La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 10. Tamsyn
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10. Tamsyn

Tamsyn

S tig apareció a mi lado.

—¿Estás cómoda?

No le di la satisfacción de responderle, pero eso no evitó que una bocanada de aliento tembloroso escapase de mis labios y se rozara contra el árbol en el que tenía apoyada la mejilla.

—Vamos, Tamsyn —continuó, en un tono demasiado despreocupado—. No tienes por qué pasar por esto. Admite la verdad. Muéstrate —trató de persuadirme con lengua de seda—. Dime si hay otros como tú y te ahorraré el dolor. Lo haré rápido. No sufrirás.

«Lo haré rápido. No sufrirás». Pero no había duda de lo que quería decir. «Morirás». Ese mismo día. Era inevitable: me mataría.

El único interrogante era cuánto sufriría antes.

—No estás desquiciado —le contesté con una media sonrisa, contradiciendo lo que había dicho antes—. Eres, simplemente, malvado. —No sabía cómo no me había dado cuenta antes, pero ahora lo veía con claridad.

—Lo único malvado aquí eres tú. —Me señaló con la cabeza; una luz febril le había inundado los ojos—. Tú y los de tu especie. —Dio un paso atrás y gritó—: ¡Traedme el látigo!

Un murmullo colectivo se propagó entre la muchedumbre, cada vez más numerosa. Los cuerpos se iban apretujando en torno a nosotros, tapando toda la luz que arrojaban las hogueras encendidas a nuestro alrededor.

La oscuridad nos cubrió como un manto y el aire se tornó más frío. Mi aliento caliente se deslizaba por entre mis labios.

De repente, la voz estridente de Alise se alzó en mitad de la noche. Era evidente que no había obedecido la orden de quedarse en la tienda.

—¡Stig! ¡No! —No pude girarme para verla, pero el sonido de su voz se iba acercando—. ¡No puedes hacerle esto! ¡A Tamsyn no!

Se oyó el ruido de unos pasos apresurados y luego un sollozo de Alise, y deduje que Stig se había interpuesto en su camino, impidiéndole llegar hasta mí.

—Es una abominación. Soy tu marido, Alise. Te entregaron a mí. Tienes que confiar en mí. Sé lo que hago.

Se hizo un silencio tenso y cargado. Me incliné hacia delante, esperando, atenta a lo que viniera después.

Giré el cuello y traté de mirar atrás.

—¡Vete! Vete, Alise —le pedí. Se me rompió la voz, pero no por ello soné menos decidida.

—No, Tamsyn, no puedo permitir que…

La fuerte voz de Stig se elevó sobre la suya, más brusca de lo que la había oído nunca cuando se dirigía a ella.

—Ya basta, Alise. Soy tu señor esposo. ¡Me obedecerás! Vete a la tienda y no vuelvas a salir hasta que no se haya hecho de día.

Una vez más, el silencio descendió sobre la noche como un manto.

Escuché el aire, frío y ligero, y oí las cosas que palpitaban bajo su superficie.

Oí las respiraciones rápidas y entrecortadas, los todavía más rápidos latidos.

Los latidos del corazón de Alise. Los detecté entre todos los demás, pues el suyo era el que más desbocado latía de todos, tan veloz como las alas de un colibrí, aterrorizado, presa del pánico. Por mí.

Stig se dirigió a la criada y le ordenó que Alise permaneciera en la tienda, a la fuerza si era necesario. Oí nuevamente el crujido de unos pasos mezclado con suaves sollozos, y supe que se estaba marchando.

Pasaron unos instantes. Supuse que Stig estaba esperando para asegurarse de que se encontrara lo bastante lejos como para no oír nada. Y entonces ordenó de nuevo:

—¿El látigo?

En ese momento comprendí que estaba a punto de sufrir una flagelación peor que ninguna que me hubieran infligido antes.

¿Qué ocurriría entonces? Sentía un miedo desconocido por mí.

¿Se manifestaría mi dragón involuntariamente, como el día que Arkin había intentado matarme?

No podía permitir que ocurriera algo así.

«Pero ¿y si no puedes contenerlo?».

Me volví, torciendo el cuello en un ángulo incómodo, y atisbé a un soldado entregándole un látigo a Stig.

Entorné los ojos para ver mejor. Había algo…

distinto en él, y eso que yo había visto, en mis tiempos, todo tipo de látigos.

Pero la forma, el color que tenía… No se parecía a nada que hubieran usado conmigo en palacio, lo que me indicaba que sería aún peor.

Que me causaría más daños. Al fin y al cabo, el objetivo de la noche era hacerme sufrir. Era provocarme dolor.

Era matarme.

Un sollozo empezó a abrasarme la garganta.

Stig sopesó el látigo en la mano, examinándolo. El mango de cuero trenzado se dividía en media docena de colas. Se golpeó la palma de la mano suavemente con ellas, como probándolas.

—¿Habías visto alguna vez un látigo como este?

Negué con la cabeza al tiempo que tiraba para librarme de las ataduras. Era imposible. Tenía los brazos amarrados al árbol con unas cuerdas imposibles de romper. Y esa misma atadura estaba clavada en mis muñecas hasta que los dedos me habían empezado a doler y a dormirse, incapaces de moverse.

