La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 11. Tamsyn #2
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11. Tamsyn #2

No podía hacer nada para reparar mi carne. La magia de la que dependía, la que habitaba en mí —la que yo era—, no podría curarme de esto.

Quizá en la manada, con los cuidados de Brenna, mi carne podría repararse. Sí. Sí, por supuesto. Tenía que llegar a los Riscos.

Exhalé y me dejé ir, entregándome a mi dragona, invitándola a que se apoderara de mí. Esperé el estallido brillante y el hormigueo que acompañaban siempre a mi transformación. Esperé.

Y esperé.

Me giré hacia atrás para mirarme la espalda y ver cómo aparecían las alas, cómo se desplegaban…, como debían hacer.

Nada.

Nada más que dolor, nada más que esas agujas que despertaban mis heridas y hacían que la sangre volviese a manar por mi espalda como si me hubieran lanzado agua con un cubo. No podía haber tanta sangre en un solo cuerpo. Me sentía vacía…, hueca, una cáscara de desgracia.

Respiré hondo, tratando de calmarme, y reprimí el pánico que empezaba a embargarme. Muy bien. Si mi dragona no podía manifestarse en esas condiciones, tendría que hacerlo como humana. Desnuda, sangrando, rota y cubierta de cenizas, pero lo haría. Primer paso: ponerme de pie.

Respiré hondo otra vez, puse una bota en el suelo y traté de levantarme. Gruñí del esfuerzo; me temblaban los muslos, débiles como los de un recién nacido. Y de nuevo me fallaron las piernas y me desplomé, convertida en unos escombros rotos en el frío lecho del bosque.

Incliné la cabeza, llorando, y le pegué un puñetazo al suelo con furia. Me aplasté los nudillos al hacerlo, pero ni lo noté. Ese dolor no era nada. Ese dolor era insignificante, una gota de agua en una cascada.

Las lágrimas me rodaban por las mejillas, y supe que mi dragona estaba conmigo aunque no pudiera transformarme. Me recompuse y respiré. Inhalé y exhalé. Inhalé y exhalé. Necesitaría unos instantes. Descansaría y lo volvería a intentar. Me concedería un poco más de tiempo.

De repente, unas manos me cogieron de los brazos y me alzaron.

Levanté la cabeza de golpe con un grito de rabia, convencida de que me habían encontrado, segura de que era Stig o uno de sus hombres. Abrí la boca y solté una llamarada repentina y estruendosa.

Las manos me soltaron de golpe, y alguien profirió una maldición.

Caí al suelo con un fuerte golpe. Me puse de rodillas, tensa, preparada, para escupir fuego de nuevo.

Pero no me hizo falta.

Vetr me miraba, ileso. Al parecer, se había apartado a tiempo.

El cuerpo se me quedó fláccido al verlo, alto y viril, con el pecho y los anchos hombros llenando la sobretúnica de cuero, que le quedaba tan tirante que casi se le saltaban las costuras. Me relajé, aliviada, y la energía para luchar me abandonó del todo.

Alargó las manos hacia mí, con las palmas de las manos extendidas, como si se estuviese acercando a un animal salvaje, y comprendí que debía de parecerle justo eso.

Un animal herido atrapado en la espesura, a la defensiva, dispuesto a arrancar de un mordisco la primera mano que se atreviera a tocarlo.

—Soy yo. —Miró hacia atrás, donde esperaban Harald y Arran, que me observaban con expresiones de angustia y unos ojos como platos—. Somos nosotros.

Respiré hondo, contuve mi fuego y me las arreglé para asentir una única vez.

Me cogió de los hombros con cuidado, y fue como si se abriera una presa. Empecé a temblar con violencia; no podía parar. Él me intentó calmar con un arrullo, y me habló con una voz más suave de la que nunca le había oído.

—Ya pasó. Estás a salvo. Puedes relajarte. Estoy aquí. Estoy aquí contigo.

«Estoy aquí. Estoy aquí contigo».

Sus palabras me envolvieron como la más suave manta.

—Vetr… —El sonido fue un susurro entrecortado, ininteligible, pero él pareció entenderme.

Me levantó y me acarició una mejilla.

—Estás muy pálida.

—Es un puto fantasma —observó Harald con gesto sombrío.

Vetr lo fulminó con la mirada.

Un fantasma. Me pareció adecuado.

Intenté hablar de nuevo. Conseguí que mi garganta funcionara, que pronunciara las palabras.

—Me has encontrado.

—No te había perdido.

