La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 12. Tamsyn #2
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12. Tamsyn #2

—Sí, es como… —Ladeó la cabeza, pensativa—.

Es como… un sueño profundo y reparador. Los dragones llevamos siglos haciéndolo.

Cuando el cuerpo o la mente, incluso, están tan destrozados, caemos en un descanso profundo para que pueda recuperarse.

Es casi como un estado de hibernación. Necesitamos poca comida y pocos fluidos, aunque ayudan, por supuesto.

Es una forma de sanar, pero lleva tiempo.

Tiempo. Empezó a despertarse en mí una ligera inquietud.

—¿Cuánto tiempo he estado sumida en este… svefn?

—Hum… Algo más de seis semanas.

Ahogué un grito. ¿Seis semanas?

—Y Vetr… ¿ha estado a mi lado todo este tiempo? —Era increíble. ¿Por qué habría hecho eso? ¿Por qué debería dedicar tanto tiempo a mi recuperación?

Señaló otro lecho de pieles que había cerca.

—Ha pasado aquí todas las noches desde que te trajo a casa.

Me incorporé apoyándome en un codo para observar mejor la cama y la pequeña mesita de noche, sobre la que había un surtido de objetos personales: un peine, gomas del pelo, una taza, un libro, un mapa plegado, pluma y pergamino… Objetos que, presumiblemente, pertenecían a Vetr.

Mareada del esfuerzo que había hecho para incorporarme, emití un quejido, expresando mi malestar.

—Ten cuidado. —Brenna me volvió a tumbar en la cama—. Vas a tardar un tiempo en estar del todo recuperada, en volver a ser la de antes. Los efectos del svefn no se pueden superar de sopetón. Y esa costilla te va a limitar un poco.

Me recosté en la almohada.

—No entiendo nada.

—¿Qué te tiene tan confundida? —Me estudió con una sonrisa cada vez más ancha. Dos hoyuelos se le marcaron en las mejillas oscuras—. ¿El funcionamiento del svefn… o que Vetr haya estado a tu lado en todo momento?

Me ardía la cara. Me tapé los ojos con los brazos.

—No…, no. Es el alfa. Obviamente, se sentiría responsable de mí. Haría cualquier cosa por cualquiera que se hubiese llevado a un rekon y hubiese vuelto con heridas tan graves.

Mis palabras sonaban poco convincentes. Tanta preocupación por su parte se me antojaba un poco extraña. Sí, me había traído de regreso con la manada, con Brenna, como había prometido. Con eso ya había cumplido su obligación. No tenía por qué ir más allá. No debería.

Deslicé la mirada hacia donde él había dormido todas esas semanas. Me desconcertaba pensar que lo había tenido a escasos centímetros de mí mientras estaba perdida e inconsciente, luchando por mi vida en la agonía del svefn.

Decidí cambiar de tema.

—¿Qué me he perdido?

—Ah, bueno, ahora te pongo al día.

En ese momento, Vetr entró en la enfermería y se detuvo en seco al encontrarme despierta. Yo me quedé sin aliento al verlo. En un movimiento involuntario, desvié la mirada hacia la cama de la que se había adueñado y luego volví a mirarlo a él.

Empezó a andar de nuevo, a paso más rápido, directo hacia mí. Sus ojos de escarcha recorrieron mi cuerpo tumbado en la cama, alerta como un halcón que buscase un ratón en el campo, al que nada se le pasaría por alto. Dirigió a Brenna una mirada acusadora.

—¿Por qué no me has mandado llamar en cuanto se ha despertado?

—Solo llevo despierta unos minutos —respondí antes de que Brenna se explicara.

Se sentó en la cama, a mi lado, como si estuviera acostumbrado a hacerlo, como si fuese un sitio en el que le resultara natural sentarse, y la imagen de él a mi lado mientras yo dormía, echándome gotas de agua y caldo entre los labios entreabiertos, afloró en mi mente.

Cogió el vaso y me lo acercó a la boca sin ni siquiera preguntarme si tenía sed.

—Bebe —ordenó.

Y obedecí; no me dejaba opción.

Me presionó la frente con el dorso de la mano.

—Tienes mucho mejor color.

—No tengo forma de saberlo. Al parecer, no me he visto a mí misma en seis semanas.

Asintió.

—Cuando te traje a la enfermería, estabas…

—Pensábamos que no sobrevivirías —intervino Brenna.

Él la miró con el ceño fruncido, y entonces lo recordé a él insistiéndole en que sí viviría.

Otro recuerdo parpadeó en mi mente, como una antorcha en la noche.

«Tamsyn… Vuelve a mí. Te necesito».

Me ardía el rostro de pensar que unas palabras tan íntimas hubieran salido de su boca. Me resultaban tan incomprensibles como la imagen de él cuidándome durante tantas semanas.

Brenna me señaló y continuó:

—Eres fuerte. Cuando te vi la espalda… —Exhaló con fuerza—. Tienes suerte de estar viva. —Le dio unas palmaditas en el hombro a Vetr—. Será por los excelentes cuidados que has recibido.

