La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 9. Tamsyn #3
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9. Tamsyn #3

—Esta noche conseguiré sonsacarte la verdad —continuó con voz dura, lo bastante alto para que todos lo oyesen—.

Y todos verán por fin lo que a mí ya me mostraste.

¡Adelante! —Alzó de nuevo su espada de hueso, extendiéndola entre los dos, dejando la punta a apenas centímetros de mi clavícula—.

Enséñale a todos lo que eres y dinos cuántos más quedan como tú, y dónde podemos encontrar a los otros.

—Pero ¿tú te oyes? —Forcé una carcajada, orgullosa de que mi voz sonase fuerte y segura, sobre todo porque por dentro estaba temblando como una hoja—. Es una pena que no pueda hacer lo que me pides… ¡porque sería imposible!

A pesar de que ya hubiese caído la noche, el rubor que floreció sobre su barba era visible.

—No te creas que sigo siendo el mismo hombre bueno que…

—Oh, no creo que seas bueno, no —lo interrumpí—. No creo que hayas sido nunca bueno. Creo que este es tu verdadero yo. Cruel y despiadado. —«Intolerante. Lleno de odio hacia los que son distintos a ti»—. ¿Qué curioso, no?

Al cabo de unos segundos, con cierta cautela en la voz, preguntó:

—¿El qué?

—Que tú seas el monstruo que crees que soy yo.

—Miré a los soldados que observaban la escena y grité—: ¡Lo rechacé y me casé con otro!

¡Por eso hace esto! ¡Por eso inventa historias disparatadas insistiendo en que soy un dragón!

Los dragones están muertos, la magia ya no existe; lo que quiere es desatar la histeria y engrandecer su reputación.

—Me llevé una mano al pecho—. Soy una mujer.

¡Dos brazos! ¡Dos piernas! No tengo ni escamas ni alas.

¡Está desquiciado, solo busca una justificación para hacerme daño!

Él se quedó unos instantes en silencio, contemplándome con detenimiento, sin parpadear siquiera.

Luego se inclinó, dejando que la punta de su espada me rozara en el centro de la clavícula.

Qué fácil sería. Solo habría tenido que aplicar una ligerísima presión para atravesarme, para causarme una herida de la que jamás me recuperaría. Estaría muerta en un instante.

Y, sin embargo, no lo hizo.

—Lo que no logras comprender, Tamsyn…, es que no necesito ninguna justificación. Puedo hacerte lo que me dé la puta gana.

Tragué saliva. La punta de la espada me hizo cosquillas en la piel.

—¿Y qué tienes intención de hacerme? —le pregunté.

—Nada que no te hayan hecho antes.

Enarqué una ceja.

—Te voy a azotar —aclaró.

Casi se me escapó una sonrisa.

Al parecer, no era la reacción que esperaba. Se inclinó hacia mí y me siseó en la cabeza.

—Esta vez, tengo intención de sacarte el dragón de dentro a latigazos, para que nadie tenga dudas acerca de lo que eres. Para que todos lo vean. Todos estos ojos que ahora me miran y creen que estoy loco y que tú eres la desgraciada víctima de mi ira… Pronto sabrán la verdad.

Dio un paso atrás.

Sin apartar la mirada de mí, chasqueó los dedos y ordenó:

—Encontrad un árbol.

La multitud se apartó para abrirnos un camino y dos soldados tiraron de mí y me arrastraron hasta encontrar lo que buscaban: un árbol solitario en mitad del campamento.

Me quitaron la gruesa túnica por la cabeza. Alguien trajo unas cuerdas. Fruncí el ceño al verlas. No tenían el mismo aspecto que las cuerdas corrientes: el cordel era más pálido, pero resplandecía mucho, casi emitiendo luz, como si fuera una perla iluminada por el sol.

—Ah, te preguntarás qué es esto… —Stig meneó la cuerda enrollada—. Esta no es una cuerda corriente. Es cuerda de dragón, hecha con los tendones de los de tu estirpe. No podrás deshacerte de ellas. Nunca.

La bilis me trepó por la garganta. Me ataron las muñecas por separado, utilizando contra mí los tendones de mis ancestros asesinados, sin preocuparse de lo mucho que me las apretaron.

Luego, unas manos bruscas me agarraron por la espalda de la combinación que llevaba bajo la túnica y tiraron de la tela con fuerza, desgarrándola y dejándome desnuda de cintura para arriba.

Llevé las manos a la parte delantera de la combinación para protegerme con ella. Al parecer todavía conservaba un cierto sentido del pudor.

La situación era un eco de otros tiempos, de otro lugar. Me devolvía a todos aquellos momentos en los que me había sujetado el vestido caído contra el pecho, con la espalda expuesta al aire y a las miradas y a los golpes. Casi podía oír los jadeos de Kelby. Parpadeé despacio y aparté el recuerdo.

Los soldados miraron a Stig, a la espera de sus últimas instrucciones.

—Atadla —ordenó, señalando el árbol.

Me empujaron contra el árbol, con el pecho por delante, y me obligaron a rodear el ancho tronco y abrazarlo.

Tenía una circunferencia tan ancha que mis dedos no se encontraban al otro lado, así que me inmovilizaron las manos utilizando más cuerda de dragón que ataron a las cuerdas que me habían sujetado en las muñecas.

Presioné la mejilla contra la corteza rugosa, agradecida porque fuese sólida, por tener algo sobre lo que apoyarme.

Y así, sin más, volví al punto de partida.

Se cerró el círculo.

Era otra vez la muchacha de los azotes.