La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 12. Tamsyn
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12. Tamsyn

Tamsyn

D ormir era como un bálsamo.

Abrí brevemente los ojos ante la repentina falta de ruido, ante la abrupta ausencia del viento que antes rugía a mi alrededor. Ya no estábamos volando. Vetr había aterrizado.

Habíamos logrado llegar a los Riscos.

Levanté la vista y lo fulminé con la mirada mientras me llevaba, pues me hacía temblar con cada brusco paso, clavándome agujas en los nervios en carne viva, crudos, expuestos, ensangrentados y desnudos ante las acometidas del aire.

Qué frío tenía. Estaba congelada, completamente helada.

No creía posible que mi cuerpo, con ese fuego que siempre ardía en mi interior, tuviera la capacidad de sentirse así. De temblar y encogerse de tanto frío. De que cada articulación se contrajera y doliera, tan hueca como una caverna de hielo.

—F-frío… —Escupí la palabra como una esquirla de hielo.

—Lo sé, Llamita. Ya casi estamos.

Con el ceño fruncido, me acurruqué más contra ese cuerpo cálido y palpitante que me cargaba con rapidez hacia al otro lado de las paredes de roca.

Apreté la mandíbula para que dejaran de castañetearme los dientes, con tanta fuerza que me dolieron hasta las raíces.

Era un trayecto turbulento. Prefería, por mucho, volar, a pesar del gélido viento que rugía entonces a mi alrededor.

Cerré los ojos, gimoteando, y alargué los brazos, estirando las manos hacia el olvido.

Dormida, no había dolor. No había pérdida ni remordimientos. No había nada. Se podían decir grandes cosas sobre la nada. Si me sumergía en ella lo suficiente, si descendía y me hundía en ese vacío que me llamaba, tal vez dejaría de sentirme tan sola y tan perdida. Tan… herida.

Justo antes de que me desvaneciera, oí que a Vetr le temblaba la voz casi imperceptiblemente al añadir:

—Ya verás. Todo irá bien.

Incluso en mi estado de semiinconsciencia, detecté la mentira.

El tiempo no existía. Flotaba, suspendido como el más débil viento. No iba a ninguna parte. Igual que yo, ovillada en la oscuridad como una serpiente dormida, insensible, recuperando las fuerzas —o no—, esperando a que la vida o la muerte decidieran mi destino.

Esperando para siempre.

Esperando para nunca.

El más débil y fino hilo de vida se abrió paso hasta mí, y me encontró envuelta en mi sudario. Una voz conocida me susurró desde lo lejos, haciéndome suaves cosquillas al oído, y se coló bajo mi piel fría y tensa.

«Tamsyn…».

La voz profunda me halló haciendo equilibrios al borde del abismo, donde nada vivía.

«Ven a mí. Estoy aquí. Te necesito, Tamsyn».

Me volví desde el borde del precipicio, buscando, mirando, tratando de llegar hasta él…

Y él vino a por mí a través de la oscuridad, emergiendo de ella como un lobo hambriento y furioso. Me clavó los dientes con avidez, con avaricia, para no soltarme.

Grité mientras descendía aún más en el abismo junto a él.

Había dejado ya muy atrás el miedo. El miedo al dolor.

El miedo a la muerte. Lo había dejado ya todo atrás, pero podía sentirlo, podía saborearlo: un miedo que no era mío, agrio y sofocante.

Un miedo que se me clavaba en la piel como una hoja bien afilada, que se restregaba como roca sobre hueso.

Reptaba sobre mí como una enfermedad, saltando y brincando sobre todos los puntos donde me latía el pulso, donde se me atoraba la sangre, frío como el hielo.

Saltaba débilmente, medio dormido, bajo mi carne.

Y él me llamaba, me hacía señas para que llegase hasta donde estaba, para que lo abrazase, a él, el de los ruegos susurrantes… Me pedía que lo salvara, otro desconocido…, cuando yo no podía ni siquiera salvarme a mí misma.

Me zambullí a través del dolor que me machacaba los huesos, a través de ese miedo espantoso… por él.

Por él, alargué las manos y traté de sujetarme.

Me desperté de golpe, ahogando un grito, y me percaté de inmediato de que ya no tenía tanto frío. De que el viento no rugía a mi alrededor. No había ningún corazón de dragón latiéndome al oído, estaba calentita y cómoda, y no apestaba a sangre.

Ah, y no estaba muerta.

Y entonces me acordé: Vetr había volado conmigo en sus garras, atravesando el cielo y el ulular del viento. Vetr me había llevado en brazos por un túnel. Recordé el dormir profundo, con los sueños extraños y vívidos.

Había regresado a los Riscos. A la manada.

No sabía cuánto tiempo había dormido. Una hora, una semana, un año… Qué más daba. Tiempo perdido.

Contemplé a ciegas la oscuridad. Una vela parpadeaba cerca, arrojando sombras que danzaban en las paredes con piedras preciosas incrustadas de la guarida.

Cuántas gemas… Había un sinfín de ellas, de todos los tamaños, los colores y las formas.

Bastaba el resplandor de una única vela para que la luz cayese sobre ellas y proyectase una miríada de colores, dibujando un arcoíris de luz por toda la estancia.

