11. Tamsyn #3
Había estado allí, vigilándome durante tres días.
¡Tres días! Era ese el escollo que no lograba superar.
Podría haberme rescatado en cualquier momento, podría haber utilizado su poder para confundir a aquellos tres soldados sin esfuerzo, para que ni siquiera recordasen el encuentro.
Podría haberme rescatado antes incluso de que tuviera que encontrarme cara a cara con Stig.
«No dejes testigos».
Podría haber hecho eso. Podría haberme ayudado.
Pero no lo había hecho. No había movido un solo dedo.
Mi mirada colisionó con la suya; nuestras narices casi se tocaban.
—¿Por qué no lo hiciste tú? —le espeté, hirviendo en mi propio dolor, en mi rabia—. Eres el alfa de la manada. El más fuerte de todos nosotros, ¿o no? No tienes ninguna estima por los humanos. ¿Qué es un simple humano, al fin y al cabo? ¿Qué son tres?
—Eras tú quien estaba a su merced. ¡Deberías haberlo hecho tú! —me increpó—. Eran siervos del Terror. Tú misma viste lo que hicieron. Deberías haberte ayudado tú misma.
—Entonces… ¿me estabas poniendo a prueba? —Las palabras se me antojaron densas en la boca; mi espalda desollada seguía siendo como un cuchillo que se me clavaba y se retorcía hasta la empuñadura, pero aquello…, aquello me causaba otro tipo de dolor. Era otro tipo de abuso.
—Exacto —gruñó.
Me encogí; y entonces hice una mueca de dolor al sentir otro latigazo en mi espalda.
Tenía razón. Jamás debí haber llegado hasta ese campamento.
Debería haber matado a dos soldados y a un muchacho que acababa de salir de la escuela y que todavía echaba de menos a su madre.
Nunca debería haber visto a mi hermana. No me habrían flagelado.
Y ella no habría recibido ningún latigazo.
Me obligué a alzar la barbilla.
—Pues conseguí salir de allí. Me he salvado a mí misma, como tú querías. Y no tienes de qué preocuparte. Para el resto del mundo, los dragones siguen estando extintos. No he revelado nada.
—¿A qué precio para ti? —Maldiciendo, me recolocó entre sus brazos, acunándome contra su pecho, y resistí el impulso de apoyar la mejilla en ese muro firme.
Me negué ese consuelo. Lo observé mirar por encima de mi hombro, donde estaba mi espalda hecha jirones.
Siseó con los dientes apretados—. Ah… ¿Qué te has hecho, Llamita?
«Llamita». Nunca me había llamado así. Una chispa cruzó por las duras facciones de su rostro, una emoción muy rara en él. No estaba segura de cómo identificarla, ni tampoco de qué era. ¿Ira, piedad, agravio? Todo eso y más.
Me sobrevino entonces un abrumador cansancio. Empezó a tirar de mí y a arrastrarme hacia una profunda nada.
—Tú los viste meterme en ese campamento —susurré en tono acusador. Ya no era capaz de mantener la cabeza erguida. Mi mejilla se dio contra la solidez de su pecho, y exhalé larga y lentamente.
Lo oí respirar, inhalar aire con brusquedad.
—¿Te crees que fue fácil para mí? ¿Te crees que, cuando te ataron a ese árbol, yo…?
—¿Eso también lo viste? —lo interrumpí con voz ronca, con la garganta atorada de lágrimas. Cerré los ojos y giré el rostro hacia él, enterrándolo en esa sobretúnica que olía a cuero, a carne de caballo y a viento y a niebla y a la nieve fresca de los Riscos.
Me avergoncé al pensar que me había visto así, convertida en la muchacha de los azotes, reviviendo el papel que me habían obligado a soportar durante la mayor parte de mi vida.
Había atisbado el pasado que había dejado atrás y al que me había jurado no regresar nunca.
Me había visto en mi momento de más vulnerabilidad, y lo odiaba.
Solo que… ¿qué más daba ya?
Mi calor se empezó a desvanecer, y noté la cercanía de la muerte, que respiraba su hielo primero a través de mis heridas, y luego a través del resto de mí.
¿Qué más daba yo?
Y, como si pudiera leerme el pensamiento, Vetr juró:
—Te voy a llevar a casa, Llamita. No te vas a morir. No pienso permitirlo. ¡Arran!
Oí el crujido de unos pasos y noté que me pasaban a otros brazos, los de Arran.
Alcé la cabeza débilmente y vi que Vetr retrocedía a varios metros de nosotros. Me sostuvo la mirada y vi algo en aquellas profundidades de escarcha. Se me antojó una promesa, una declaración que penetraba despiadadamente hasta lo más profundo de mi ser.
Apartó la vista, alzó el rostro al cielo y abrió los brazos.
Inhalé sin dejar de observarlo. Sabía lo que iba a pasar.
Un remolino de aire nos envolvió, para luego explotar en miles de partículas nebulosas en el lugar donde había estado él. Cuando la luz se desvaneció, un dragón plateado estaba ante nosotros, con la mirada congelada fija sobre mí.
Arran me llevó hacia él y me colocó con cuidado entre sus dos enormes garras.
Él me atrajo hacia sí, abrazándome contra su pecho, y me sentí segura de nuevo contra su piel de dragón, con el sonido estruendoso y rítmico de los latidos de su corazón cerca de mi oído.
Una letargia se adueñó de mí mientras se elevaba y echaba a volar.
El viento frío rugía a nuestro alrededor como una tempestad, una ventisca que él atravesó como una hoja caliente atravesaría la mantequilla.
Acunada entre sus garras, sentí que me deslizaba, que caía, que me hundía en el olvido, mientras la tormenta se desataba a mi alrededor.