10. Tamsyn #3
«Por favor, que sea roja. Por favor, que sea roja».
¡Zas!
Me arqueé contra la implacable pared que suponía el árbol, restregando piel y hueso en la corteza, como si así pudiera huir de los golpes. Pero no había adónde ir.
Sin las cuerdas, me habría derrumbado. Aborrecí mi debilidad. Me cayó la cabeza hacia atrás, como si mi cuello no tuviera hueso, como si fuese incapaz de sostener su peso.
Se me pusieron los ojos en blanco mientras me resistía; observé las caras borrosas que me rodeaban, los soldados que contemplaban el espectáculo que Stig estaba dando conmigo.
Sin embargo, no vi satisfacción en sus rostros.
Varios de ellos apartaban la vista para no mirar, como si lo que me estaba pasando fuese demasiado para ellos.
Tal vez siguieran las órdenes del Terror de las Tierras Fronterizas, pero eran seres humanos, tenían conciencia. No estaban de acuerdo con lo que me estaba haciendo.
El olor metálico de la sangre me llegó a la nariz. Traté de mirar por encima de mi hombro para ver las pruebas de mi debilidad, de mi fracaso. Para ver la traición de mi propio cuerpo.
¡Zas!
Manó la sangre. Las gotas me salpicaron en la cara, en el tronco del árbol, en los brazos, hasta en las pestañas. Parpadeé. Era roja.
«Lo he logrado».
Sentí que el orgullo me atravesaba como una lanza, tan agudo y puro como el dolor.
Solté un grito ahogado de alivio. No sabía cuánto podría soportar, pero de momento había controlado mi sangre, y durante más tiempo del que había aguantado al entrenar en la manada.
Ya no era la misma chica a la que Arkin había atacado, a la que había pillado desprevenida en el bosque.
Estaba preparada. Tenía el control sobre mí misma.
¡Zas!
Esta vez, sentí como las puntas afiladas de las escamas de dragón me rasgaban el músculo y los tendones y me golpeaban el hueso.
Se me nubló la vista, plagada de puntos negros que danzaban ante mis ojos. La negrura empezaba a ganarle terreno a mi campo de visión, avanzando hacia dentro desde los lados. Me estaba resbalando; cada vez me costaba más seguir aferrada al árbol. Traté de aguantar.
Y entonces apareció Stig a mi lado, acariciándome la oreja con el aliento húmedo.
—¿Me tomas por tonto? ¿Te crees que no me acuerdo? ¿Por qué tienes la sangre roja? ¿Cómo es posible? ¿Más puta magia de la tuya?
No sé qué pensé en contestar, pero me salió un murmullo ininteligible.
Cambió de táctica. Con voz más suave, añadió:
—Tamsyn… —Me apartó el pelo del rostro sudado con los dedos fríos, casi con delicadeza—.
Hubo un tiempo en el que te habría dado cualquier cosa.
En el que habría hecho cualquier cosa por ti.
—Su tono acusador pesaba en cada palabra.
Por lo que a él respectaba, todo aquello era culpa mía.
Él me había amado… y yo lo había traicionado convirtiéndome en la cosa más vil e imperdonable del mundo—. Dime la verdad y todo terminará.
Me humedecí los labios y lo miré, una figura borrosa ante mis ojos.
—Deberías seguir entonces.
Sus ojos marrones se tornaron inexpresivos. Dio un paso atrás y chasqueó el látigo en el aire, como si estuviese calentando para algo grande, para algo inmenso.
Apreté los dedos en las cuerdas, preparándome, adivinando ya de qué se trataba.
¡ZAS!
Se me partió una costilla y ya no pude seguir en silencio: chillé. Me estaba rompiendo hueso a hueso. No habría forma de aguantar mucho más. No podría seguir escondiendo mi sangre mucho más tiempo. Mi farsa no tardaría en llegar a su fin.
Saboreé la muerte en la boca.
En mi garganta crepitaban y estallaban chispas. Olí el humo y la sangre, gruesa como brea en el aire. Y, a pesar de que sentía cómo me prendía fuego por dentro, a pesar de que no podía escapar de mis ataduras, luché por reprimir el instinto de defenderme, de atacar, de soltar todo mi fuego.
Tenía la piel abrasadora cubierta de sudor, y temblaba, azotada por dentro y por fuera.
Las llamas me lamían por dentro, luchando por liberarse, abrasando mis paredes. Me pregunté si tal vez moriría así, por combustión interna, o si sería Stig quien me asestaría el golpe definitivo.
Me aferré al árbol. Tenía el cuerpo tan caliente que olía la madera que se quemaba, que saboreaba las brasas en los labios. Me llené los pulmones de aire frío, desesperada por extinguir las ascuas enfurecidas.
Traté de respirar a través del fuego…, a través del dolor. Tenía el rostro cubierto de lágrimas y de mi boca se elevaban pequeños hilos de vapor. Enterré la cara en el tronco del árbol.
De repente, me golpearon desde atrás y me engulló el aroma a fresas.
Sin embargo, esta vez no fue el pisk lo que me había embestido, sino un cuerpo que se había abalanzado sobre mí.
Unos sollozos convulsos que no eran míos me inundaron los oídos, derramándose sobre mi cuello.
Unos dedos me apretaron los hombros, aferrándose a ellos con fuerza.
—¡Para! ¡Para! ¡Déjala en paz!
Todo sucedió en un instante: Alise se había lanzado sobre mí y el látigo, que ya estaba en el aire, aterrizó.
¡Zas!