La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 10. Tamsyn #2
38%

10. Tamsyn #2

Lo imaginaba perfectamente. Los acontecimientos que se sucederían se desplegaban ante mí tan claros como un día despejado.

Descubrirme a mí, descubrir mi verdad, tendría como consecuencia la invasión de los Riscos.

Los ejércitos de Penterra, Veturlandia y Acton, al otro lado del Canal Oscuro, marcharían en las montañas congeladas, se adentrarían en la niebla, en las antiguas cavernas y los túneles serpenteantes para encontrar a mis hermanos.

No dejarían ninguna guarida ni ninguna madriguera sin explorar.

Darían con la manada y aniquilarían a los dragones.

Sería una nueva Trilla, solo que esta vez sí que sería nuestro final definitivo.

Los dragones se extinguirían. No habría una salvación milagrosa, un truco evolutivo resultado del hechizo de una bruja.

El exterminio total. El comienzo de una era de oscuridad, de una sombra ineludible.

Y ¿qué pasaría con los humanos a los que se sospechase dragones? Sería una nueva caza de brujas. Cualquiera sobre el que pendiera la más ligera duda sería ejecutado.

Parpadeé y la visión se desvaneció como si hubiera explotado una burbuja, pero no por ello se me antojó menos certera, menos inminente. Era eso lo que ocurriría, lo sabía muy bien… A no ser que lo impidiera.

Un soplo de viento me movió el pelo junto a la mejilla, como una caricia con las puntas de los dedos, casi imperceptible.

Me di cuenta de que mi gruesa trenza, hasta entonces ceñida sobre mi cabeza como una corona, se había desprendido y había caído sobre mi espalda con torpeza.

Los tres días de viaje no me habían permitido acicalarme como lo hacía normalmente.

Por las mañanas, solía cepillarme el pelo, trenzármelo de nuevo y recogérmelo.

Pero nada había sido habitual desde que me había marchado de la manada.

Seguía con la melena trenzada, pero a duras penas. De repente, me vino la inspiración: sacudí la cabeza a un lado y al otro, para deshacerme más la trenza, en un esfuerzo porque la melena se me soltara y me tapara la espalda. ¿Funcionaría? ¿Sería suficiente? «Por favor, por favor, por favor…».

¡Zas!

Oí el latigazo del pisk antes de que mi cuerpo le trasladase el dolor a mi cerebro.

Debió de ser apenas una fracción de segundo, pero en instancias así, en las que la vida estaba en la cuerda floja, el tiempo encontraba el modo de detenerse, de contener el aliento, atrapado entre la anticipación del dolor y el dolor en sí mismo.

Y entonces me encontró. La espera terminó.

Y el dolor me engulló, implacable. Se me rompió la piel, se me hizo jirones, separándose de mis músculos y mis tejidos. De mi carne.

Aquello era dolor. Crudo, descarnado. Reducido a su forma más pura.

Abrí la boca de par en par, profiriendo un grito mudo.

Me sentí estúpida. Toda una vida azotada y aún no conocía el verdadero dolor.

Las molestias que notaba cuando estaba herida, las flagelaciones, aquella vez que me caí por las escaleras, cuando había estado tan dolorida e irritada de las rozaduras de montar durante la travesía hacia el norte…

Todo aquello no había sido nada. Todo aquello era un pálido eco del dolor que me asoló en ese momento, de la agonía cegadora que se me propagó por la espalda, tan ardiente, tan incapacitante, que no me dejaba moverme ni respirar. No me dejaba ni siquiera gritar.

Casi se me salieron los ojos de las órbitas mientras mi cerebro ralentizado digería el dolor poco a poco, a trompicones.

«Oh. Espera. Espera. Qué daño. Sigue doliendo. Duele mucho. No para de doler. Duele. Duele. Duele».

Luché contra él, tratando de superarlo, decidida a abrirme paso hasta el final del sufrimiento con uñas y dientes.

Apreté la mandíbula, jadeé, contuve el vapor; le pedí a mi dragona que se calmara, le ordené a mi sangre que se plegara a mi voluntad.

Eché la cabeza hacia atrás y luego la sacudí de nuevo hacia los lados, soltándome más la trenza, con la esperanza de ocultar mi espalda, por imposible e improbable que me pareciera.

¡Zas!

Mi dragona rugió en mi interior cuando se me partió la piel.

Estaba demasiado caliente, siseaba como el aceite en una sartén al fuego.

No me hacía falta verme para saber qué aspecto tenía.

Era consciente de que mi carne parpadeaba, de que emitía un resplandor entre rojo y dorado.

Una transformación, por fortuna, demasiado sutil para que se percibiera con tanta oscuridad.

«Por favor, que sea la única transformación».

Tenía la nariz llena de vapor. Inhalé profundo con todas mis fuerzas, arrastrando el calor de nuevo a mi interior, empujándolo a lo más hondo.

Mi dragona se revolvía dentro de mí, buscando una salida, arañando las paredes.

Quería devorar lo que fuera —a quien fuera— que me estuviera infligiendo tanto dolor.

Lo reprimí. Temblaba de dolor, de contención.

Moví el pelo por la espalda, por encima de las heridas supurantes, hasta que sentí que los mechones se humedecían, cada vez más pesados.

Sentí el líquido caliente, deslizándose por la curva de mi espalda.

Sangre…, sangre que goteaba, que se acumulaba en la base de mi espalda.

Me embargó de nuevo la desolación. No podría esconderla.

No con Stig al otro lado del látigo, buscando precisamente eso.