La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 13. Tamsyn
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13. Tamsyn

Tamsyn

B renna no había exagerado. Una costilla rota tardaba en curarse.

Cada noche, la verda me desenrollaba las vendas del torso para que pudiera bañarme en la jofaina y luego, cuando ya me había secado, me las volvía a poner, apretándomelas bien, para que la costilla quedase bien sujeta.

Sin embargo, si respiraba demasiado fuerte, tosía, me atragantaba o me reía —lo que ocurría a veces, sobre todo con las gracias de la pequeña Mirja—, notaba el recordatorio de la crueldad de Stig.

—Te quedarán cicatrices —me anunció una noche mientras me aplicaba un ungüento en la espalda con dedos amables. Acababa de bañarme, y Vetr estaba fuera, en algún lado. Siempre desaparecía en ese momento de la tarde.

Me mordí la lengua para no contestarle que ya tenía cicatrices, heridas invisibles arraigadas en lo más profundo de mí. Simplemente, aquellas serían las primeras visibles, las primeras que llevaría por fuera.

Brenna tuvo la amabilidad de proporcionarme un espejo. Me volví como pude para echar un vistazo, pero no me entretuve mucho mirando. Las líneas entrecruzadas de carne protuberante que se elevaban en lo que antes había sido una piel lisa eran marcas furiosas y horribles. No quería mirar.

Brenna había cosido las heridas lo mejor posible, pero no había importado. Ni los meticulosos puntos, ni la medicina de bayas verda, ni el poder de svefn habían salvado a mi cuerpo de quedar mutilado.

—Bueno —respondí—. No pasa nada.

—Sí, sí que pasa. —Negó con la cabeza y chasqueó la lengua, disgustada—. Son unos salvajes —masculló, y comprendí que se refería a los humanos. No pude evitar sentir que se me escapaba una sonrisa ante aquella ironía.

—Estoy segura de que ellos dicen lo mismo de nosotros.

Sentí su aliento en la nuca.

—Bueno, supongo que tú lo sabes mejor que nadie.

No pronunció aquellas palabras cortantes con malicia, ni tampoco con la intención de ser sarcástica, pero sentí una punzada de dolor de todos modos, consciente de que, por mucho tiempo que pasara, siempre habría en mí ese «algo», esa «diferencia», que me separaría de ellos.

Y fui más consciente que nunca de ello el día después de despertar de mi svefn, cuando Vetr y los demás me interrogaron.

Vetr, Brenna, Anders, Aksel, Harald y Arran se habían reunido en la enfermería. Aquello había sido un interrogatorio. No lo habían llamado así, pero fue la sensación que me dio, aunque ellos lo llamaran «reunión informativa».

Después de cada rekon, los skeppars y quienes hubieran participado en esta se reunían para discutir sobre lo que hubieran descubierto y compartían sugerencias sobre cómo proceder.

En general, esas reuniones tenían lugar en la intimidad de la guarida de mando, pero Vetr insistió en que yo todavía no estaba preparada para levantarme de la cama.

Así pues, permanecí en la enfermería, incómoda bajo las pieles, mientras todos me miraban y me hacían una pregunta tras otra acerca de mi tiempo con los humanos y mi estancia en el campamento del Terror.

Revivir aquella experiencia no me apetecía especialmente, pero comprendía por qué necesitaban saber qué había sucedido.

Así que me enfrenté a sus implacables indagaciones y repasé con ellos todo lo ocurrido: los días que estuve con Jorgen, Ari y Frode.

Que Penterra había empezado a reclutar más soldados para agrandar su ejército.

Que enviaban cada vez más hombres al norte con la intención de realizar incursiones por los Riscos.

Les conté que el Terror se había casado con la hija del rey, lo que lo había hecho aún más poderoso, más tirano, y le había dado la potestad de gobernar con impunidad.

Les hablé de la mano de hierro con la que Stig gobernaba sobre las gentes de Penterra. Les conté todo aquello y mucho más.

Mucho más, porque también les conté que Stig, el señor de las Tierras Fronterizas, sabía de la existencia de los dragones. Que él era el único que sabía lo que yo era y que estaba decidido a descubrir si quedaban otros como yo.

—No lo entiendo. ¿Cómo es posible que lo sepa? ¿Cómo está tan seguro? —preguntó Anders.

Y, aunque fuese él quien lo hubiera preguntado, yo sentí el peso de la mirada de Vetr. Fue su mirada plateada la que traspasó mis defensas y me invadió allá donde no podía esconderme, donde no podía mentirle ni ocultar la verdad.

—Yo… Él… —Me costaba confesarlo, reconocer mi error. Era como un veneno sobre mi lengua, y tuve que luchar por dejarlo salir—. Yo se lo dije.

—¿Que tú se lo dijiste? —Brenna me miró como si acabase de confesar que había abofeteado a un bebé. A su bebé. Para ellos, era algo impensable. Imperdonable.

Exhalé un suspiro tembloroso. Estaba segura de que aquella admisión cambiaría la opinión que tenían sobre mí. Vetr ya no me consideraría tan valiente.

Conseguí pronunciar el resto de mi confesión, la última verdad que debía ver la luz del día.

—Se lo mostré. Me transformé delante de él.

Silencio.

