los humanos…
El tiempo que había pasado como prisionera del Terror.
—Háblame de ese látigo. Tenía escamas de dragón en las puntas, ¿verdad?
—Orm se estremeció mientras se metía una baya en la boca y luego llenó nuestras copas de vino de bayas verda—.
Qué terribles son los humanos. Aunque son creativos, se lo tengo que reconocer.
Siempre se les ocurren formas de atacarnos donde somos más vulnerables.
—Negó con la cabeza e hizo una mueca—. Malditas sean todas las brujas por revelar nuestros secretos.
Al menos tuvieron el final que se merecían.
No respondí; solo sentí una punzada de piedad. La imagen de las piras ardiendo afloró en mi mente. Yo no era capaz de sentir felicidad ante nadie que sufriera un destino como ese. No todas las brujas habían hecho daño a los dragones y, sin embargo, a todas las habían hecho sufrir.
Vislumbré a Nayden al otro lado de la sala.
Estaba bailando con Kerstin, con pasos alegres y bobalicones…
, hasta que su mirada se detuvo sobre mí.
Se le borró la sonrisa de golpe, y el rubor de felicidad que le teñía las mejillas se transformó en un tono rojizo de desagrado.
Me alegraba saber que algunas cosas no habían cambiado en el tiempo que había estado fuera, ni en el tiempo que había estado sumida en el svefn.
Di otro sorbo de vino. Después de tragar, me llevé los dedos a los labios para reprimir un bostezo.
—¿Te estoy aburriendo? —preguntó Orm con una sonrisa, mostrándome los dientes blancos y resplandecientes, que contrastaban con su piel dorada.
—No, en absoluto. Estoy cansada, me temo. Hacía tiempo que no tenía tanta actividad. He estado mucho tiempo en la enfermería.
Orm se acercó más a mí y puso un brazo sobre el respaldo de mi silla, rozándome el hombro con la mano.
—Tendrás que ir recuperando resistencia —sugirió, con los ojos de color marrón dorado brillantes y fijos en mí. Hacían juego con su pelo entre rubio y dorado, la marca característica de un dragón anunciador.
—Echo de menos la arena —admití.
—Deberías venir conmigo mañana. Podemos luchar. —Empezó a acariciarme el hombro trazando pequeños círculos. Sabía que no era un gesto involuntario.
—Acaba de salir de la enfermería. Pasará un tiempo antes de que esté preparada para luchar.
Al oír la voz que se había entrometido de repente en nuestra conversación, Orm dio un respingo y puso una expresión culpable. Dirigió una mirada de disculpa a Vetr, que estaba ante nosotros con mirada severa.
—Por supuesto, solo era una sugerencia… Podríamos hacer un entrenamiento suave.
Pero Vetr ya estaba negando con la cabeza.
—No es una buena idea. Todavía se le está curando una costilla rota.
Orm tartamudeó, pero enseguida se rindió, derrotado, y asintió con gesto deferente.
—Claro. Qué tonto he sido. —Me miró con cierto arrepentimiento—. Quizá podamos luchar cuando estés mejor.
—Sí, me gustaría. Seguro que dentro de unos días ya puedo.
Vetr gruñó en voz baja, sin abrir la boca.
Orm cogió su copa de vino.
—Si me disculpas, voy a llenarme la copa y a por un poco más de ese delicioso cordero asado.
Cuando se hubo marchado, dirigí a Vetr una mirada interrogante.
—¿Por qué estás tan enfadado?
Se encogió de hombros y, con su brusquedad habitual, respondió:
—Era una sugerencia estúpida. No debería habértelo propuesto.
—La verdad es que tengo mejor la costilla.
—Bien. Te estás curando. Mejor que siga así.
—¿Estás disfrutando del festín?
Él asintió.
—Sí, está bien.
—¿No bailas? —pregunté, señalando a los demás, que giraban y giraban en la pista. Kerstin se estaba partiendo de risa, tan descarada como siempre, moviendo la melena castaña con reflejos dorados por los aires mientras Mats la hacía dar vueltas.
—Eso es para los jóvenes.
Me eché a reír.
—Tú eres joven.
—Soy el mayor de la manada.
—Pero sigues siendo joven. —Sabía perfectamente que tenía veintisiete años. La misma edad que tenía Fell…, o la que habría tenido. Se me borró un poco la sonrisa.
—Supongo que el peso de las responsabilidades hace que los años te caigan encima.
Asentí.
—A mí tampoco me apetece mucho bailar —coincidí. Él seguía de pie delante de mí.
—Mejor. Tienes una costilla rota.
Ladeé la cabeza; se me estaba empezando a agarrotar el cuello.
—Le has cogido el gusto a mencionarlo.
—Hace unos segundos estabas accediendo a luchar en la arena. Solo quiero asegurarme de que tú también te acuerdes.
—Es poco probable que olvide lo que me ha pasado.
Vetr asintió despacio, con los ojos plateados centelleantes, y me acordé del momento en el que se había interpuesto entre Anders y yo, cuchillo en mano, preparado para defenderme.
—Yo tampoco me voy a olvidar —contestó.
Nos quedamos en silencio. Contemplé a los bailarines un rato más, dando sorbitos de vino y preguntándome cuánto más tendría que quedarme allí antes de presentar mis excusas y retirarme a la noche de soledad que me esperaba en mi guarida.