Conocía ese lugar. Me encontraba en la enfermería. Todas las guaridas de la manada estaban llenas de gemas, pero ninguna tanto como la enfermería. Tenía sentido, ya que las gemas ayudaban a nutrir al dragón, manteniendo e incrementado su amplio abanico de talentos.

Flexioné los dedos y los descubrí sobre mi barriga, encima de una manta de pieles. Me volví para mirar a mi alrededor y me di cuenta de que estaba en una cama… y acostada sobre mi espalda.

Respiré con cuidado, preparándome, esperando a que el dolor lacerante hiciera acto de presencia y volviese para seguir alimentándose de mí.

No ocurrió nada.

Tamborileé sobre el suave pelo de la manta con los dedos, permitiéndome el más ligero movimiento, y esperé.

Seguía sin sentir dolor.

Empecé a moverme con mucha cautela, cada vez más audaz con mis movimientos a medida que me quedaba claro que la espalda no me dolía. Roté los hombros y percibí solo unas molestias residuales.

Estaba viva. Y curada.

Abrí la boca para hablar, para llamar a alguien, pero no me salió más que una especie de graznido entrecortado.

De repente, Brenna apareció sobre mí, llenando mi campo de visión con su rostro.

—Vaya, hola. Bienvenida.

Intenté hablar de nuevo, con obvias dificultades.

Brenna se apartó y volvió con un vaso de agua. Me deslizó una mano detrás de la cabeza y me incorporó para que diera un trago. Ahogué un grito.

—¡Ay! Me duele —protesté con la voz ronca, llevándome los dedos a un costado.

Asintió.

—Te rompiste una costilla.

No, yo no me había roto una costilla. Era Stig quien me la había roto, despedazándome a latigazos como si para él no fuese más que una avellana con la cáscara demasiado dura, y no alguien a quien había amado, o a quien había llamado amiga.

No un ser vivo. Él representaba todo lo oscuro y lo corrupto del mundo; malo para los humanos, malo para los dragones y malo para todo lo que fuese mágico.

—Te he vendado bien. —Me colocó una mano en el costado con suavidad para indicar dónde estaban las vendas que me rodeaban el torso—.

Pero una costilla rota tarda en curarse, sobre todo cuando la causante es un arma de dragón.

—Soltó un gruñido de desagrado—. El armamento de dragón…

El gran igualador. Maldito sea el día que los humanos aprendieron cómo usar nuestros cuerpos contra nosotros.

—¿Cómo ocurrió eso? —murmuré.

—Brujas. —Escupió la palabra—. Llegaron a este mundo sabiendo cosas, y se las contaron a los humanos.

—Puso los ojos en blanco—. Y mira de qué les sirvió.

No debería ser así. Humanos abatiendo a dragones…

Es antinatural. —Negó con la cabeza, disgustada, y me acercó de nuevo el vaso a los labios—.

Vamos, bebe. —Asentí a modo de agradecimiento y obedecí—.

Muy bien. —Se rio, y noté que el agua tenía un poco de baya verda y otras hierbas—.

Me alegra ver que ya eres capaz de hacerlo tú sola.

Ha hecho falta mucho tiempo y mucha paciencia para echarte agua y tinturas en la boca cada día, gota a gota, para que tomaras los fluidos suficientes y las medicinas que necesitabas.

—Gracias por haberlo hecho —murmuré. Hablar me resultó un poco más fácil.

—Oh, no he sido yo.

La miré desconcertada.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, yo lo preparaba todo, claro, pero era Vetr quien te lo daba.

Casi no se ha despegado de tu lado, a no ser que tuviera algún asunto urgente que atender, como el que le ocupa ahora.

Ha estado aquí casi cada minuto de cada día, para asegurarse de que tuvieses todo lo que necesitabas.

Hablaba contigo, te animaba a despertar…

Eso ayuda, ¿sabes? La naturaleza curativa del svefn puede llegar a ser casi demasiado…

reconfortante. Demasiado seductora. Hay quien nunca quiere salir de él.

He visto a gente con heridas mucho menos graves no despertarse jamás.

Mi mente seguía envuelta en una espesa niebla.

Me presioné las sienes con los dedos. Nada de lo que decía tenía sentido.

No era posible que lo que quisiera decir fuese que Vetr había estado sentado junto a mi cama cuidando de mí, pero eso era lo que había escuchado.

¿Por qué alguien que había permitido que me azotaran hasta casi matarme se desviviría por alejarme del borde del abismo?

«Hablaba contigo, te animaba a despertar…».

La voz que había oído. Ese profundo susurro. Y el miedo asfixiante que había saboreado… Debía de haber sido Vetr. Vetr, tratando de persuadirme para que despertara. Y ese miedo era de Vetr, que temía que no lo hiciera.

—¿Cuánto…? —Me detuve para lamerme los labios resecos—. ¿Cuánto tiempo he estado dormida?

—Oh, yo no lo llamaría dormir.

Me presioné el centro de la cabeza con los dedos, apretujando la piel suave, confundida. El persistente y sordo dolor de la frente se negaba a marcharse.

—¿Y cómo lo llamarías?

—Se llama svefn —explicó sin explicar nada en realidad.

—¿Svefn?