Parpadeé con los ojos cansados e irritados. «No te había perdido». Pero eso no podía ser verdad. Cuando luchaba por mi vida en ese campamento, atacada por Stig y su ejército, cuando ese pisk me abría la carne y me convertía en este cuerpo roto y hueco… Estaba perdida. Perdida y sola.

Me humedecí los labios resecos, confundida.

—¿Qué quieres decir?

Me recogió el pelo con cuidado, apartando la maraña enredada y pegajosa de mi hombro para examinar mi espalda con una expresión compasiva.

—Te seguimos.

Puse unos ojos como platos. Lo miré primero a él y luego a los rostros solemnes de Arran y Harald, buscando una confirmación en ellos.

—¿Qué quieres decir? Me seguisteis… ¿Habéis estado aquí todo este tiempo? —Mientras a mí me torturaban…

Él asintió.

Una serpiente venenosa e implacable cobró vida en mi interior.

—¿Y no hicisteis nada? ¿No os pareció necesario ayudarme?

—le espeté. Era un ocultador, y Arran un hipnos.

Harald, un ónice. Los tres juntos eran formidables, poderosos.

Combinando sus fuerzas, eran capaces de cualquier cosa.

Podrían haber utilizado sus talentos para ayudarme, para evitarme todo aquello.

Cuando me habían apresado, en Porthavn, me había convencido de que me habían dejado marchar y me habían abandonado ante el destino.

Me había dicho que todo se había arruinado cuando habían descubierto quién era, que eso había hecho que me dieran la espalda.

Que la confianza se había perdido y que debía aceptarlo.

Había renunciado a la esperanza de que me siguieran, y, sin duda, tampoco se me había ocurrido que les importase lo suficiente para seguirme y que no me hubiesen ayudado. ¿A qué coño se debía eso? Aquel era un nivel de crueldad del que no los creía capaces.

—¿Oísteis el restallido del látigo? ¿Del pisk? ¿Seis veces, sobre mi cuerpo? —pregunté con rabia, con una voz mucho más fuerte de lo que yo me sentía—. ¿Me oísteis gritar?

Vetr guardó silencio unos instantes. Se limitó a mirarme con aquellos ojos de plata, los ojos de su hermano.

Su hermano, que me había hecho sentir segura casi desde el principio.

Que me había protegido cuando no me lo debía.

Tenían los mismos ojos, pero no el mismo corazón.

Este que tenía delante, el dueño de las manos que me sostenían como si yo le importase, como si yo fuera algo frágil que debía defender, no tenía corazón.

Me había abandonado a mi muerte. Y, si no hubiera logrado escapar de allí por mis propios medios, mi destino habría sido precisamente ese.

Por fin, asintió con gesto sombrío, reconociendo que sí, que sí me había oído gritar.

Inhalé con fuerza y me señalé la espalda con la cabeza.

—¿Ves lo que me han hecho?

—Teníamos que saberlo —me interrumpió.

Me puse rígida, tiesa, aunque no conseguí más que agravar mi dolor.

—Teníamos que saberlo —repitió.

—¿Saber el qué? —Negué con la cabeza con fuerza, y el movimiento me dio náuseas.

—Teníamos que saber lo que hacías en ese campamento. Lo que hacías en manos del enemigo.

Lo miré de hito en hito, comprendiendo poco a poco lo que quería decir.

—Pensabais que os traicionaría.

Su expresión era implacable como una roca.

—No lo sabía.

—No lo sabías, pero querías averiguarlo. Necesitabas la confirmación de que no valgo lo suficiente para ser uno de vosotros —repliqué con amargura—. Después de un año.

—No —me interrumpió con voz inexpresiva—. Eres una de nosotros. Tu nacimiento lo decidió. Eres una dragona. —Guardó silencio un segundo—. Teníamos que saber si se podía confiar en que hicieras lo correcto.

—Claro, porque no he logrado estar a la altura desde que me encontrasteis. —Me reí con amargura y el movimiento estremeció mi cuerpo destrozado. El sonido se convirtió abruptamente en algo áspero y brusco. De repente, me fallaron las piernas.

Él me cogió como si no pesara nada en absoluto. Me sujetó bien de los brazos, clavándome cada uno de los dedos al evitar que me desplomara en el suelo.

—Eres una estúpida —masculló con los labios pegados a mi pelo, con un tono recriminatorio tan atroz como mi espalda desollada—. ¿Por qué permitiste que te llevaran hasta ese campamento? ¿Por qué no los aniquilaste por el camino?