—Yo no he tenido nada que ver —replicó él enseguida, todavía evaluándome con su gélida mirada—. Es fuerte, como tú has dicho.

Miré al uno y luego al otro, tirando, inquieta, del pelo de la manta.

Brenna se encogió de hombros y dio una palmada.

—Bueno, voy a ir a buscarte un poco de caldo. Tienes que recuperar fuerzas para que podamos darnos un buen festín en tu honor.

—¿En mi honor?

—Claro. —Parpadeó, confusa, como si fuese algo obvio—. Estás viva. Celebraremos y brindaremos por él éxito de la rekon.

¿El éxito de la rekon? Yo había estado a punto de morir. Había perdido seis semanas. No me sentía muy victoriosa.

La observé salir de la enfermería. Y entonces, como no tenía otra opción, me volví de nuevo hacia Vetr.

—No necesito un festín en mi honor.

—Pues lo vas a tener —respondió en voz baja, pero en un tono que no admitía réplica.

Negué con la cabeza.

—Después de todo lo ocurrido, no me parece apropiado.

Ladeó la cabeza y me miró con el ceño fruncido.

—¿Por qué no?

Exhalé un suspiro.

—No debería haber permitido que se me llevasen, como tú bien dijiste.

—Se me hizo un nudo en la garganta al admitir mi error—.

«Sálvate tú. Salva la especie. No dejes testigos» —cité—.

Eso es lo que nos repites una y otra vez durante los entrenamientos.

—Apreté los labios—. Debería bordármelo en un cojín.

Él me miró con el ceño fruncido.

—Y eso es lo que hiciste.

Bajé la vista, y seguí tirando del pelo de la manta, nerviosa.

—Pero tenías razón. Debería haber eliminado a esos soldados cuando me apresaron en Porthavn. —Había estado sumida en un profundo sueño, pero aquello lo recordaba bien. Igual que recordaba su ira por no haberlo hecho.

—Date un poco de crédito. Conseguiste escapar del campamento del Terror sin delatar a los dragones. Controlaste tu sangre. —Me dirigió una mirada penetrante—. Hasta ese momento, tus intentos no habían tenido éxito, pero cuando de verdad importó, cuando contaba…, lo conseguiste.

—Y casi conseguí que me mataran —señalé, como si de algún modo tuviera que arrojar una sombra sobre mis actos, incómoda con sus alabanzas, incómoda con la idea de que tal vez…

tuviera su aprobación. Lo que era ridículo.

Antes de la rekon, me había costado lidiar con su constante desaprobación.

Y, ahora que parecía haber conseguido por fin su favor, también me costaba aceptarlo. ¿Qué quería de él?

—«Casi» no cuenta. —Me cogió de la mano para estrechármela, y se me encogió un poco el corazón ante la ternura del gesto.

Ternura, algo que jamás habría esperado de él—.

Estás aquí. Estás viva. —Recorrió mis rasgos con la mirada—.

Y tienes más entereza… Y más coraje del que yo…

—Se interrumpió, como si él mismo estuviera aunando coraje para añadir—: Ahora veo lo que mi hermano vio en ti.

Era una bendición. Su bendición. Y yo no me había dado cuenta de lo mucho que la ansiaba hasta ese momento.

No podía respirar. Mi aliento estaba atrapado. Aparté la mirada de ese rostro dolorosamente hermoso. Me sentía incapaz de mirarlo; todo me resultaba demasiado confuso. Él, sus palabras, mis sentimientos…

Arañó el suelo con las botas al recolocarse en su asiento.

—Creo que deberías quedarte aquí una o dos noches más antes de volver a tu guarida.

Asentí, todavía sin mirarlo.

—Yo también me quedaré.

El calor que había en mí parpadeó de nuevo.

—No es necesario —protesté.

—Le ahorrará a Brenna la molestia de tener que levantarse durante la noche para ver cómo estás. Últimamente no da abasto con la pequeña.

—Oh. —Me humedecí los labios. ¿Cómo era posible que me hubiera olvidado de que Brenna tenía una hija?

El primer y el único retoño que había nacido en la manada.

Una nueva generación de dragones. Muchos de los miembros de la manada estaban más que dispuestos a cuidar de la pequeña mientras Brenna y su compañero cumplían con sus tareas, pero no me cabía duda de que ella preferiría pasar las noches con su familia—.

No creo que haga falta que nadie venga a verme en mitad de la noche para ver cómo estoy.

Me sostuvo la mirada con una expresión enigmática.

—Da igual. Me quedaré contigo.

Abrí la boca para volver a protestar, pero me lo pensé mejor al notar la determinación que se veía en el gesto de su mandíbula. ¿Para qué discutir? ¿Qué importaba? Había dormido allí las últimas seis semanas y, de todos modos, lo único que haríamos sería dormir.

—Muy bien.

Un cosquilleo chisporroteó, calentándome el centro de la palma de la mano. Fruncí el ceño y presioné la mano sobre la manta para calmar la sensación.