11. Tamsyn
Tamsyn
S entí la fuerza de la acometida del pisk, la presión, pero no el dolor lacerante.
Fue Alise quien lo recibió, quien lo absorbió con su delicado cuerpo.
Su grito me atravesó los oídos y me reverberó en los huesos.
Los dedos que se aferraban a mis hombros se me clavaron en la piel, como si agarrarse a mí fuese una cuestión de vida o muerte.
—¡Alise! —gritó Stig, y enseguida me la quitó de encima.
Me giré para mirar y vi cómo se derrumbaba entre sus brazos, llorando desconsoladamente, profiriendo sollozos rápidos y descontrolados. Y, de repente, se detuvo. Se quedó inmóvil, como muerta.
—¡Se ha desmayado! —gritó un soldado.
Era la primera vez que la azotaban. Durante toda su vida, había sido yo quien había recibido los azotes por ella.
Y esa vez lo había hecho ella por mí.
Stig la dio la vuelta y le examinó la espalda con el rostro desencajado. Los profundos cortes ensangrentados que mancillaban su piel de porcelana asomaban del vestido hecho jirones. Su perfecta piel de princesa había dejado de existir. Aquello le dejaría cicatrices.
Stig había marcado la piel de una verdadera princesa, nacida en el seno de la familia real.
Había quebrantado la ley divina. Me habría regodeado en su expresión de horror de no ser por el dolor de Alise.
Cuando la noticia llegase a la Ciudad, no importaría que hubiera sido un accidente.
Stig era el responsable de la seguridad de Alise, y mi padre no estaría complacido.
Stig lo sabía, y por eso había aflorado el miedo en su rostro, mezclado con el horror.
Alise había sido su camino hacia el poder, y acababa de herirla —no, de azotarla hasta hacerla sangrar— delante de todo su regimiento.
Aquella historia no se podría contener. Ni siquiera el regente podría hacer nada por mitigar las consecuencias.
Soltando una burda maldición, Stig cogió a Alise en brazos y se fue a toda prisa, llamando a gritos al médico del campamento.
Y yo quedé olvidada.
Los capitanes de Stig se fueron corriendo tras él. Algunos soldados me miraron de reojo, pero la multitud se dispersó y todos volvieron en silencio a sus tiendas, dejándome allí, atada al árbol. Sola en mitad de la noche.
Mi respiración jadeante me llenaba los oídos. Al final se acompasó, y el vapor que emanaba de mi nariz y mis labios se fue disolviendo poco a poco. Se hizo el silencio sobre el campamento.
Esperé hasta bien entrada la noche, olvidada, ignorando el frío acuciante que no hacía sino aumentar. El mundo contenía el aliento y se mecía, mudo.
Aún apretujada contra el árbol, me obligué a ponerme de pie, a pesar de que me temblaban las piernas. Mi cuerpo roto retumbaba de dolor, latiendo como un corazón palpitante. Tenía el pelo pegado a la espalda cubierta de sangre, mezclándose con mi carne machacada.
Lo único que se había acercado a aquella agonía, lo único que había sido así de atroz, que me había aplastado y consumido de esta forma, había sido perder a Fell.
Aquello había sido peor incluso; me había robado el aire, me había hecho perder el equilibrio.
Y, sin embargo, había sobrevivido. Al cabo de un tiempo, había conseguido volver a levantarme.
Así que sobreviviría a eso también.
Era tarde; el alba no estaba lejos. En unas horas, los soldados estarían levantados, atendiendo sus menesteres. Debía marcharme antes de que eso ocurriera.
No podía quedarme atada a ese árbol. Stig volvería para terminar conmigo, más furioso aún debido a lo ocurrido con Alise. Me culparía a mí por lo que había pasado; de ningún modo asumiría su responsabilidad.
Gimoteando, frustrada, luché contra mis ataduras, a pesar de saber que era un esfuerzo inútil. Las cuerdas de dragón eran irrompibles.
Suspiré, derrotada, febril; mi mente trabajaba a toda velocidad. La desesperación y la necesidad de huir me distraían del dolor. Al menos me quedaba eso. Una vez que hubiese escapado, podría arrastrarme a un agujero y regodearme en el sufrimiento. Morir, tal vez. Probablemente.
Pero, si era eso lo que había de ocurrir, que así fuera.
No podía quedarme allí, poniendo en peligro a todos los dragones.
A Kerstin, a Brenna, Harald, Arran y los demás.
A todos. Incluso a Vetr. No merecían ser asesinados por culpa de mi fracaso.
No podía permitir que ganara Stig. No podía permitir que la oscuridad que había en él acabara con todos nosotros.
Exhalé otro aliento abrasador y me llegó el olor a madera quemada, como había ocurrido antes, cuando mi cuerpo se había calentado en exceso. El recuerdo de ese momento me atrapó para no soltarse, y sentí la amarga esperanza de una idea.
¿Sería capaz? ¿Conseguiría quemar el árbol y escapar sin ser interceptada?
Ladeé la cabeza para otear el campamento. Había soldados despiertos en el turno de guardia, pero estaban lejos, en el perímetro. La mayoría de las hogueras ya se habían apagado, y unos suaves ronquidos se elevaban en el aire sobre el océano de tiendas.
