9. Tamsyn #2
Lo evalué, impresionada, a pesar de todo.
No había ni rastro de las heridas que había sufrido en nuestro último encuentro, en el bosque, tanto tiempo atrás.
Una persona no podía sobrevivir a una herida como la que Fell le había infligido, pero, de algún modo, él lo había logrado.
Es más, se le veía sano y fuerte mientras me miraba fijamente, con los ojos muy abiertos. Sano, aunque un poco desquiciado.
—Yo jamás le haría daño a mi hermana —le espeté indignada.
—Oh, Stig, ¿es esto necesario? —le rogó Alise con voz temblorosa. De repente, se le habían llenado los ojos de lágrimas—. Baja la espada.
—No te angusties, dulce mía —respondió él, tratando de calmarla, mientras se adentraba en la tienda, sin apartar ni la mirada ni la espada. Los soldados lo siguieron, también apuntándome con sus espadas de hueso de dragón.
Stig acudió al lado de Alise y yo resistí al impulso de interponerme. Llevaban ya un mes casados; yo no era ninguna barrera. Deseé haber podido serlo, pero ya era demasiado tarde. Alise era su esposa, lo que yo sentía como un fracaso propio.
Stig la cogió de la mano para ayudarla a levantarse de la silla y la colocó tras él, interponiéndose entre ella y yo, como si yo fuese el peligro, el Terror. Como si ella necesitara que la protegieran de mí.
—Lleváosla fuera —ordenó Stig a sus hombres señalándome con la cabeza.
Me agarraron de ambos brazos y me levantaron de la silla de un tirón.
Alice se dio la vuelta para enfrentarse a Stig y le puso las manos sobre el pecho.
—¿Qué le vas a hacer?
Él la arrulló y le tapó las manos con la que tenía libre, al tiempo que movía su espada de hueso hacia mí. Ante aquella imagen de ellos dos, tan íntimos y cómplices, se me hizo un nudo en el estómago.
—No te disgustes así —le dijo con dulzura—. Solo vamos a hablar.
«Solo vamos a hablar».
Nos miramos fijamente a los ojos, comunicándonos en silencio, recordando la última vez que nos habíamos visto. La verdad cobraba vida entre los dos. No, lo que íbamos a hacer en el exterior de su tienda no sería solo hablar. Haríamos mucho más que eso.
Clavé los talones en el suelo para evitar que me sacaran a rastras. Los soldados que me tenían agarrada de los brazos gruñeron al descubrir que no era tan fácil mangonearme.
—Puedes hablar conmigo aquí dentro —sugerí.
Stig me miró con dureza.
—Nuestra charla se presta más para el exterior.
Me reí con amargura.
—¿Ah, sí? ¿Y es el mismo tipo de charla que mantuviste con esa gente a la entrada de Porthavn? He visto tu obra.
Alise nos miró al uno y luego a la otra.
—¿Qué le ha pasado a la gente de Porthavn?
—Nada, absolutamente nada, dulce mía —respondió para apaciguarla mientras le daba unas suaves palmaditas en las manos—. Solo está tratando de distraernos. No dejes que desvíe tu atención. Es una impostora muy astuta. —Miró de nuevo a sus soldados y gritó—: ¡He dicho que os la llevéis fuera!
Esta vez, cuando me sacaron a rastras de la tienda, no me resistí. Dejé atrás el ambiente cálido, iluminado por la luz de las velas. De haberme opuesto más, habría revelado la magnitud de mi fuerza y mi poder.
Oí la vibración de la grave voz de Stig, que consolaba a Alise dentro de la tienda mientras yo esperaba en la fría noche junto a los soldados.
La luz era escasa; solo nos iluminaban las llamas de algunas hogueras, o la antorcha con la que ocasionalmente pasaba algún soldado, que nos miraba boquiabierto.
Mi agudo oído captaba los susurros de los hombres, sus respiraciones rápidas y entrecortadas. Sus corazones latían veloces y trepidantes en la oscuridad: estaban impacientes, ávidos por el comienzo inminente del espectáculo.
Stig no tardó en salir. Se detuvo delante de mí.
—Tamsyn, querida. ¿Dónde has estado todo este tiempo? —Había un matiz peligroso en su tono burlón, una frialdad afilada que se clavaba en lo más profundo y abrasador de mí.
Le sostuve la mirada, estudiando ese rostro ensombrecido que tan bien conocía.
Había cambiado poco desde la última vez que lo había visto.
Llevaba el pelo algo más largo y los mechones de color caoba le rozaban el cuello, pero lucía la misma barba bien recortada y los mismos profundos ojos marrones.
Y en esos ojos se hallaba la diferencia: estaban inexpresivos, muertos.
Ni una sola chispa de emoción se revolvía en ellos cuando me miraban.
—Por ahí.
Siguió con el rostro imperturbable. No reaccionó de modo visible a esa respuesta que no le decía nada.
—¿Qué le ha pasado a Dryhten?
Para entonces, ya se había reunido una multitud junto a nosotros. Los soldados habían abandonado sus juegos de cartas, sus cenas y sus hogueras, y habían formado un círculo a nuestro alrededor, tapando la luz y sumiéndonos en una noche aún más oscura.
—¿Te refieres al señor de las Tierras Fronterizas? —repliqué, incapaz de contenerme.
Él retrocedió ligeramente.
—El señor de las Tierras Fronterizas soy yo.
—Ya lo veo —contesté calmadamente.
Él entornó los ojos con recelo.
—¿Lo ves? —Era evidente que le molestaba que no tuviera miedo.
Yo no suplicaba ni lloraba, y sabía que era eso lo que él esperaba.
Lo más probable era que hubiese imaginado ese momento incontables veces durante el último año, y yo no estaba representando como era debido el papel que me había asignado.
Asentí.
—Sí, veo que viene bien ser el hijo del señor regente.
Entre la multitud, se oyeron las risitas y burlas de algunos soldados.
Stig arrugó la nariz con furia.
Y yo reprimí una sonrisa.
Dirigió a sus soldados una mirada llena de veneno y todos se quedaron en silencio. Se volvió de nuevo hacia mí.
—Dime, dragón, ¿mataste tú a Dryhten?
Yo solté un resoplido, sin molestarme siquiera en responder a cómo se había dirigido a mí.
—Yo no lo maté —respondí sucintamente, como si fuese una sugerencia de lo más absurda—. Era mi esposo.
—¿Era? —Se aferró a la palabra—. Así que está muerto.
—Oí un matiz de satisfacción cuando pronunció la palabra, y comprendí que había existido para él un miedo real a que Fell volviera algún día a reclamar su título y todos los derechos asociados a él.
Fell era muy querido en el norte. Sus seguidores eran legión.
Alcé la barbilla.
—Muy conveniente para ti, ¿no?
Él se encogió de hombros.
—No supondría una amenaza ni aunque estuviera vivo.
No me molesté en recordarle que Fell le había vencido una vez, y que lo habría matado de no haber intervenido yo.
Stig prosiguió:
—Las Tierras Fronterizas están mejor sin él.
—¿Y mejor contigo? ¿Es esa la historia que te cuentas? —Resoplé con desdén—. ¿Cómo pude pensar que eras bueno y noble?
—¿Y cómo pude yo no ver nunca que eras un monstruo haciéndote pasar por una chica? —replicó él, mirándome como si yo fuera una cosa repugnante y no una persona a la que él había besado, por la que él había bebido los vientos.
Apreté los labios y lo miré fijamente, desafiante, evaluando su hermoso rostro, los ojos marrones que tan cálidos y tiernos me habían parecido siempre.