Epílogo
Un año después…
E l Borg
El señor y la señora de las Tierras Fronterizas dormían perdidos en sus sueños, enredados en los brazos del otro, con los cuerpos iluminados por la luz de las llamas que crepitaban en la chimenea.
Todavía sentían un cosquilleo en los brazos y las piernas, agotados tras sus actos amatorios y su vuelo clandestino de unas horas antes.
Tenían las plantas de los pies manchadas de barro tras haber corrido desnudos y emocionados por los bosques.
Era una escapada que hacían a menudo en un bosque que conocían bien, tras las puertas del Borg, justo bajo los ojos vigilantes de los Riscos.
Una escapada que solía terminar siempre del mismo modo: con un vertiginoso y eufórico vuelo a través del viento y el cielo nocturnos, y con las suaves caricias de las nubes sobre su piel, superadas únicamente por las caricias que se prodigaban el uno al otro.
Los Riscos
El alfa estaba sentado en su butaca, solo, con la mirada perdida en las llamas de su chimenea y los rasgos tan duros e implacables como las paredes de roca que lo rodeaban.
Tenía las manos flexionadas en los reposabrazos del sillón y sus garras amenazaban con salir, libres, pues lo asediaba un fuerte anhelo por unos ojos de fuego dorado.
La Ciudad
El señor regente estaba en sus aposentos, oteando las brillantes luces de la Ciudad desde su ventana.
Una chica con el pelo rojo que le recordaba a otra lloraba en el suelo, tras él.
Mas él la ignoraba, pues ya había terminado con ella.
En lugar de prestarle atención, miraba al norte, hacia el horizonte lejano, más allá de la Ciudad, y pensaba en su hijo muerto…
y en lo que debía hacerse para que el mundo volviera a ser como debería.
Veturlandia
Un rey contemplaba su mapa a altas horas de la noche, planeando su estrategia. Con un dedo dibujaba una línea invisible que descendía hacia el sur a través de los Riscos, a través del Borg, a través de las Tierras Fronterizas…, directa al corazón de Penterra.
Las Tierras Fronterizas
Una bruja echó a correr hacia el bosque cegada por las lágrimas, dejando su pueblo atrás. Corrió y corrió hasta que su cuerpo no pudo más: se desplomó en el suelo, exhausta y temblorosa, desde donde alzó la vista a la noche empapada de magia.
Y lanzó su hechizo.