Aparté la cabeza del árbol todo lo que pude y lo miré, a centímetros de mi cara, hasta casi bizquear.
Abrí la boca y con cuidado, con cautela, soplé, aumentando el calor poco a poco, permitiendo que mi aliento se transformase en una llamita muy fina, serpenteante y controlada.
La corteza marrón empezó a oscurecerse, ennegreciéndose poco a poco por el efecto del intenso calor. La mancha negra empezó a extenderse y a devorar el árbol, la madera se volvió roja… y luego de un amarillo anaranjado, y violeta donde estaba más caliente.
Lo hice por partes: calcinaba una parte y luego me concentraba en otra con mi llamita aireada, haciendo que el árbol ardiese a un ritmo pausado y firme.
Poco después, estaba atrapada, prisionera contra el tronco ardiente y crepitante. La ropa se me calcinó, dejando mi cuerpo cubierto de ceniza negra.
Miré a mi alrededor desesperada para asegurarme de que no apareciera ningún soldado, atraído por el crujido de la madera y el sonido del tronco al astillarse, o por el olor del humo. Por suerte, el aroma a madera quemada no era nada que llamara la atención en un campamento.
Las llamas treparon por el árbol y se retorcieron entre las ramas y las hojas, devorándolo como bestias hambrientas.
Me valí de mi propio peso para empujar y tirar del tronco hasta que estuvo lo bastante debilitado, lo bastante quemado, para derrumbarse y caer, lanzando multitud de pedazos, astillas y partículas ardientes.
Todavía estaba maniatada, pero era libre.
Me sacudí los pedazos de árbol carbonizado y me quedé congelada, mirando a mi alrededor para ver si alguien había detectado el débil sonido.
Nada —ni nadie— se movió. Con las manos atadas delante de mí, di media vuelta y salí huyendo.
Crucé el campamento a toda prisa hasta llegar al perímetro.
Allí, me detuve a escuchar, jadeando con fuerza, y miré a la izquierda y la derecha por si avistaba a algún soldado.
Al vislumbrar uno, me tiré al suelo un instante antes de que se volviera. Justo a tiempo. Me apretujé contra la tierra fría y esperé, vigilándolo desde la distancia.
Por fin, se dio la vuelta bostezando y se fue en la dirección contraria.
Aproveché la oportunidad: me puse de pie y eché a correr colina abajo a una velocidad enloquecedora, rogando en silencio porque ninguno de los otros guardias me viese.
Corrí y corrí, levantando las piernas, a pesar de que los repetitivos movimientos me causaban un daño atroz, de que enviaban latigazos de agonía por todo mi cuerpo, y no me detuve hasta que no llegué al bosque que me ocultaría.
Una vez bajo el cobijo de los árboles, me detuve, temblando, tambaleándome sobre mis pies. Estaba a punto de derrumbarme, pero no podía hacerlo allí. Todavía no.
Volví a mirar hacia la colina, donde el campamento aún dormía, donde seguía mi hermana, sufriendo sus propias heridas. Esperaba que el médico pudiese ayudarla con el dolor. Respecto a su agonía, respecto a su incierto futuro como la esposa de Stig, yo no podía hacer nada.
Una emoción se prendió en mi pecho, asfixiándome: si sobrevivía a aquello, jamás volvería a verla. Porque hacerlo significaría mi propia muerte. Significaría que me habrían vuelto a capturar, y la próxima vez escapar no sería posible. Stig se aseguraría de que así fuera.
Me llevé las manos a la boca y traté de desatar los nudos con los dientes, pero no pude aflojarlos ni una pizca. No hubo manera. Resoplé, derrotada, y bajé las manos.
Respiré hondo un momento y seguí adelante, levantando unas piernas que parecían de plomo, una después de la otra. El sol no tardaría en aparecer, y, con él, saldría un regimiento entero en mi busca.
Tenía que largarme de allí.
Mis ojos se estaban acostumbrando poco a poco al tenebroso aire nocturno, y evitaba por poco chocar con los árboles mientras corría como intoxicada, como una borracha que estuviera tratando de no caerse redonda. Estar maniatada me desorientaba, hacía que fuese difícil no perder el equilibrio.
Todo mi cuerpo era una herida abierta y palpitante. Al final, la energía que me había ayudado a escapar se agotó. Todo fuego se apagaba tarde o temprano. Las llamas se extinguían y aquello que las alimentaba se convertía en nada. Yo era eso: un fuego que se extinguía. Ascuas en el viento.
Me detuve, caí de rodillas y me resbalé torpemente, deslizándome sobre la tierra áspera y cubierta de hojas. Solté un sollozo cuando el dolor clavó en mí de nuevo sus colmillos, sacudiéndome entre sus fauces de hierro.
Respiré hondo varias veces, como si así fuese a lograr, de algún modo, volver a mí misma y ahuyentar ese dolor.
No funcionó.
Me chillaba la carne, aullaba en los lugares en los que la habían abierto y desgarrado con escamas de dragón.
Tenía la espalda en llamas, convertida en un incendio que no podía controlar, uno que me heriría de verdad, que me dejaría tullida.
Un fuego totalmente distinto. No el bueno, no ese que me alimentaba y me daba fuerzas.