En la distancia, más allá de la cueva, se oían las risas de Mirja, un sonido tan puro y tan alegre como el repiqueteo de unas campanillas, y que contrastaba con la horrorosa sombra que yo acababa de arrojar sobre la estancia.

Me sentí como si Stig estuviera presente, como si su energía oscura se estuviese derramando sobre todo, llenando hasta la última rendija y el último rincón de la enfermería.

—Le abrimos las puertas de nuestro hogar.

—Las palabras, más parecidas a un rugido que a una voz, eran de Anders.

Estaban a medio camino entre una pregunta y una afirmación.

Tenía los labios arrugados en una mueca de disgusto, revelando los dientes que empezaban a emerger, los colmillos brillantes y demasiado grandes para su boca humana.

Puso la mano en la empuñadura de la daga que llevaba sujeta del cinturón—. La dejamos vivir entre nosotros…

Harald cogió la mano de su compañero, como si quisiera detenerlo, y ambos cruzaron una larga mirada.

Los ojos negros e iridiscentes de Harald le pedían contención.

No sabía qué había hecho yo para merecer la consideración de Harald tras una confesión tan condenatoria y vergonzosa —quizá me la hubiera ganado durante la rekon—, pero me sentí agradecida por tenerla.

—¿Y la vamos a homenajear con un festín? —murmuró Aksel, que parecía más confundido que furioso.

Y entonces se desató el caos. Todos hablaban a la vez, alzando la voz, cortándose e interrumpiéndose. Me señalaban con violencia, como si yo fuese un chucho que nadie quería y me hubiese colado en su casa para mearme en el suelo.

Todos salvo Vetr. Él no decía nada. Estaba allí, quieto y silencioso como la primera nevada del invierno, con los ojos como un viento frío deslizándose sobre mí.

—Deberíamos expulsarla —sugirió Aksel. Su piel de anunciador resplandecía; el lustroso amarillo asomaba bajo su piel humana mientras él me señalaba con dedo acusador.

—¿Expulsarla? ¿Por un crimen semejante? —gruñó Anders—. ¡Venga ya! ¡La ejecución es un castigo más adecuado!

—No la acabo de curar solo para matarla ahora —protestó Brenna.

—¿De verdad la manada puede permitirse perder una potencial criadora?

—preguntó Arran con voz calma, y supuse que debía sentirme agradecida porque no exigiera mi muerte, pero sus palabras me cayeron como leche agria en el estómago.

No me gustaba que sugiriera que se me debía permitir vivir por el valor de mi vientre, por mucho que eso me salvara la vida.

—¿Por habernos traído la ruina y la muerte a la puerta? —gritó Anders, asintiendo con furia—. ¡Sí! ¡Yo digo que sí, que acabemos con ella! ¡Digo que deshagamos todo el trabajo que ha hecho Brenna y la enterremos en un puto agujero, lo más profundo posible!

La vehemencia de sus palabras me cayó encima como una losa, como una maldición, un hechizo arrojado de labios de una bruja iracunda.

Sentí que mis ojos, que ya estaban como platos, se abrían lo imposible cuando pasó por delante de Harald y alargó una mano hacia mí, como si quisiera agarrarme, sacarme de mi lecho de enferma y tirarme él mismo a ese agujero.

Pero, de repente, Vetr se interpuso entre nosotros, impidiendo que Anders me alcanzara. Le puso a su skeppar una mano plana sobre el pecho firme como un muro y lo amenazó poniéndole en el cuello una daga de hueso que pareció haber aparecido por arte de magia.

—Para lograr enterrarla en un agujero, tendrías que pasar por encima de mí. —La piel de Vetr emitía unos destellos plateados y parpadeantes que delataban la inminencia de su transformación.

Y la de Anders respondió del mismo modo: un fulgor amarillo ondeaba en su piel negra.

Yo contuve el aliento, lo aguanté en mis pulmones hinchados de calor.

Y se hizo otro silencio.

Anders, un dragón de ónice, como Harald, era más alto que la mayoría y medía bastante más de dos metros.

Vetr era unos centímetros más bajo, pero no por ello era menos formidable.

Vibraba de forma amenazante, y el ambiente en la enfermería cambió, tornándose más frío, espesándose con hilos de niebla retorcidos.

Anders parecía confundido. Dirigió a Harald una mirada interrogante, a la que él respondió enseguida negando con la cabeza, con unos ojos que parecían querer transmitirle que debía contenerse.

—Vetr, lo que ha hecho…

—No la vas a tocar. No se ha criado en la manada —lo interrumpió, acercándole un poco más la daga al cuello—. No se la puede castigar por lo que no sabía que era un crimen.

—Por supuesto que no —lo secundó Brenna—. Y ahora guárdate esa daga, Vetr. Aquí somos todos familia.

Arran y Harald añadieron sendos murmullos de asentimiento.

Vetr dio un paso atrás y envainó la daga.

Anders todavía estaba enfadado, pero se le notaba más inseguro. Se tocó con cuidado el cuello, donde le había brotado una gotita de sangre.

—¿Acaso ignorar aquello que es un crimen niega el crimen mismo? Lo hizo. No podemos fingir lo contrario. El Terror de las Tierras Fronterizas sabe de su existencia.

Alcé la voz.

—Pero nadie lo cree.