—Se llama pisk —continuó—. Lo encontré en las mazmorras de palacio.

—Por supuesto. Entre todas las demás reliquias que se habían empleado para derrotar y destruir a los dragones durante la Trilla.

El horror que se había apoderado de mí creció todavía más, enredándose en mis entrañas.

Aquello significaba que era un látigo diseñado especialmente para herir a los dragones.

No me curaría rápido. No gozaría de la veloz recuperación habitual—.

Causan bastantes daños a los de tu especie.

—Por una vez, sus mortecinos ojos marrones resplandecieron de vida.

Tragué saliva. Era evidente que lo estaba disfrutando.

—Pero ¿quién eres tú? —susurré, preguntándome cómo era posible que me hubiera equivocado tanto. Respecto a todo.

Él me miró desde arriba y, bajo la furia oscura que emanaba de su expresión, bajo la tormenta que se había desatado en sus ojos desde el momento en el que nos habíamos reencontrado, me espetó con rabia:

—¿Y tú? ¿Quién eres tú?

Y entonces lo entendí. Entonces me di cuenta de que él se sentía igual que yo. Agraviado. Traicionado. Y no había nada que yo pudiera hacer para cambiar eso…, para que dejase de mirarme con odio, para apaciguar la tormenta de sus ojos.

Había mentes y corazones que jamás en la vida podían cambiarse, por mucho que otros dijeran o hiciesen.

Él volvió a mirar el látigo que tenía en la mano. Dejó que las muchas colas de la lustrosa piel de dragón se deslizaran lentamente sobre la palma de su mano, hasta que llegó a las puntas y las agarró. Fue entonces cuando me di cuenta de que en ellas había algo que resplandecía.

—¿Ves esto? —Cogió uno de los discos en forma de punta de flecha que había en las puntas y me lo acercó—. Están hechas de escamas de dragón.

Exhalé un aliento tembloroso.

—Te va a despedazar —proclamó con inmensa satisfacción.

No me recuperaría fácilmente de aquello. Tal vez, nunca lo hiciera… Pero, claro, eso era justo lo que él pretendía.

Inspiré con brusquedad. Una cosa era segura… Me iba a hacer sangrar. Y mi sangre de dragón quedaría al descubierto ante todos, ya que no había logrado perfeccionar el arte de la byta.

Oteé el aire de la noche, calibrando su oscuridad, su capacidad de ocultar la verdad. ¿Se distinguiría el vivo color púrpura en la negra noche?

Quizá esta vez sería capaz de controlar mi sangre.

Quizá lograría estar a la altura de lo que ese pasado año había supuesto para mí el mayor desafío. Contuve un sollozo… ¿A quién quería engañar?

La voz de Stig me arañó la piel.

—Tu sangre manará como el agua en un río.

Y supe que tenía razón.

Le brillaban los ojos de puro regocijo. Se acordaba.

Se acordaba de que ese día, en el bosque, le había mostrado mi sangre púrpura para demostrarle que era un dragón. Por supuesto que se acordaba. Contaba con que mi sangre fuese la prueba definitiva, la evidencia que necesitaba para redimirse ante su regimiento al completo.

Se apartó del árbol, de mí, para ordenar a sus soldados.

—¡Tened las armas listas! ¡Arqueros, vosotros también! Podría transformarse en cualquier momento. ¡Estad preparados!

Mi mente trabajaba a toda velocidad, tan rápida como la sangre derretida que palpitaba en mis venas.

La sangre de dragón. Cerré los ojos con fuerza y me ordené a mí misma calmarme, tranquilizarme, resistir contra la dragona enterrada en mi interior.

Durante mi entrenamiento, me habían dicho que la forma más fácil de controlar la sangre era controlar a tu dragón, refrenar todas tus tendencias dragonianas para que tu sangre siguiera siendo tan roja como la de cualquier humano.

Miré a mi alrededor, desesperada, forzando la vista para percibir todo lo posible en lo poco que me alcanzaba.

Tenía que escapar. Me inundó una oleada de desesperación. De repente, las vidas de tres soldados me parecían un sacrificio irrisorio. Eso era lo que Vetr había estado tratando de que entendiera desde el principio.

«Sálvate tú.

Salva la especie.

No dejes testigos».

Por fin lo comprendía. Lo comprendía más que nunca. No me había salvado a mí misma y ahora todos los dragones estaban en peligro. Me pasara lo que me pasase, no debía transformarme.

O mi sangre se quedaba oculta en mis venas, a salvo bajo mi piel, o no podía derramar ni una gota de ella. Y no creía que lo segundo fuese una posibilidad.

Stig dio un latigazo de práctica contra el suelo y me estremecí con violencia.

Contemplé la posibilidad de aceptar mi muerte, de hacer algo drástico. Decir algo que provocase que un soldado cargara contra mí, buscar que me clavaran un arma de hueso de dragón en lo más profundo de mi cuerpo.

Pero, aun si se me ocurriera algo que desencadenase un ataque semejante, entonces estaría muerta. Yo habría perdido la vida, pero mi cuerpo seguiría presente. ¿Qué impediría que Stig me abriera y buscara las pruebas en mi cadáver? Unas pruebas que a buen seguro encontraría.

«Piensa, piensa, piensa».